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Parroquia San Francisco de Así de Empalme Nicolich.

Sea alabado Jesucristo. Sea por siempre bendito y alabado.
Él que siendo Hijo Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, quiso hacerse hombre, para restaurar lo que Adán había perdido, para restaurar su imagen en cada uno de nosotros y conducirnos al Padre.

Él que está sentado glorioso a la derecha del Padre, obra, actúa reina en su pueblo que es la Santa Iglesia, para hacernos participar de su victoria pascual, la que él obtuvo por su bienaventurada pasión y gloriosa resurrección.
Por su palabra poderosa y por sus acciones salvadoras, especialmente por los sacramentos, actúa Jesucristo con la fuerza del Espíritu Santo, para rescatarnos, transformarnos, divinizarnos, hacernos hijos de Dios y ciudadanos de la Jerusalén del cielo.

Este poder transformador de Cristo se manifiesta de un modo particular en este santo tiempo de Cuaresma, que él mismo santificó en el desierto.

I - La Cuaresma nos invita y nos desafía a renovar nuestra fe, con todo su contenido, con toda su verdad, con todas sus consecuencias:
- Dios nos ha creado a su imagen, para participar de él, y debemos dar gracias por ser creados.
- pero también el pecado y la muerte nos destruyen, nos desfiguran, nos esclavizan: necesitamos ser salvados. Es la realidad que escuchamos en la primera lectura: la humanidad apartada de Dios por el pecado y la muerte. Por eso, también hemos clamado con el salmo: misericordia, Señor, hemos pecado.

- A su vez se nos proclama, se nos grita el Evangelio
- Dios nos ha enviado a Jesús, su Hijo encarnado, como salvador. El antiguo Adán, el hombre pecador, la humanidad esclava y mortal, es rescatada por el nuevo Adán, Cristo, por su obediencia y su muerte en Cruz. Podemos salir del pecado que esclaviza al mundo entero y entrar en el reino del perdón y la gracia de Cristo, para participar de su justicia, de su santidad, de su vida.
Por eso la muerte de Cristo en la cruz y su resurrección son nuestra única esperanza para lo que realmente importa.

Este anuncio es para que respondamos con la fe en la obra salvadora del amor de Dios. Una fe que pide la conversión de la mente y del corazón.
Así la Cuaresma es tiempo de conversión de la mente, de acuerdo al Evangelio: conviértete y cree en el Evangelio. ¿Es Jesús nuestra esperanza? ¿Creemos en él, amándolo sobre todo y buscándolo? ¿Valoramos las cosas, según Jesús las valora?
Creer en la salvación de Dios significa que valoremos ese don, el perdón de los pecados, la vida eterna, la reconciliación con Dios, la muerte de Jesús y el don del Espíritu Santo. Y al mismo tiempo queramos abrirnos al don de la vida en Cristo, buscándolo, siguiéndolo, dejándonos unir con él, para que Él viva en nosotros y nosotros en él.

II - Así la fe debe llevar a un cambio de mente, de corazón y de vida. Este cambio es imposible para nosotros, pero no para Dios. Por eso también esta conversión poner la confianza en Dios y su palabra, para seguirlo, para obedecerlo, para dejarnos salvar.
Él nos la da la nueva vida, por la predicación de la Palabra de Dios, escuchada con humildad y obediencia, pon la oración de la Iglesia, y especialmente por los sacramentos.
Por eso la Cuaresma es la última etapa de preparación para recibir el bautismo y la confirmación, de los catecúmenos que se han ido disponiendo a ellos, por la catequesis, la oración, la conversión de la vida.
Y al mismo tiempo, la Cuaresma es el tiempo en el que los fieles, los ya bautizados tenemos que abrirnos a la gracia del bautismo, convertirnos a lo que Dios ha hecho en nosotros, buscar lo que Dios quiere de nosotros.

III - El camino de la conversión cristiana, que vamos recordando: reconocimiento humilde de la necesidad de ser salvados, de nuestra condición pecadora; reconocimiento agradecido del don de la muerte de Cristo, apertura al don de Cristo muerto y resucitado por la Palabra de Dios y los sacramentos, es también un camino de ir dejándonos meter en Cristo mismo. Así si imitamos y participamos del viejo Adán, imitemos y participemos del nuevo Adán.
En este sentido hay que hablar de iniciación cristiana, iniciación en el misterio de Cristo y de su Iglesia.
Ser iniciado en algo, es ser introducido, entrar en mundo nuevo, ir aprendiendo, e irse reconociendo en él. Algo así pasa cuando empezamos un curso de algo, o cuando comenzamos un empleo nuevo: no estamos bien ubicados, no sabemos usar las cosas, vamos aprendiendo el lugar, las costumbres, las personas, los hábitos, el proceso. También somos iniciados, cuando nos hacemos amigos de alguien, o más aún en un noviazgo serio: se nos introduce en la nueva familia…
La vida cristiana es una iniciación, porque nosotros no sabemos qué es ser hijos de Dios, nosotros no podemos por nosotros mismos ser semejantes a Cristo, nosotros ni siquiera tenemos el lenguaje para hablarle a Dios, menos aún para realizar sus obras.
Para eso, Cristo deja su Iglesia: en ella somos iniciados en la Palabra de Dios, en la oración, en el seguimiento de Cristo, en el ejemplo de los santos.
Más aún, no sólo con palabras y ejemplos, sino con la acción de Cristo y del Espíritu Santo. Especialmente la Palabra predicada, el Bautismo en Cristo muerto y resucitado, la Confirmación con el sello del Espíritu, el Santo Sacrificio de Cristo en la Misa, nos acciones de Cristo y de la Iglesia que nos meten en Cristo, que nos hacen suyos y a El nuestro.
La iniciación cristiana es don de Dios, acción de la Iglesia, y trabajo del que es llamado.
Ese camino de iniciación: tiene su novedad total en esos sacramentos de la iniciación cristiana. Pero, al mismo tiempo, son un camino permanente, una iniciación renovada. ¿Porque quién está tan iniciado que solamente piense, sienta, quiera, haga como Jesús?

IV - Por ello cada año, el primer Domingo de Cuaresma, escuchamos cómo el Espíritu Santo nos introduce en las acciones de Jesús, para que seamos iniciados en el combate cristiano, para que ahondemos en él, para que seamos vencedores, partícipes de la victoria de Cristo.
Muy rápidamente evoco las tres tentaciones, para que cada uno se vea en ellas, y se una a Cristo, por la oración, por la obediencia, por la renuncia, a fin de vivir.
Las tentaciones son siempre para separarnos de la voluntad del Padre, en la mente y en la voluntad, y hacernos esclavos del demonio, de nosotros mismos, de nuestra vanidad.
La primera tentación, proviene del hambre, es decir, de nuestras necesidades. Necesidades verdaderas, legítimas, del cuerpo, del alma. Que no está mal que saciemos según la voluntad del Padre, pero que se vuelven tentación en cuanto las juzgamos más importantes que Dios mismo y que ser sus hijos. ¡Ahí está el engaño! No es verdad que lo principal sea satisfacer nuestras necesidades. No. Lo principal es ser hijos de Dios y vivir según ello. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
La segunda tentación proviene de la religión. La religión es buena, ¿no? Pero podemos vivirla como un instrumento para buscarnos a nosotros mismos. También desvirtuamos la religión, cuando pretendemos que Dios tiene que hacer lo que queremos nosotros: esto es tentar a Dios, dudando de su amor, si no hace lo que queremos. Jesús contesta: no tentarás al Señor tu Dios. No poner a prueba a Dios.
La tercera tentación es la del poder, los placeres. Todos somos tentados por el poder, el placer, la riqueza, la satisfacción de los sentidos. Es lo que vemos todo el tiempo, es lo que se nos dice y frecuentemente decimos. Así damos culto, nos entregamos, ponemos al dinero, al placer, al orgullo, por encima del acatamiento y la obediencia de Dios. Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto.
La cuaresma es para iniciarnos en Cristo, para profundizar en Cristo, combatiendo con él al tentador, para salir victoriosos. Para morir al viejo Adán y resucitar ya a la vida nueva con Cristo.
La Eucaristía, la Misa es la victoria de Jesús: su muerte para el perdón de los pecados y su resurrección para darnos la vida nueva y eterna en el Espíritu Santo. Quiera él movernos para que él viva y venza en nosotros y venga a nosotros para que adoremos al Padre y le demos culto en la Misa y en toda nuestra vida, por medio de Jesucristo, en la comunión del Espíritu, en la Santa Iglesia, por los siglos de los siglos. Amén.