pastoragua

Sea alabado y bendito Jesucristo. r./. sea por siempre bendito y alabado.
Él es el profeta, el Mesías, el Salvador del mundo.
 Él nos regala este santo camino cuaresmal. Que es para los catecúmenos el camino que los lleva a la iniciación cristiana, al santo bautismo, la confirmación y la Eucaristía en la Noche de la Santa Pascua.
 La cuaresma que, para los ya introducidos en Cristo y la Iglesia por los sacramentos, es la ocasión propicia para renovarnos en la gracia, a fin de que con verdad podamos proclamar las promesas bautismales en la Vigilia Pascual.
 Jesucristo, que está glorificado junto al Padre, obra con el poder del Santo Espíritu, de un modo principal por la palabra que nos ha sido proclamada. Cuide cada uno lo que el mismo Espíritu les ha dicho. Consérvelo en su corazón y hágalo fructificar.
 Pero, al mismo tiempo, abrámonos a lo que el Señor nos dice. Cumplamos lo que hemos cantado con el salmo: ¡ojalá escuchéis hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón!

I) En la primera lectura se nos recordó cómo el pueblo de Dios fue probado en el desierto, tuvo sed. En el camino de seguimiento de Dios hay prueba, tentación, lucha y combate. Dios no nos dice que todo es fácil y cómodo.
El primer domingo de Cuaresma se nos proclamó a Jesús tentado, probado, y vencedor, para que nosotros creamos en su victoria y confiemos que él vence en nosotros. Y con esa confianza, luchemos,
En concreto el pueblo – sintiendo el hambre - no sólo desesperó de la ayuda de Dios, sino que murmuró – es decir habló por las espaldas de Dios – y quiso tentar, poner a prueba a Dios: a ver, ¿para qué nos sacó de Egipto?. Recordemos que Jesús también tuvo hambre y respondió: no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Que Jesús luego respondió al tentador: no tentarás al Señor tu Dios, sino que lo adorarás y solo a él darás culto.

Hemos escuchado el gran pasaje del capítulo IV de San Juan. Es de una riqueza inagotable. Subrayemos algunas líneas.

II) En primer lugar Jesús se nos va revelando, para que lo conozcamos y creamos en él. Así él mismo nos va iniciando, introduciendo en su propio misterio y en la relación con él.
Se presenta como hombre, cansado, sediento. Como predicador generoso entregado a la misión que el Padre le ha encomendado.
Veladamente se va manifestando a la mujer, que nos representa a todos nosotros. Primero ella pregunta si es más que el patriarca Jacob, luego que le diga sus muchos maridos, lo reconoce como profeta, después se revela como el Mesías y, al final, los samaritanos reconocen: nosotros sabemos y hemos visto que tú eres el Salvador del mundo.
Renovemos nosotros, todos y cada uno, nuestra fe en quién es Jesús. Al mismo tiempo renovemos nuestra relación con Él, según él es.
Si es profeta, enviado por Dios, creámosle.
Si es el Mesías, el Rey mediador, unámonos a él.
Si es el Salvador del mundo, dejémonos salvar por él, apreciemos su salvación, obedezcamos al camino de salvación que nos ofrece.

III) Para que entremos en esa relación nueva con él, Jesús nos quiere abrir el corazón, el interés, el deseo, de recibirlo. Así nos inicia afectivamente, en el corazón, para que lo busquemos.
Porque, para que se dé el encuentro con él, no basta con que él venga, es necesario que nosotros lo recibamos. Aún entre nosotros, no basta con que alguien se acerque, no basta con que nos quiera, no es suficiente con que nos traiga un hermoso regalo; es necesario que lo atendamos, que nos dejemos querer, que aceptemos el don.
Por eso, Jesús entabla un diálogo con la samaritana, con nosotros. Jesús nos pide de beber, para que nosotros entregándonos a él, podemos recibirlo. Necesita sacar a la mujer, sacarnos a nosotros, de nosotros mismos, para que tendamos hacia la vida de Dios.
Así, luego agrega: si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua de vida.
Está como suplicando, está pidiéndonos: mira el don, no menosprecies la gracia, deja que en tu corazón crezca el deseo de Dios, para el que fuiste creado y que yo vengo a comunicarte.

IV) La iniciación que Jesús nos hace, incluye la mediación de los símbolos y acciones. Por eso el Maestro a través de los distintos sentidos del agua, nos va iniciando en la vida nueva que él nos regala.
El don que nos trae es el agua de vida. El agua purifica, el agua sacia la sed, el agua da vida. Aquí en boca de Jesús esta agua es la fe, que nos abre a conocerlo y amarlo. Esta agua es el Espíritu Santo, que se nos da como principio de la vida nueva.
Es el agua que brotó de su costado abierto en la cruz, para regar a la ciudad de Dios, para darnos vida nueva en la gracia del bautismo.


V) La palabra que el Espíritu Santo nos ha proclamado se cumple hoy. Aquí y ahora Jesús resucitado, se sienta junto al pozo y nos habla. Tiene sed de nosotros, para saciarnos con sus dones.
Aquí con la palabra brota la vida, la gracia, el agua del Espíritu.
Especialmente la Eucaristía es siempre la fuente y culmen de toda gracia en esta vida. Aquí Cristo nos alimenta y nos da vida, nos comunica el agua del Espíritu y la fe, hace crecer y desarrollar la vida que comenzó en el bautismo y fue plenificada por la unción del Santo Espíritu en la confirmación.
A ustedes, catecúmenas, Jesús les pide: dame a beber agua. No dejen de responderle, sigan su pedido. A ustedes se dirige especialmente, como a la Samaritana: si conocieras el don de Dios, me pedirías tú. Pídanle el agua de vida, pídanle el bautismo, pídanle la fe, pídanle el Espíritu Santo. Pídanle que les haga crecer en la sed de él.
A los que van a la pila bautismal se les aplica especialmente el salmo 41: como la cierva desea las corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, Dios mío. Y en muchos bautisterios se representan los ríos de agua viva que brotan de la cruz de Cristo y los cervatillos que van a beber de la fuente.
En seguida todos juntos vamos a orar por ustedes, como la Iglesia ora en toda la tierra, para que el Señor las haga vencer toda tentación, todo desánimo, toda vergüenza, que les impida seguir caminando en el desierto, para que pidan y busquen las verdaderas fuentes de vida.

VI) a todos los ya bautizados se nos exhorta a apreciar y vivir más intensamente el don de Dios. Esta vida nueva la describía San Pablo en la segunda lectura como vida de fe, esperanza, y caridad. Tenemos vida vegetativa, tenemos vida animal – con los sentidos y el movimiento – tenemos vida humana – con la razón y la libertad – pero tenemos la vida nueva que recibimos de Cristo muerto y resucitado, con la donación del Espíritu y la filiación divina, vida cuyos dinamismos propios son la fe en Cristo, la esperanza en el Padre y la vida eterna, la caridad, que es el mismo amor de Dios que ha sido derramado en nuestro corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.

Que Jesús que se cansó por nosotros, que se sentó junto al pozo de Jacob, que subió a la cruz, que está sentado glorioso a la derecha del Padre, nos renueve con el agua viva de su Espíritu, y así nos volvamos plenamente adoradores del Padre en Espíritu y verdad. Que el sacrificio de Cristo, del que participamos en la Santa Misa, sea el sacrificio, la ofrenda de nuestro corazón y toda nuestra vida, por medio de Jesucristo, Sacerdote y Cordero inmaculado, para gloria y alabanza del Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.