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“Para conocerlo a Él, la eficacia de su resurrección y la comunión con su muerte” (Ef. 3,10).

Sea alabado y bendito Jesucristo r.sea por siempre bendito y alabado.


Bendito sea Dios, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en toda tribulación nuestra para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios! Pues, así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, igualmente abunda también por Cristo nuestra consolación (cf. 2 Cor. 1,3-5).
I) Así la Cuaresma es un tiempo de consuelo y consolación.


El Padre nos otorga este tiempo de gracia, para renovarnos por medio la sangre preciosa de su Hijo y por el don vivificante del Espíritu Santo.
Él obra en y por su Santa Iglesia, el pueblo de su propiedad, el Cuerpo de Cristo, para llamar a la reconciliación y a la vida, para comunicar el perdón y la paz.
Todos necesitamos ser consolados por Dios, por su Palabra, por su Espíritu, por su perdón, por su fuerza.


El Santo Tiempo de Cuaresma, hace presente de modo intenso la proclamación de Jesús, el anuncio de su palabra de gracia, su Evangelio: el Reino de Dios, Dios Rey, se ha acercado. Es decir, Dios está junto a nosotros y viene a reinar con el perdón, la resurrección y la vida.
De aquí la invitación de Jesús: conviértanse y crean en el Evangelio. Crean reconociendo que es la verdad, crean dejándose tomar por él, crean dejándose reconciliar con Dios.


II) La Cuaresma es tiempo de Conversión: conversión es girar para orientarnos hacia Dios, dirigirnos hacia él. Conversión es cambiar de mente y de corazón, dejándonos iluminar por el amor de Dios entregado en Cristo. La conversión pide abandonar los apegos a las creaturas, a la vaciedad, para volvernos al Creador, Padre y Salvador.
Nosotros, al oír conversión, en general, pensamos primero en lo que tenemos que hacer. Sin embargo, convertirnos es antes que nada dejarnos querer, dejarnos reconciliar, reconocer de tal modo el amor de Dios, que nos rindamos a ese amor, a sus palabras, a sus gestos, a la comunión con él.


Es la palabra que el Espíritu Santo nos dirige hoy por boca de San Pablo, retomada por la predicación de la Iglesia: ‘en nombre de Cristo les pedimos, les suplicamos: ¡déjense reconciliar con Dios! ¡déjense perdonar¡ ¡déjense santificar¡ ¡déjense querer por el Padre!
El comienzo de la conversión es dejarnos abrazar por Dios. Quien necesite abandonarse en el Padre. Quien requiera el consuelo. Quien sienta el dolor de sus pecados y su propia miseria. Quien esté enamorado de Cristo. Probablemente con un poco de todo esto: ¡déjate reconciliar por Dios y con Él.

III) La conversión cristiana es un dejarse adentrar en el misterio de Cristo y de su Iglesia. Es un dejarse iniciar en algo que no conocemos plenamente, que vislumbramos. Por eso la Cuaresma es también iniciación.
La iniciación es dejarse introducir, ir descubriendo, dejándose tomar por Cristo, creciendo en la comunión con él. Con las palabras de San Pablo que hemos tomado como guía para nuestra cuaresma diocesana: “Para conocerlo a Él, la eficacia de su resurrección y la comunión con su muerte” (Ef. 3,10).


Conocer en el lenguaje de las Sagradas Escrituras, es saber, pero también es comprender, y también, cuando se trata de personas es unirse, entrar en comunión, participar. Por ello, conocer a Jesús, es ser discípulo, seguirlo, quererlo, dejar que Él viva en el corazón, la mente, las acciones, el alma y el cuerpo, la vida, la muerte y la eternidad.
Lo conocemos dejando que él obre en nosotros por la eficaciá de su resurrección. El Padre le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Sentado y glorificado junto al Padre, obra, reina, actúa, con el poder de la verdad y el amor, con el perdón de los pecados y la santificación, sanando y dando parte en su victoria. Realiza esa eficacia con la fuerza del Espíritu Santo.
El mayor conocimiento de Cristo, la mayor eficacia de su resurrección es la comunión con su muerte: morir con él al pecado, a nuestra propia voluntad, para ser libres haciendo la voluntad del Padre: entregándonos con Él al Padre.


IV) La conversión que nos mete en esta iniciación en el misterio de Cristo, Él la hace en y por la Iglesia, su Esposa, su Cuerpo. Por la predicación de la Iglesia, por los santos misterios sacramentales.


Por eso, la conversión lleva a la iniciación por la Palabra y por los sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo en la muerte y resurrección de Cristo, la Confirmación con el sello y la unción del Espíritu, la comunión con su sacrificio pascual en la Santa Misa.
La iniciación es, como lo escuchámbamos, el domingo pasado: cada vez más decirle amén por Cristo al Padre, para su gloria.


La iniciación al misterio de Cristo, que se funda siempre en la escucha del Evangelio, que es participación en la muerte y resurrección de Jesús y en la docilidad al Espíritu Santo se actualiza en cada Eucaristía, en la comunión sacramental, obediente, libre, entregada, con la pasión del Señor, por la fuerza de su resurrección.

V) El tiempo de Cuaresma es el que acompaña a los nuevos discípulos y los va iniciando en el misterio de Cristo y de la Iglesia, para culminar con los sacramentos de la Iniciación Cristiana en la Noche de la Santa Pascua. Toda la comunidad eclesial, todos nosotros, estamos comprometidos a acompañar a los hermanos que en el mundo entero son iniciados en Cristo.


En el tiempo de Cuaresma, los que ya participamos de Cristo y de la Iglesia hemos de renovarnos en los misterios que nos dieron nueva vida. Volvemos a escuchar el llamado a la conversión, hemos de profundizar en nuestra realidad de sumergidos en la muerte de Cristo, de renacidos a una vida nueva, llevada por el Espíritu, hemos de ser cada vez más uno con el amén de Cristo al Padre hasta la entrega total de nosotros mismos.
VI) Para esto, también la Cuaresma es tiempo de ejercicios, de esfuerzos, de acciones, como lo hemos escuchado en el Santo Evangelio: escucha de la Palabra y oración, penitencia y ayuno, caridad y entrega. Acciones hechas con humildad y sinceridad, ante el Padre y para agradar al Padre. No cabizbajos, sino alegres por el llamado del Señor. Ejercicios que han de ser siempre participación en la cruz de Cristo, en su obediencia a Padre, en su despojamiento, en su entrega sacrificia, en su amor sin límites al Padre y a los hermanos: habiendo amado a los suyos los amó hasta el fin.


VI) El gesto de la ceniza que vamos a recibir expresa el don que el Señor nos hace al convocarnos a la Santa Cuaresma y también nuestra recepción del don, con el compromiso de caminar juntos en estos santos ejercicios cuaresmales.
Recuerda que eres polvo y al polvo volverás. Nos pone en el camino de la humildad y dela verdad. Quitando toda vanidad y soberbia, toda necedad, para volver al Señor.


Conviértete y cree en el Evangelio. Convirtámonos al Señor, creamos en su amor, dejémonos reconciliar con él, sigamos su camino, seamos mejores discípulos, para conocerlo a Él, la eficacia de su resurrección y la comunión con sus padecimientos.
Por la intercesión de la Inmaculada Virgen María, de los Santos Apóstoles y todos los santos que hemos invocado en nuestra procesión penitencial, quiera concedernos el Padre concedernos la gracia del Espíritu Santo, por su Hijo Cristo, que nos amó hasta el extremo, para que los hombres vengan a beber el agua de la vida en la Santa Iglesia, y sea glorificada la Santísima Trinidad en los ángeles y todas las creaturas, por los siglos de los siglos.

Amén.