Homilía de la Misa del III Domingo de Adviento  - Nuestra Señora de Guadalupe

Apertura de la Puerta de la Misericordia  - 12 de diciembre de 2015

Sea alabado y bendito Jesucristo r./. sea por siempre bendito y alabado.

Y con él sea bendita su Santísima Madre r./, tú eres bendita entre todas las mujeres.

Con humildad y confianza oramos con las palabras de San Pablo: ¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de los misericordias y Dios de toda consolación,  que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios! (2 Cor. 1,3-4).

Sí, mis hermanos, este año de gracia actualiza de modo patente  y común la efusión de la misericordia de Dios en Cristo. Por ello, antes que nada comenzamos por bendecir a Dios, por reconocer su misericordia, ¡Bendito  sea!, como lo hemos cantado con el salmo de la Pascua: demos gracias al Señor, porque es bueno, porque  es eterna su misericordia. ¡Qué grande es entre nosotros el Santo de Israel!

Junto con la bendición, la alabanza, la acción de gracias, está la invitación a creer en la misericordia del Padre, a aceptar su invitación: “déjense  reconciliar con Dios”, a acogernos a su misericordia, que es perdón, consuelo, de un Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad”. Dejémonos abrazar por Dios, fiémonos de quien tienes planes de paz, quien nos ha destinado a ser su hijos, en semejanza de su Hijo Unigénito. Renovemos la fe y la esperanza en el Padre misericordioso que viene a nuestro encuentro.

Esta fe y esperanza, como lo vivimos en el Adviento, es siempre espera de Cristo, que vino en la humildad de la carne tomada de María, que vendrá  en la majestad del juez y el señorío del reino que no tiene fin. Él está viniendo en este momento,  particularmente en la Divina Liturgia,  como  Evangelio y Palabra de la Verdad como gracia de los sacramentos, como sacrificio pascual del cuerpo y la sangre entregados para el perdón de los pecados, misterio de gracia y anticipo del mundo futuro.

Esta invitación a la fe es también llamado a adentrarnos en Dios, en su bondad, en su voluntad de salvación para con nosotros. Entrar por la puerta de la misericordia, como lo hemos hecho hoy,  es querer  entrar en el interior de Dios, para que nos bañe en su Espíritu, para que transforme nuestra mente y nuestras.

La verdadera y definitiva puerta de la misericordia es el costado abierto del Salvador, en la cruz y en la gloria. Por eso la voz profética: “mirarán al que traspasaron”.

Miremos  el rostro de Cristo, que como dice el Papa es misericordiae vultus, el rostro de la misericordia, allí están todos los tesoros de la gracia de Dios.

A su vez, la llaga de su costado abierto  es misericordiae vulnus, la herida de la misericordia.  Pidámosle entrar por esa herida, por su corazón traspasado, que es la puerta, para recibir el perdón y la vida nueva y eterna, en su cuerpo que es el templo santo.

Por cierto, este Jesús viene con Espíritu Santo y con fuego que quema y purifica. Junto con el perdón y el consuelo, el Espíritu de Dios, nos regala  la gracia de la conversión, de ordenar nuestro camino, de dirigirnos hacia él. Aceptar la misericordia de Dios es creer en su plan para nosotros en su voluntad para nuestra persona y toda nuestra vida. El año de la misericordia, unido a la recepción del  perdón y la gracia, implica la confesión humilde de los pecados. Por eso brilla el don de la bautismo para el perdón de los pecados y el Sacramento de la confesión,  reconciliación o penitencia. La misericordia del perdón es también camino de conversión, de enmienda, de penitencia, que la Santa Iglesia acompaña con el  don de la Indulgencia,  de la restauración de nuestra dignidad de hijos de Dios.

En ese camino de gracia y conversión, tanto para cada uno, como juntos como Iglesia de Canelones, estamos llamados a revisar nuestras relaciones con los demás. Hemos escuchado cómo Juan el Bautista le señalaba a cada uno lo que debía hacer para llevar  una vida justa, agradable a Dios. También nosotros debemos preguntarle al profeta, a la palabra de Dios: ¿qué tengo que hacer? De un modo particular  se nos  señala en este año de la misericordia la realización de las obras de misericordia corporales y espirituales. ¡Manos  a la obra!

No quiera dejar de señalar la obra de misericordia de enseñar al que yerra. La Iglesia debe anunciar la verdad de Jesucristo, la verdad sobre el hombre, como obra de misericordia. Hay una  activa voluntad desde los poderes mundanos de borrar la comprensión del hombre, según la verdad, según Dios: desde poner entre paréntesis la creación del  ser humano a imagen y semejanza de  Dios, hasta la imposición de una visión del cuerpo humano, del ser humano, del matrimonio, la procreación, la familia, totalmente contrarios a la verdad racional y a la revelación de Jesucristo. Hoy la negación de Dios se hace en la negación de la verdad sobre el hombre. No debemos ser indiferentes. Por misericordia debemos proclamar toda la verdad de la razón y del Evangelio. Por cierto esto mismo implica las obras de misericordia corporales, tanto a nivel individual, como social.

Este domingo III de Adviento se llama ‘GAUDETE’, alegraos, alégrense. Ese fue el cántico del introito, tomado de las palabras del apóstol: alégrense siempre, se lo repito  alégrense. Escuchemos esta invitación y esta orden de alegrarnos,  y no dejemos que ninguna raíz  amarga quite esta alegría. Porque la causa de esta alegría es: EL SEÑOR ESTÁ CERCA. Él está cerca, está en medio de nosotros. Reconozcámoslo, abrámosle las puertas, entremos por la  puerta de su corazón. No nos encerremos en nuestra vanidad ni en nuestras quejas, ni siquiera en nuestros pecados: alegrémonos.

Brilla en el Adviento la Bienaventurada Virgen María. A ella la saludó el ángel: alégrate, llena de gracia. Ella es Jerusalén, la Hija de Sión, la personificación de la santa Iglesia: alégrate, hija de Sión, el Señor viene a salvarnos. En ella y por ella, el Señor está cerca. Ella conserva la alegría de la misericordia de Dios, por eso se alegra su espíritu en Dios su salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.

Ella, Virgen de Guadalupe,  que  nos presenta al Señor, por quien se  vive, como madre nos hace presente la misericordia sin límites de Dios.

A  Ella, junto con el llamado del Papa, nos encomendamos como Mater misericordiae, madre de la misericordia, para que dirija a nosotros sus ojos misericordiosos.

Danos la confianza que le diste a Juan Diego,diciéndole: ¿Por qué tienes miedo, acaso no estoyyoaquí quesoy tu Madre?

A ti, Virgen María, que guardabas las cosas del Señor, meditándolas en tu corazón, te pedimos nos acompañes para meditar, gustar y vivir los misterios de Cristo, haciendo lo que él nos diga.

A ti la primera creyente te rogamos, para que en este valle de lágrimas, de confusión, de negación de Dios y del hombre, tú, que estuviste de pie junto a la cruz de tu Hijo,  nos conduzcas a mirar al que traspasamos.

A ti Madre de la divina gracia te pedimos nos vuelvas más y más misericordiosos.  Por ello, pedimos por la paz en el mundo, por la conversión de los  pecadores,  por los que no conocen el evangelio de la gracia.

Que como tú llevaste la alegría a Juan Bautista e Isabel, nosotros llevemos por todas partes la alegría del Evangelio de tu Hijo, la luz de la verdad que disipa las tinieblas, la esperanza en el Padre que renueva la vida de los hombres.

Concédenos participar de la alegría de tu corazón inmaculado, con el que proclamaste la grandeza del Señor,  para que en esta Eucaristía, unidos a la ofrenda de Jesucristo, ofrezcamos en un mismo Espíritu el perfecto sacrificio de alabanza y acción de gracias.

Cuando vengamos a comulgar, pidiéndole a Jesús, pan del peregrino, que venga a nuestras almas, que tú nos hagas participar de la pureza de tu corazón con el que lo recibiste.

Por ti clemente, pía, dulce Virgen María, esperemos con vigilancia, paciencia y fortaleza que después de este destierro nos muestres a Jesús, fruto bendito de tu vientre, que vendrá en gloria y majestad, y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.