Los Señores Obispos, siendo “maestros de la doctrina” (CIC 375§1), nos han invitado a prepararnos a renovar la consagración de Uruguay a la Virgen de los Treinta y Tres.

El Arzobispo de Montevideo Card. Daniel Sturla sdb, el 8 de octubre de 2017 consagró la Arquidiócesis de Montevideo a la Virgen.
Anteriormente, San Juan Pablo II, quien estuvo guiado siempre por el lema Totus tuus tomado de San Luis María Grignon de Monfort, consagró al Uruguay a la Virgen de los Treinta y Tres en la ciudad de Florida, esto el domingo 8 de mayo de 1988.

1. El término consagración en la Sagrada Escritura y en el Evangelio
En el Antiguo Testamento “cuando alguien o algo es consagrado pasa a ser propiedad de Dios a quien, a partir de ese momento, pertenece en exclusiva” .
Podemos ver en el libro del Éxodo 30,22-33, cómo se le pide a Moisés que consagre ciertos utensilios cultuales, lugares y personas (reyes, profetas y sacerdotes). Esto se realiza mediante unos ritos determinados que suponían la unción con aceite santificado. Este aceite concede fuerza, alegría y belleza (Sal 109,18).
La catequesis nace de la Palabra, por ello es necesario recordar algunas consagraciones:
Se consagra el altar (Ex 29,36ss; Lev 8,10ss) que por la unción adquiría una eminente santidad.
Jacob, después de su visión nocturna, erigió una estela conmemorativa y derramó aceite sobre su cima para marcar el lugar de la presencia divina: de ahí el nombre de Betel ‘casa de Dios’ (Gen 28,18; 31,13; 35,14).

Cristo Jesús es el siervo, sumo sacerdote (cfr. Hebreos 1,9), el consagrado y ungido (Mesías) del Padre. Cristo es el marcado con el sello de Dios su Padre (Jn 6,27), el consagrado que lo hace Hijo de Dios (Jn 10,36).
En el Bautismo “fue ungido del Espíritu Santo y de poder” (Hech 10,38).
En la sinagoga de Nazaret (Lc 4,18-21) Jesús se aplica la profecía de Isaías “El Espíritu del Señor está sobre mí, pues me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres” (Is 61,1).
En Cristo y por Cristo son consagrados los que reciben el Bautismo (1 Cor 6,11). De la consagración de Jesús participa todo cristiano cuando hemos sido marcados con el sello “del Espíritu Santo de Dios” (Ef 4,30).
El cristiano recibe la consagración (2 Cor 1,21; 1Jn 2,20.27) que es participación en la unción de Jesús.
El catecúmeno, antes de recibir el sello del Espíritu, en el bautismo, ha sido ungido por Dios (2Cor 1,21; Ef 4,30). Dios ha hecho penetrar en él el Evangelio, ha suscitado en su corazón la fe en la Palabra de la verdad (Ef 1,13).
Por ello, a esta Palabra venida de Cristo Juan la llama “aceite de unción” (khrisma). El “aceite de unción” interiorizado por la fe bajo la acción del Espíritu (Jn 14,26; 16,13) “permanece en nosotros” (1Jn 2,27), nos da el sentido de la verdad (v. 20ss) y nos instruye en todas las cosas (v.27).
En virtud de esta consagración la Iglesia es “linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pe 2,9).
Este sello es la marca de los servidores de Dios y su salvaguardia en el momento de la prueba escatológica (Ap 7,2-4; 9,4).
Porque consagrados en Jesús, el cristiano podrá mantenerse fiel a la Palabra divina. La vida cristiana es invitación a ser fieles a la gracia de la elección (2 Tim 2,19).
De esta consideración bíblica tan rica debemos extraer el modo justo de entender toda consagración. Nos animamos a afirmar que lo principal en la consagración es la acción de Dios que nos santifica con su sello. Consagrarse no es un acto primeramente humano, de nuestra voluntad (aunque la supone). ¡Es Dios quien nos consagra por la unción! Consagrarse significa ante todo reconocer la soberanía de Dios. Hace referencia a personas y lugares escogidos por Él y “dedicados de un modo especial a tributarle gloria y alabanza” .

2. Múltiples usos del término consagración
La consideración bíblica nos invita a acercarnos a los diferentes usos del término consagración.
El Código de Derecho Canónico (1983) une al término consagración tres concreciones: la consagración episcopal (can. 375§2), la consagración de los óleos (847§1) y la consagración eucarística (927).
El Concilio Vaticano II definió a la vida religiosa como consagración (LG 44) uniéndola a la consagración bautismal.
La Iglesia conoce la consagración de vírgenes “acción litúrgica con que la Iglesia celebra la decisión de una cristiana de consagrar a Cristo su propia virginidad” .
Entendemos así que la consagración puede ser consagración de personas, lugares u objetos consagrados. Existen grados de consagración y la entendemos como “el ofrecimiento que el hombre hace de sí mismo o de sus cosas a Dios” . Así podemos comprender la realidad de la consagración a María como ofrecimiento.

3. La catequesis y la consagración
La catequesis es educación ordenada de la fe y por ello debe educar en la comprensión correcta del significado de consagración.
El Catecismo de la Iglesia Católica, cual guía segura de toda catequesis, considera las realidades esenciales de la consagración:
- La eterna “consagración mesiánica revelada en el tiempo de su vida terrena, en el momento de su bautismo” (438).
- Por los sacramentos del Bautismo y la Confirmación somos consagrados (1535).
- La unción del santo crisma después del Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación, es el signo de una consagración (1294).
- Quienes reciben el sacramento del Orden son consagrados para “en el nombre de Cristo ser los pastores de la Iglesia con la palabra y con la gracia de Dios” (1535)
- Por la consagración sacerdotal recibida, el sacerdote, goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo a quien representa (1548).
- La ordenación sacerdotal es llamada ‘consecratio’ poner a parte (1538).
- La consagración episcopal confiere, junto con función de santificar, también las funciones de enseñar y gobernar” (1558).
- La vida consagrada es una de las maneras de vivir una consagración a Dios que tiene su raíz en el Bautismo (916).
- De la consagración brota la misión, el anuncio (931).
- Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu (901).
- La consagración y plegaria eucarística es el corazón y cumbre de la celebración eucarística (1352).

Toda la acción catequística de la Iglesia será un educar e iniciar al reconocimiento de Dios como Dios, aceptando a Jesús el Salvador, dejándonos guiar e iluminar por el Espíritu Santo. Consagrados por Dios en la Iglesia a través de los Sacramentos de la iniciación cristiana, respondemos entregando nuestra vida para hacer todo lo que Él nos diga (cfr. Jn 2,5).
El próximo 10 de noviembre peregrinaremos al Santuario de la Virgen de los Treinta y Tres en Florida. Allí nos encontraremos como Pueblo de Dios peregrino (Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos) y renovaremos la consagración a la Virgen de los Treinta y Tres.
Un modo de prepararnos a tan importante momento será considerar la unidad de la consagración cristiana mediante el Bautismo, Confirmación y Eucaristía recibidos en la Iglesia.
Contemplemos agradecidos los estados de consagración que brotan de Cristo el “ungido” y edifican a la Iglesia santa de Dios. Toda forma de consagración brota de los sacramentos de la Iniciación cristiana.
Llegaremos al Altar de la Patria y celebraremos la Eucaristía para ser enviados a anunciar a Cristo. ¡Consagrados y enviados como Cristo!
Ante la imagen de María Ntra. Sra. de los Treinta y Tres nos consagraremos a Ella. ¡Totus tuus María! ¡A Jesús por María!
Podemos volver a rezar la oración de consagración de San Juan Pablo II.

CONSAGRACIÓN A LA VIRGEN DE LOS TREINTA Y TRES
ORACIÓN DE JUAN PABLO II
Florida, Uruguay
Domingo 8 de mayo de 1988

1. ¡Feliz porque has creído, Madre del Redentor!
Ante tu imagen sagrada, oh Virgen de los Treinta y Tres,
todo el pueblo del Uruguay,
que te reconoce como Madre y Patrona,
se confía unánime a mis labios para ensalzarte:
“¡Feliz porque has creído!”,
y con inefable gratitud te aclama Maestra de su fe.
Tu mirada bondadosa acompaña los caminos de evangelización
y sostiene con amor solícito
la peregrinación de fe y de esperanza
de todo el Pueblo de Dios en esta sierra,
que en ti pone su confianza, a ti encomienda sus aspiraciones,
su futuro de paz, de progreso, de fidelidad a Cristo.

2. ¡Bendita entre las mujeres! ¡Bendito el fruto de tu seno!
Madre del Verbo de la vida, Virgen de Nazaret,
te encomiendo encarecidamente en este día
todas las familias del Uruguay.
Que sean felices afianzando más y más
el vínculo indisoluble y sagrado del matrimonio;
que sean benditas porque respetan la vida que nace,
como don que viene de Dios,
desde el mismo seno materno.
Haz que cada familia sea de veras una iglesia doméstica,
–a imagen de tu hogar de Nazaret–,
donde Dios esté presente
para hacer llevadero el yugo suave de su ley que es siempre amor,
y donde los hijos puedan crecer en sabiduría y gracia,
sin que les falte el alimento, la educación, el trabajo.
Que el amor de todos los uruguayos hacia ti,
se traduzca en respeto y promoción de la mujer,
ya que eres espejo de su vocación y dignidad,
con la Iglesia y en la sociedad.

3. ¡Virgen del Magnificat, fiel a Dios y a la humanidad!
Te ofrezco y pongo bajo tu amparo la Iglesia entera del Uruguay,
los obispos y los sacerdotes,
particularmente los recién ordenados,
los religiosos y religiosas,
los seminaristas y novicios
y cuantos están dedicados
al servicio de la evangelización
y del progreso de este pueblo:
los catequistas, los laicos comprometidos, los jóvenes.
Tú que eres la imagen perfecta y viva de la libertad,
de la unión indisoluble entre el amor de Dios
y el servicio a los hermanos,
entre la evangelización y la promoción humana,
enséñanos a poner en práctica
el amor preferencial de Dios por los pobres y humildes.
Que toda la Iglesia del Uruguay,
bajo tu valiosa ayuda y ejemplo,
trabaje sin descanso por implantar
el Evangelio de las bienaventuranzas,
garantía de libertad, de progreso, de paz;
promueva la solidaridad con las demás naciones hermanas,
y todos los uruguayos vivan en armonía y concordia,
conscientes de ser hijos de Dios y hermanos en Cristo,
sellados por el mismo Espíritu,
miembros de la misma Iglesia
e hijos tuyos, Madre del Redentor.
Amén.