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Homilía en la Misa Crismal  de Mons. Alberto Sanguinetti Montero

 

Santa Iglesia Catedral Nuestra Señora de Guadalupe. 12 de abril de 2017.

Alabado sea Jesucristo, r./. sea… el que nos amó y nos ha salvado por su sangre. El Ungido con el Espíritu para actuar el Evangelio en medio de los pobres. Alfa y omega, principio y fin. A Él la gloria y la acción de gracias.

Hermanos, esta escritura que acabamos de oír se cumple hoy, aquí.

Estamos viviendo el misterio de la Palabra de Dios proclamada en la Iglesia, en la divina liturgia. Como enseña el Concilio: Cuando se proclama la Palabra de Dios en la Iglesia es Cristo mismo que habla (cf SC 7).

Movido por el Espíritu, inaugurar el año de gracia, que él realiza con su pasión, muerte y resurrección. Y hoy lo anuncia a nosotros, con el mismo poder del Espíritu que sana, perdona, vivifica, transforma, reparte sus dones.

El Hijo, Palabra plena y total, Verbo del Padre, se ha vuelto verbo abreviado, palabra abreviada en su carne que tomó de María la Virgen, para que así la única Palabra eterna se reproduzca en palabras humanas., que a su vez no son sino un único Evangelio, un solo Señor Jesucristo, la total revelación de Dios.

Llevado por el Espíritu Santo Jesús anunció con palabras y signos, e hizo presente con el dedo de Dios, la fuerza salvadora del reinado del Padre.

Con esa unción del Espíritu, fue consagrado sumo sacerdote y víctima santa que se ofreció en el altar de la Cruz, para destruir nuestra condena y para consagrarnos como reyes y sacerdotes para Dios su Padre. Él es el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra.

                Así, pues, en la Santa Iglesia, la Palabra de Dios, desde la cátedra del Espíritu Santo, nos proclama la santidad, la fuerza transformadora de esa misma palabra, para que renovemos nuestra fe en la acción de Cristo y del Espíritu en la Santa Iglesia. En la Liturgia Cristo por el Espíritu nos alimenta con su Palabra, ora en nosotros, nos santifica, nos consagra para el Padre, nos hace partícipes de su resurrección.

                Todos nosotros somos fruto de la acción vivificante de Jesús, Verbo y Palabra del Padre. Todos nosotros somos fruto de la unción del Espíritu, que nos ha comunicado la fe en la Santísima Trinidad. Todos nosotros somos un pueblo santificado por la Palabra para dar frutos abundantes de santidad de vida y de testimonio de Jesucristo. Por eso, vivamos lo hemos cantado: cantaré eternamente las misericordias del Señor.

                A él le suplicaremos con la Palabra de la Iglesia, contemplando su obra por los sacramentos: o Redemptor sume Carmen temet concinentium. Oh Redentor, acoge el poema de quienes para ti cantan a coro.

Para hacernos partícipes de su unción, recibimos el óleo de los catecúmenos, para que tengamos la fuerza de nuestro Rey, vencedor en el combate contra el maligno. Aún no hemos llegado a la sangre en nuestro combate con el príncipe de este mundo, padre de la mentira.

El Señor tomó sobre sí nuestras enfermedades y dolencias. Por eso, con el óleo de los enfermos, nos acerca amoroso a curar, sanar y fortalecer al ser humano, cuando experimente la debilidad, es tentado en su confianza, y así el Espíritu Santo nos une con la debilidad sanante de la cruz de Cristo el Señor. Solo el Maestro interior, Jesús, con su palabra y con su Espíritu puede dar la luz y el consuelo que transforman el sufrimiento y la angustia en fuente de vida para sí y para los demás.

Brilla sobre todo la novedad del nuevo Testamento, en el misterio del Santo Crisma, la unción vivificante del Espíritu Santo, que reposa sobre Cristo y que él infunde en su cuerpo, que es la Iglesia, llenándola de vida, de suave fragancia, de caridad siempre nueva.

A los que el bautismo lava del pecado y recrea como hijos de Dios por el Espíritu de adopción filial, el Señor, confirma marca, sella con la abundancia del santo Crisma, para consagrarlos como pueblo de sacerdotes y reyes para Dios su Padre.

A  los ya bautizados el Espíritu derramado por el santo crisma les confiere la multiplicidad de vocaciones y carismas que enriquecen al Pueblo de Dios, con variedad de dones y servicios, para la edificación de la Iglesia, el servicio a los hermanos, la caridad siempre renovada.

Es el Espíritu el que nos une a la ofrenda de Cristo, nos hace partícipes de su misma unción como pueblo sacerdotal, entregado al culto del Dios vivo, al culto al Padre en Espíritu y verdad.

                La participación en la unción del Espíritu que ungió a Jesús, nos hace a todos un pueblo profético, que debe proclamar por todas partes el Evangelio de Cristo muerto y resucitado, del amor y la misericordia del Padre, del llamado a la vida de hijos de Dios. Este anuncio, esta profecía en el nombre del Señor, ha de ser testimonio de vida y servicio.

                Hermanos, recordemos también que la unción del santo Crisma nos lleva a entregarnos a Dios hasta dar la vida por él. A los profetas, reyes y sacerdotes, también los consagra como mártires, testigos de sangre. Y hoy en día, en distintos lugares, hermanos nuestros, sostenidos por el vigor del Espíritu Santo han testificado a Cristo Salvador con su sangre, con sus vidas. En ellos se ha consumado el sacrificio de la Misa, en la comunión en la muerte de Cristo. ¡Qué ejemplo para nosotros! ¡Qué gloria para Cristo! ¡Qué signo para el mundo!

                Hoy vamos  a orar para que Dios nuestro Señor, por Jesucristo su Hijo, nuestro sumo y eterno sacerdote, envíe el Espíritu Santo para que bendiga el óleo de los catecúmenos y de enfermos y consagre el Santo Crisma.

                Hemos proclamado: “cantaré eternamente las misericordias del Señor, proclamaré su fidelidad por todas las edades”. Quiero invitarlos a que en esta Eucaristía agradezcamos las misericordias del Señor en medio de nosotros, los dones y carismas que con fidelidad enriquecen nuestra Iglesia.

                Es bueno que nos detengamos un momento, para reconocer en nosotros, cada uno en sí mismo y en los hermanos la acción vivificante del Espíritu Santo, la multiplicidad de carismas con que enrique a la Iglesia. Con toda humildad, sin comparaciones, cantando a coro para aclamar a nuestro Redentor, contemplamos la obra de la Santísima Trinidad en la santa Iglesia: en la vida de cada día, con sus penas y alegrías, en el trabajo, en el matrimonio y la familia, en las parroquias y comunidades, en los servicios a los más pobres, a los enfermos, a los ancianos y los niños, en la enseñanza y la catequesis, en la palabra de consuelo y en el silencio para perdonar, para orar, para oír, para bendecir.

                Cabe una mirada particular a la fecundidad de la Palabra y el Espíritu en los movimientos laicales que nutren nuestra Iglesia local y que hacen presente de diversas formas el testimonio del Evangelio.

                Una palabra especial quiero dirigir a los miembros de las comunidades religiosas, cuya vocación es fruto de la acción del Espíritu. Y permítaseme un particular agradecimiento al Esposo por la vida religiosa femenina, que es presencia de la infusión del Espíritu en el cuerpo de su Esposa la Iglesia. La Diócesis se ve bendecida por ustedes, hermanas, y  con ustedes se une a la acción de gracias y la alabanza al Señor.

                Queridos Diáconos, su servicio al Pueblo de Dios, en comunión con el Obispo y  el  presbiterio es parte preciosa de cómo el único Señor y siervo ha querido que el ministerio en su Iglesia fuera una sinfonía de personas, energías y servicios. Que el Espíritu renueve  siempre en ustedes la configuración con Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir.

                Quiero invitar a todos a mirar con corazón agradecido el don del sacerdocio en la Iglesia, como particular instrumento de la Palabra de Dios, del Verbo Jesucristo, por medio de la predicación del Evangelio, y la oración y los sacramentos. También pedimos al Señor que por la fuerza de su Palabra y la acción del Espíritu, llame, cuide, santifique a muchos que consagra a la gloria de su nombre,  para salvación de la humanidad.

                La Iglesia necesita estos hombres, que tomados para sí por su Esposo y Cabeza, sean hechos suyos en cuerpo y alma,  para que tomen parte en los duros trabajos del Evangelio.

                El obispo es consagrado por Cristo, Palabra y Evangelio del Padre que desciende sobre su cabeza, y por la unción del Espíritu en la misma cabeza.

                Los presbíteros participan de esa consagración y unción, como pródigos colaboradores del orden episcopal, en el ministerio sacerdotal, y sus manos son ungidas con el santo crisma.

                Queridos hermanos sacerdotes. Se nos encomienda el cuidado del Pueblo de Dios, para que éste, por la obediencia de la fe, se vuelva una ofrenda agradable a Dios. Para ello, en primer lugar ¡qué sumisos y obedientes hemos de ser nosotros a la Palabra y al Espíritu, no buscándonos a nosotros mismos, sino el designio del Padre!

                Somos consagrados para presentar el sacrificio de Cristo y de toda la Iglesia. Para ello, ¡de qué forma, en alma y cuerpo nosotros hemos de vivir consagrados a Dios,  como heredad suya!  Imitemos lo que tenemos entre manos, al Señor entregado y su sangre derramada.

                Es bueno, hermanos sacerdotes, que vivamos siempre mejor la unidad del sacerdocio por la unción del mismo Espíritu y la soberanía de la Palabra de Dios. Es justo y necesario que reconozcamos agradecidos los diferentes carismas que el Señor da a cada uno y a todo el presbiterio según el Espíritu quiere concederlo.

                La Iglesia ha pedido y nosotros hemos reconocido como un particular don del Espíritu Santo, como un carisma, la vocación al celibato, para configurarnos con Cristo esposo de la Iglesia. En cada Misa somos llamados a ser uno con Jesús y a pedirle con espíritu de humildad y corazón contrito que el Señor nos acepte y así nuestro sacrificio sea agradable al Señor, nuestro Dios. Que el Espíritu nos renueve con su gracia.

                Hermanos todos. En silencio recibamos la Palabra Divina y dejemos que dé fruto por la acción del Espíritu. Unidos en el mismo Espíritu amémonos y unámonos como Cristo lo pidió para nosotros.  Oremos juntos y ofrezcámonos gozosos y agradecidos a la gloria del Padre, por Jesús, “que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados  y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

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