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STABAN ADMIRADOS POR LA PALABRA DE JESÚS, PORQUE HABLABA CON AUTORIDAD
   
 El Santo Evangelio nos muestra a Jesús predicando. Su palabra anuncia que Dios se ha acercado a los hombres, para reinar: el Reinado de Dios se ha acercado, es decir, Dios, Rey entra más plenamente en la historia de los hombres.
 Cuando Dios reina, ejerce su influjo, actúa, obra. Reina Dios en la creación, haciéndola existir, según la sabiduría de su Hijo, su Verbo o Palabra, con el dinamismo del Espíritu que a todo da unidad. Así los seres existen, cada uno con su verdad, con su especificidad de ser y actuar, y,al mismo tiempo, forman un conjunto orgánico, el Universo, el Cosmos.
 Pero, Dios reina especialmente en los hombres, por la verdad que pueden alcanzar con su razón, por el deber que pueden percibir en su conciencia, con la bien que pueden elegir, seguir y poseer por su libertad. Más aún Dios reina revelándose a los hombres y llamándolos a la vida de comunión en su verdad y su amor.
 Jesús hablaba con autoridad. No con la autoridad del que grita, porque no tiene la ‘autoridad’ de la convicción y la luz, y quiere imponerse por la violencia, sea del grito, sea de la fuerza exterior. La autoridad de Jesús es la misma verdad, que hace presente el reinado del Padre, su llamado, su invitación, su perdón y su gracia.
Los auditores de Jesús, entonces y ahora, recononcen la autoridad de quien es el camino, la verdad y la vida. Reconocer su autoridad es creer que en Jesús el reinar de Dios viene a nosotros. Creer en él es querer aceptar que reine y valorar que su reinar es el sentido de la existencia. La obediencia de la fe a la Palabra de Jesús es el reinado de Dios en nosotros, es dejarnos iluminar, es la fuente de la victoria sobre el pecado, el sinsentido, la muerte.
La Iglesia, en su predicación y testimonio, hace presente el hablar de autoridad de Jesús, el Señor. Es verdad que su testimonio con frecuencia está oscurecido por la incoherencia relativa entre la Palabra proclamada y los actos de los cristianos. Es verdad que no siempre se sabe hacer presente toda la potencia de la Palabra de Dios. Pero también es verdad que el testimonio de los santos, tanto de los grandes testigos, como de muchos cristianos en su vida cotidiana muestra el poder del reinado de Dios por su palabra: cada vez que aman y sirven, cada vez que reconocen el pecado y se arrepienten, buscando la palabra del perdón en los sacramentos, cada vez que perdonan, y, sobre todo, cada vez que se muere a la voluntad propia para dejar que reina la voluntad del Padre.
La Palabra de autoridad de Jesús brilla en la palabra de la Iglesia. La predicación de la Iglesia molesta cuando no dice lo que los hombres de cada época quieren oír y reclama el reinado de Dios en la vida de los hombres: la subordinación del hombre al reinado de Dios, el respeto de las leyes de Dios en la existencia, el valor de la vida humana por encima de los deseos de los hombres, el sentido de la sexualidad, el placer, la procreación, el cuerpo y su donación, el matrimonio. Muchos se alegran porque haya en el mundo una palabra de luz y de verdad, más allá de lo que esté de moda. Muchos se fastidian y se enojan, y salen reclamar que la Iglesia se calle, porque los Estados nos son confesionales, y porque hay libertad a hacer lo que cada uno quiere. ¿Por qué entonces enojarse de que la Iglesia, por sus pastores y por sus diferentes miembros, tenga la libertad de proclamar la ley de Dios? ¿Por qué fastidiarse porque dé argumentos razonables para defender el derecho del niño que aún no ha nacido – y que por cierto no es una parte del cuerpo de la madre, aunque esté en él – o la santidad del matrimonio y el deber de fidelidad e indisolubilidad del pacto matrimonial.
En fin, hoy mismo, Jesús habla con autoridad en su Iglesia, sujeta a él y no a la voluntad de los hombres. Así abre a la libertad de creer, de reconocer la verdad, la libertad de fundar la vida humana en el acto de aceptar el reinado real de Dios.
Este acontecimiento, sucede en la proclamación de la Palabra en la predicación de la Iglesia, en la realización del poder de la Palabra en el acto sacramental, principalmente en el Sacrificio de la Misa. Este acontecimiento abre el corazón de cada hombre al reinado de Dios y a la aceptación de él por la obediencia de la fe.