Este ángel lleva en sus manos el látigo que se usa para azotar o flagelar. Solía tener en las extremidades huesos o pequeñas puntas de hierro.
Nuestro Señor padeció la flagelación romana que era prolongada y durísima.
El ángel presenta con reverencia al instrumento que produjo en el Cordero de Dios las heridas que nos han curado, porque las llevó con amor sin límites. A su vez, eleva su mirada para contemplar el precioso rostro de su Señor.