pastoragua

 Parroquia de la Sagrada Familia de Sauce

 Alabado sea Jesucristo – r./. sea por siempre bendito y alabado.

Él que está glorificado junto al Padre en los cielos, reúne en el domingo - día del Señor, su día – a su pueblo santo, a su amada esposa la Iglesia, a todos los que han renacido del agua y del Espíritu Santo, para darles vida y vida abundante.

 Esa acción poderosa, vivificante del Rey inmortal, continuamente nos rescata del poder del pecado y de la muerte y nos va introduciendo más y más en Reino del Padre, nos hace partícipes de la nueva vida que nos obtuvo por su muerte y resurrección.

 En este Santo Tiempo de Cuaresma somos convocados a abrirnos más y más a la acción de Cristo, a seguirlo con mayor prontitud, a vivir con él la pascua, el paso de este mundo al Padre.

 He querido tomar como hilo conductor de esta Cuaresma nos movimientos característicos de la existencia cristiana: la conversión y la iniciación.
 

 (como si fuera un programa de televisión paso un ‘chivo’: las catequesis de los domingos de Cuaresma y las catequesis de los miércoles – todo sobre conversión e iniciación se publican en la página web de la Diócesis).I) Primero la conversión: conviértete y cree en el Evangelio. Gira, ponte detrás de Jesús, entra en el desierto y cambia la mente y el corazón, la esperanza y las obras de tu vida. Esta conversión a Cristo es radical: Dios en Cristo crucificado y resucitado nos rescata y salva: sé de él, ponlo encima de todo. Esta conversión se expresó en el diálogo del Bautismo: renuncias, renuncias, renuncias – crees, crees, crees.Esta conversión radical, dado nuestro carácter histórico, debe renovarse, actualizarse, profundizarse: es lo que expresamos cada noche de la Santa Pascua al renovar las promesas de nuestro bautismo. Renunciar a todo lo que no es de Cristo. Creer en el Padre, el Hijo muerto y resucitado, en el Espíritu Santo, para servir a Dios en la Santa Iglesia.La Cuaresma es tiempo de conversión.

II) El segundo movimiento característico de la existencia cristiana es la iniciación. No se trata de un comienzo – el comienzo es siempre la conversión -, sino el ser introducido, el irse metiendo, el ir participando de algo nuevo, en el que creemos, pero que no es nuestro. La conversión nos lleva a la iniciación en el misterio de Cristo y de la Iglesia, el ir participando con la mente, con el corazón, con nuestras obras de algo nuevo de Cristo mismo. De esta manera vamos siendo transformados en hombres nuevos.
 

Esta iniciación la lleva a cabo la Trinidad es pura gracia. Y la hace en la Iglesia, para que se dé lo que San Pablo nos dice y hemos tomado como guía de la cuaresma: para conocerlo a Cristo, la eficacia de su resurrección y la comunión con sus padecimientos. La iniciación es dejar que Cristo viva en nosotros y nosotros en él.

III) El Domingo I de Cuaresma esta inserción en Cristo, se nos presentaba como participación en el combate de sus tentaciones, para también tener participación en su victoria. La vida cristiana es combate – para ello se nos unge en el bautismo con el óleo de los catecúmenos – para poder triunfar con la gracia de Cristo. Así la prueba, la tentación, es parte del camino de iniciación. Por eso también, la Iglesia ora por sus catecúmenos especialmente en este tiempo de Cuaresma – en los llamados escrutinios – que son oraciones propias de los domingos III, IV y V para que los catecúmenos venzan en las pruebas y salgan victoriosos con Cristo. ¡Cristo venció el pecado, el tentador y la muerte! Pongámonos de su lado, y unir con él en la victoria sobre el pecado, el mundo y la carne.Para renovarse en este combate un grupo de personas de esta comunidad ha leído y meditado las cartas del Apocalipsis. ‘Vuelve al amor primero’. Todo el Apocalipsis es para que la comunidad se renueve en este combate y venza.IV) Hoy se nos ha presentado a Cristo Transfigurado, transformado. Jesús, aún en carne mortal, se manifiesta glorioso. Su divinidad se transparenta en luz en su propia cuerpo. ¡Dejémonos iluminar por él!Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Nuestra conversión cristiana es elegir la luz y abandonar las tinieblas. Y este mismo juicio - ¿qué es luz y qué es tiniebla? – no queda a nuestro juicio de pecadores, sino es someternos a la luz, obedecer la Verdad de Dios. Cristo es luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero.

Cristo es verdadero Dios, está atestiguado por su propia luz de Hijo de Dios. ¡dejémonos iluminar por él!
 

Está en la nube luminosa del Espíritu Santo: ¡dejémonos introducir en la nube que revela los misterios de Dios.La voz de Dios que nos dice que éste es su Hijo amado, su propia palabra eterna. ¡Escuchémoslo! Pero escuchémoslo como es: la verdad, el Señor, la luz y convirtámonos a dejarnos iluminar totalmente por él.

¡Cristianos! A nosotros nos ilumina la Santísima Trinidad. Convirtámonos a la luz, dejémonos iluminar por Cristo, tanto en la mente, como en las opciones de nuestro corazón, como en nuestra vida.

Esta luz trinitaria, que resplandece en Cristo, verdadero Dios, se nos da a conocer en su humanidad de verdadero hombre. Es por la humanidad de Jesús, por sus palabras, sus acciones, sus obras, que somos iluminados y adentrados en el reino de la luz. 

Especialmente nos ilumina el Señor resucitado y glorioso con la luz de su bienaventurada pasión y muerte. La transfiguración del Señor adelanta la gloria de la resurrección para que nos dejemos iluminar por el camino de su pasión y muerte: Cristo resucitado, que ha vencido a la muerte y nos hace partícipes de su vida inmortal, nos ilumina con su pasión que es camino para la resurrección.

IV) Contemplemos nuevamente lo que el Espíritu Santo nos ha proclamado. Jesús no se transforma ni se revela solo. Están Moisés y Elías conversando con él y el llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan. 

Jesús, que es luz, se revela y se comunica a su pueblo y por medio de su pueblo. Él único pueblo de Dios, que es Israel, que es la Santa Iglesia fundada sobre los apóstoles.

Solamente en la Iglesia y por la Iglesia somos iniciados, somos introducidos en la luz de Cristo y transformados en él.

La iniciación en el misterio de Cristo y de la Iglesia, el pasaje de las tinieblas a la luz admirable del Reino del Hijo, el abandono del primer Adán al segundo Adán, se realiza en la Iglesia, comenzada en la creación y llevada a plenitud por Cristo y sus Apóstoles.

Esto sucede en lo alto del monte. Es en la Iglesia en que subimos a lo alto para encontrarnos con Cristo. Que nos llama – y especialmente en la Cuaresma – a buscar los bienes de arriba donde está Cristo con Dios. ¡Subamos con él! Dejémonos conducir a lo alto. Soltemos las ataduras de nuestras propias intenciones y aceptemos que el Señor nos tome consigo y nos lleve a lo alto.

Es en la Iglesia en que se nos abren los tesoros de las Sagradas Escrituras, tanto de la Primera Alianza – los Salmos, Moisés y los profetas – como de la Alianza Eterna – representada en los Santos Apóstoles, testigos del Evangelio. ¡Seamos dóciles a la escucha de la Palabra, a la predicación de la Iglesia, al testimonio de los santos! Es en la Iglesia que entramos en la nube del Espíritu. Donde está la Iglesia está el Espíritu Santo y toda gracia.

Es en y por la Iglesia, que habla Cristo, la cabeza por su cuerpo. La Iglesia que recibió el mandato de Jesús a los apóstoles: vayan y prediquen el Evangelio, enseñen a cumplir todo lo que les he mandado.

En la Iglesia por la predicación apostólica viva, por la oración de la Iglesia, por los santos sacramentos vamos siendo iniciados en la luz pascual de Cristo muerto y resucitado.En el tiempo de Cuaresma, la Iglesia va terminando de iniciar a los catecúmenos en la novedad de Cristo. En el tiempo de Cuaresma toda la comunidad de los bautizados profundiza su iniciación en Cristo.

Nos lo anuncia San Pablo en su carta: Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora esta gracia se ha manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a luz la vida inmortal. 

V) Para eso, él nos salvó y nos llamó a una vida santa. Porque la iniciación es a una vida con Cristo, transfigurada, transformada.

La iniciación cristiana que se basa en la palabra y en los santos misterios se hace vida en el seguimiento personal.

Así si el pecado de Adán, y nuestro pecado, debe unirse a la victoria de Cristo en la tentación, el dejarnos iluminar por Cristo resucitado, para unirnos al camino de su pasión lo aprendemos hoy del testimonio de nuestro padre en la fe: Abrahán.

Abrahán se apoyó sólo en la Palabra de Dios, para dejar todo lo que para él era conocido, seguro: ‘sal de tu tierra y de la casa de tu padre’. Creyó en la promesa, se dejó iluminar por ella, para abandonar todo e ir tras Dios. Realizó la palabra divina, por la obediencia, escuchó obedeciendo: Abrahán marchó, como le había dicho el Señor.
 

Este es el comienzo del largo camino de iniciación en la fe del patriarca Abrahán. Va a ser probado muchas veces, hasta el sacrificio del propio hijo. Va a vencer siempre porque se dejó iluminar por la Palabra, porque creyó en la fidelidad de Dios, porque obedeció. Así Abrahán, nuestro padre en la fe, representa a todo creyente que en su propia oscuridad, se deja iluminar y así transformar por Dios.
 

VI) Mis hermanos: hoy aquí ante nosotros Jesús se transfigura. El testimonio del Espíritu Santo en las Divinas Escrituras y en la predicación de la Iglesia nos lo atestiguan.
 

Aquí en la Iglesia reunida, en la casa de la Iglesia, subimos al monte santo. Aquí Cristo nos ilumina con su luz inmortal. Aquí nos testifica por medio de Moisés, Elías y los Santos Apóstoles suyos. Aquí entramos en la nube divina del Espíritu que revela y oculta. Aquí oímos y obedecemos la voz del Padre: Este mi Hijo, amado, ¡escúchenlo! Aquí exclamamos con Pedro: ¡qué bueno es estar aquí! Aquí Jesús resucitado hace presente la gloria de su pasión, en esta presencia del sacrificio de la Cruz. Aquí nos unimos a Cristo crucificado, para morir con él y resucitar con él. Aquí con Abraham, los patriarcas y todos los santos dejamos nuestra tierra y la casa paterna, para dejarnos introducir en la herencia de los santos, en la Jerusalén del cielo, en la morada del Padre. 
 

También José hubo de crecer en su fe. El que no era padre según la carne, llegó a ser padre de Jesús según la gracia, pasando por la oscuridad, la obediencia y la entrega, como su padre Abrahán. 
 

También María tuvo que hacer su peregrinación en la fe. Por la obediencia, por el despojamiento y la entrega, hasta el pie de la cruz, en la efusión del Espíritu.
 

Que ellos nos acerquen a Jesús. Él siendo el Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Y probado en todo, fue perfeccionado, acabado por su sufrimiento como nuestro sumo sacerdote y cabeza. Él nos conceda su luz, la escucha de su palabra, para conocerlo a él, la eficacia de su resurrección y la comunión con sus padecimientos. El que vive y reina por los siglos de los siglos.