pastoragua

El pasaje evangélico que hoy se proclama completa el del Domingo pasado. En realidad con el texto del Domingo IV y V, en el ciclo B (Mc.1,21-28 y 1, 29-39), San Marcos nos da un cuadro general de la actividad de Jesús que hace presente el Reino o Reinado de Dios, con su palabra y sus actos.
El día sábado, Jesús en la Sinagoga enseña con autoridad y expulsa demonios: hace presente la palabra actuante y salvadora de Dios, para que se abran al reinado de Dios (21-28). Saliendo de la sinagoga de Cafarnaúm, fue a la casa de Simón y Andrés, con Santiago y Juan, y curó a la suegra de Simón, que luego lo servía. A la tarde (es decir, cuando en la caída del sol terminaba el sábado), le trajeron muchos enfermos y los curaba, así como sanaba a endemoniados. En la madrugada se retira a orar solo, y, luego que lo encuentren los discípulos, se va a otras partes a predicar, porque para eso ha venido al mundo.
Jesús ha venido para predicar el Evangelio del Reino de Dios y hacerlo presente por sus acciones salvadoras: ese es la misión que el Padre le ha encomendado, con la fuerza del Espíritu. Esta misión culminará en la palabra definitiva y la acción redentora por excelencia: la pasión, muerte y resurrección.
Esta Palabra nos hace hacer memoria de lo que Jesús realizaba ‘en aquel tiempo’ de gracia. Y, al mismo tiempo, nos proclama lo que Jesús, resucitado y glorificado en los cielos, realiza hoy en este tiempo de gracia. Hoy Jesús nos anuncia que Dios viene a reinar en nosotros y nos habla con palabra de autoridad, sanándonos, curándonos, y nos invita a creer en él, a confiar en él, a dejarlo actuar al Padre por medio de su Hijo y Mesías.
Todos somos enfermos, en el cuerpo, sujetos a la muerte, propia y ajena. La vida es bella, con los dones de Dios, pero siempre está la enfermedad, el dolor, la muerte, presente en ella. Si no somos cínicos, debemos reconocerlo y asumirlo. Todos somos endemoniados, de una u otra forma, acechados por el dominio de los demonios: de la envidia, de la soberbia, de la avaricia, del rencor, de la vanidad… “Todos pecamos y estamos privados de la gloria de Dios”. A todos hoy Jesús viene a salvar, sanar, curar.
La curación definitiva es la resurrección de la carne y la vida eterna, que Jesús nos ha obtenido por su muerte y resurrección. Sólo así, en su venida gloriosa, no habrá muerte ni dolor, pecado ni tiniebla alguna, sino la vida del mundo futuro, junto al Padre, con Cristo, en el río de gracia del Espíritu.
Pero ya ahora, Jesús, el Hijo, el Mesías, obra en su Iglesia. En y por la Iglesia anuncia la palabra de la verdad, nos libera de la mentira, del engaño, del odio y del rencor. En la Iglesia nos cura de la enfermedad, sea que cure la misma enfermedad, sea que nos dé la confianza y esperanza para vencer la desesperanza y la amargura, sea que nos enardezca en el amor a Dios para entregarle el mismo sufrimiento y la misma muerte. En la Iglesia obra Cristo por la predica

ción y los sacramentos: nos da el perdón, nos rescata de la muerte, nos hace hombres nuevos, nos da parte en su inmortalidad.
Sobre todo la Eucaristía es la acción presente de Jesús, que hablaba y sanaba en Cafarnaúm, de Jesús que vendrá como juez de vivos y muertos y su reino no tendrá fin. La Eucaristía, con la proclamación de la palabra con la fuerza del Espíritu y con la acción del sacrificio de Cristo, con su sangre derramada para el perdón de los pecados, vence continuamente el pecado y la muerte.
Se nos invita a creer y dejar actuar a Jesús. Se nos llama a unirnos a su oración y entrega. Abrámonos a la predicación de la Iglesia y a las acciones de Cristo en su Iglesia: los santos sacramentos de la fe.
Se nos envía – como Iglesia que somos – a ser instrumentos, presencia de Jesús que predica hoy. Como lo escuchamos en el testimonio de San Pablo: ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!
La acción de la Iglesia es esta: ser voz de Cristo, se brazo de Jesús por el que cure la fiebre y levante de la cama, para que el enfermo curado se ponga a servirlo.
Jesús se retiró temprano en la mañana para orar. Esto nos muestra el núcleo de la persona de Jesús y de su actuar: su unión única con el Padre, en el silencio. Él también nos hace partícipe de este núcleo: todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. Jesús nos hace hijos en él.
Por eso, también, la mayor participación de la misa es el silencio: dejar que Jesús nos tome el corazón y nos introduzca en su unión con el Padre.