Carta Pastoral de Mons. Alberto Sanguinetti Montero, Obispo de Canelones, del 25 de noviembre de 2012,Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo,en la apertura del Año de la Fe.

A todos los hermanos de Canelones, que creen en Cristo Jesús, gracia y paz.

En nuestro peregrinar hacia la Jerusalén del Cielo, la Iglesia continuamente nos convoca para que nos renovemos en la vida de fe que ha comenzado en nuestro bautismo y, esperamos, concluye en la vida eterna.

Así, nuestro Papa Benedicto ha declarado este Año de la Fe, que él inauguró el pasado 11 de octubre, que nosotros abrimos solemnemente en este día y que discurrirá hasta el 24 de noviembre de 2013. Así conmemoramos los 50 años del comienzo del Concilio Vaticano II y los 20 de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.
Por eso, les escribo hoy, para reflexionar juntos acerca de la fe católica, para hilvanar este Año con el camino que estamos recorriendo y para señalar algunas concreciones en nuestro caminar diocesano.

1. La gracia y el misterio de la fe en Cristo.
Dos pasajes nos proclaman la grandeza de la fe cristiana. El Apóstol nos enseña: “si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rom.10,9). Y la Iglesia proclama: La fe es el principio de la salvación humana, fundamento y raíz de toda santificación, sin la cual es imposible agradar a Dios y llegar a la comunión de sus hijos (Conc. de Trento, De Just.c.8).
a) La fe humana. El creer, es decir, el conocer fiándonos en el testimonio de otros, es un actuar propio del ser humano. Construimos nuestra vida creyendo en el amor de los demás, fiándonos de su palabra y de su buena voluntad. Edificamos la ciencia, creyéndoles a los científicos, estudiosos. La vida personal, familiar, social, económica, política, científica está cimentada en muchos actos de fe en los demás. Y es bueno que sea así.
b) la fe religiosa natural. La mayoría de los seres humanos posee alguna forma de fe religiosa, es decir, de confianza en un sentido global de la existencia, que tiene su fundamento razonable, ético, más allá del conjunto de los seres relativos que forman el universo sensible. La totalidad del existir, su razonabilidad, su origen, el fundamento de los deberes morales, apelan al ser superior, inteligente, bueno, que llamamos Dios. Dios se hace parcialmente cognoscible en la creación y en el hombre y es alcanzable por la razón y la conciencia. Este acto de fe religiosa natural hermana a las religiones. También muchas veces está mezclado con errores, sea por ignorancia, sea por el pecado. La fe religiosa es un valor humano y la libertad religiosa es fundamento de todos los derechos.
c) la fe cristiana. La fe cristiana supone todo lo anterior. Pero la novedad de la fe cristiana – fundada sobre la novedad de la fe de Israel – proviene de que es respuesta y aceptación de Dios mismo que se revela en la historia, y se manifiesta con hechos y palabras. Le creemos a Dios mismo.
Al revelar al Padre, Jesús se revela a sí mismo como Hijo, que también es Dios, en la unidad del Espíritu Santo. Nos trae el perdón de los pecados, la adopción de hijos, la vida eterna en el seno de la Trinidad, la divinización del hombre. Aceptando la revelación por la fe, creemos quien es Dios, conocemos a Dios mismo y su designio libre y amoroso, escuchamos su llamado.
Por la fe aceptamos el plan, la invitación de Dios a vivir en comunión de amor y entrega a Él, y así iniciamos la participación en la vida de Dios que culmina en la vida eterna. La fe es comienzo de la visión de la gloria de Dios.
Podemos creerle a Jesucristo como Dios que se revela, gracias al don de la fe, que es obra del Espíritu Santo, que ilumina la mente y mueve la libertad.
Por la Palabra de Cristo y la acción de la gracia del Espíritu Santo, en el acto de fe aceptamos la revelación de Dios, con un acto libre de obediencia a Dios que se revela.

2. El llamado del Año de la Fe.
El Año de la Fe es un llamado a profundizar en las dimensiones de la fe, para vivirlas más intensamente.
a) la fe como encuentro personal con Cristo y, por el con su Padre, en el Espíritu. La fe cristiana es creerle a alguien, a Jesucristo, Por la fe nos encontramos con Jesucristo, entramos en diálogo con el Padre, nos dejamos llevar por la gracia del Espíritu Santo. La fe es un encuentro con la Trinidad (cf. DA, 243). Este encuentro tiene su vida propia en la oración y debe hacerse un diálogo de vida, de buscar la voluntad de Dios y seguirla, apoyándonos en su gracia.
El lugar de Dios, el encuentro con Cristo son el centro de nuestra vida personal y diocesana.
b) valoración de la fe cristiana (PF 8). Mis hermanos, debemos apreciar la perla preciosa, el tesoro inconmensurable del don de la fe, el hecho de conocer a Dios y el llamado que nos hace a vivir su propia vida. En la carta pastoral del 20 de mayo, en la clausura del año jubilar (se puede leer en la página de la Diócesis) los invitaba a dar gracias a Dios, a alabarlo, porque se ha revelado a los pequeños, porque se nos ha comunicado.
c) la conversión de la fe. La vida cristiana es una conversión radical y a su vez continua: una y otra vez fundarnos en Dios, su actuar, su luz, su querer (ver carta pastoral de cuaresma del 27 de febrero de 2011, apartado ‘Volvámonos a Cristo por la fe’).
Esta conversión principia por renovar intensamente la confianza en Dios, una confianza que nos lleve a apoyarnos en él y a creer que es verdad, es bueno, es maravilloso, lo que el Señor nos propone y seguirlo. La fe es discipulado, ser discípulos, siguiendo a Jesús. Por lo mismo, hemos de apartarnos de los pensamientos mundanos para vivir según la fe. La confianza se vuelve obediencia y seguimiento.
La conversión es ayudada por la mediación de la Iglesia a través de las Indulgencias. Por eso, los invito a los caminos que permiten enriquecerse con esa gracia, según lo señala mi decreto sobre las Indulgencias de este Año.
d) El conocimiento de la fe de Cristo. Cristo, Verbo y Palabra del Padre, es la verdad y nos revela la verdad de Dios, de su plan y de nosotros mismos. Esta revelación y luz, se expresa en palabras, frases, juicios. Por eso, la fe católica pide ser conocida, estudiada, reflexionada.
El Año de la Fe es una invitación a conocer las verdades de la fe, a adherirnos a ellas, y a dejarnos iluminar por ellas.
En la Diócesis somos conscientes de que debemos formarnos más y mejor en el conocimiento de la fe católica.
e) creer en el seno de la fe de la Iglesia (PF 10-11).
La Iglesia es objeto de la fe en Cristo. Por eso está en el Credo: creo en la Iglesia, una, santa, católica, apostólica. La fe en la Trinidad y su obrar salvador incluye a la Santa Iglesia.
Además, la Iglesia es constitutiva del acto de fe cristiano católico. Es la Iglesia la que cree en Cristo llevada por el Espíritu. Es en la Iglesia que creemos en Jesús y en su Padre. “No mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”, decimos antes de comulgar. La Iglesia es indefectible en su fe y en la trasmisión de la fe.
Este año nos debe ayudar a reconocer y apreciar a la Iglesia como el hogar de la fe. Sólo llegamos a Jesucristo en y por el testimonio de la Iglesia. Ella nos entrega las Escrituras y la comprensión de éstas, de acuerdo con los santos, con el pueblo creyente de todos los tiempos, y en concordancia con la enseñanza pública, el magisterio del Papa y los obispos, que nos garantizan estar en la fe católica y apostólica.
Para profundizar en el conocimiento de las verdades de la fe, son guías en este Año de la Fe, el Credo, los documentos del Concilio Vaticano II y, particularmente, el Catecismo de la Iglesia Católica.
e) confesamos la fe de la Iglesia (PF 9).
La fe ha de ser confesada, proclamada. La confesamos asintiendo públicamente a ella. La confesión de la fe es un acto de culto a Dios y ante Dios.
La confesión de la fe es también la proclamación ante el mundo, el anuncio de palabra y de testimonio.
Con la Iglesia de los apóstoles, de los Santos Padres, de los mártires y santos, confesamos públicamente la fe católica y apostólica. Como expresión de esto se nos invita a rezar en la Misa el Credo Niceno-Constantinopolitano.

3. El Año de la Fe en nuestro caminar diocesano.
El Año de la Fe nos refuerza en el camino diocesano que estamos recorriendo. No es empezar unas acciones nuevas, sino profundizar en lo que venimos viviendo, atendiendo al fundamento de la fe.
a) la conversión fundada en la fe. Hemos encarado nuestra marcha diocesana como un camino de conversión (Carta Pastoral del 20.5.12, n.5-10). La conversión tiene, en primer lugar, una dimensión personal, de humildad, de reconocimiento de los pecados y de volverse al Salvador.
A su vez, como Iglesia local estamos llamados a una conversión pastoral y de renovación eclesial, según el Documento de Aparecida (DA 366,367).
El principio de toda conversión, sea personal, sea comunitaria, es la fe. “La fe es un don destinado a crecer en el corazón de los creyentes. La adhesión a Jesucristo, en efecto, da origen a un proceso de conversión permanente que dura toda la vida (DCG, 56).
b) la escucha de la Palabra de Dios, fundamento de la fe, en el seno de la fe de la Iglesia.
Nuestro caminar diocesano quiere estar siempre animado, guiado por la Palabra de Dios. El Año de la Fe, nos impulsa a escuchar y meditar la Palabra.
También nos educa y nos convierte a la lectura eclesial de la Palabra de Dios, como lo dijimos anteriormente. Las Sagradas Escrituras son de la Iglesia y ella nos las entrega, haciéndonos partícipes de la luz de la fe católica que el mismo Espíritu obra en la Iglesia.
De aquí que el Año de la Fe nos mueve a comprender la relación entre las Sagradas Escrituras, la Tradición viva de la Iglesia y el Magisterio que cuida la interpretación auténtica y la fidelidad a la regla de la fe (cf. DV 12).
c) El conocimiento de los contenidos de la fe católica.
El Año de la Fe, que nos invita a conocer y profundizar los contenidos de la fe, es parte integral y fundamento de la conversión pastoral. La fe católica tiene que ser conocida en su plenitud, con coherencia y fundamentos. Por todo esto es oportunísimo el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica.
c) la iniciación cristiana y la catequesis fundada en la fe, con conocimiento de las verdades de la fe.
En nuestro programa de renovación de la catequesis – piedra básica de la pastoral – tiene mucha importancia el comunicar las verdades de la fe, sobre la cual se afirma la conversión y la vida cristiana. El reciente Sínodo de los Obispos une la nueva evangelización con la trasmisión de la fe.
Con este fin hemos integrado a la catequesis el compendio o catecismo diocesano.
Éste, por cierto, es un instrumento dentro del proceso de Iniciación cristiana, que tiene como modelo el Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos.
Su presupuesto es el primer anuncio o kerigma. Incluye la profundización en el conocimiento del Señor, con los contenidos de la fe, la oración personal y comunitaria, especialmente la oración litúrgica y el año litúrgico y la vida de discípulos misioneros en la Iglesia.
d) la renovación de la liturgia fundada en la fe.
Todos saben que como obispo, siguiendo las directivas del Concilio (SC) y las indicaciones teóricas y prácticas del Papa Benedicto, he procurado mostrar una renovación litúrgica y llamar a encausarse en ella.
Sé que a muchos les cuesta comprender y obedecer ese camino. Creo mi deber de conciencia seguir procurando esta conversión interior y pastoral de nuestra Iglesia canaria, para que mejor responda al misterio de la fe.
En el Año de la Fe hemos de profundizar que la liturgia es el ejercicio salvador del sacerdocio de Jesucristo, que asocia consigo a la Iglesia (SC.7). El carácter sagrado propio de la Divina Liturgia procede de ser actos de Jesucristo, en los que obra el Espíritu Santo y nos introduce en la vida del Padre. Entonces no se trata de qué quiero, qué me gusta, sino de recibir la Liturgia, de ser siervo obediente de Cristo, obedecer a la Iglesia, y recibir como gracia el ser incorporado a unas acciones que no me pertenecen, sino como un don.
También hemos de ahondar en el hecho de que la Liturgia es la expresión de la fe de la Iglesia. Es Ella la que se expresa y manifiesta, no mis sentimientos y mi piedad. Somos nosotros – fieles y sacerdotes – los que en sumisión y acatamiento hemos de ser moldeados por la Liturgia y no hacer de ésta la expresión de nosotros mismos. De aquí la importancia de asimilar la palabra y el rito eclesial. Así somos educados en la participación activa, cuando el corazón y la mente siguen la palabra y el gesto de la Iglesia.
Más aún, la Liturgia es el más patente ejercicio del magisterio ordinario de la Iglesia. Es ésta la que habla y profesa su fe en las palabras suyas. Por eso, los textos de la Liturgia pertenecen a la Iglesia y no a nuestra inventiva, especialmente el Gloria, Credo, Santo, Padre nuestro y toda la Plegaria Eucarística. Así toda la Liturgia es una confesión pública y cultual de la fe de la Iglesia.
Es ésta la conversión de fe que lleva a una auténtica renovación litúrgica, a la participación activa, en fidelidad al Concilio Vaticano II y a toda la Tradición de la Iglesia.
Celebramos la Eucaristía como misterio de la fe, centro de toda la vida de la Iglesia y de cada cristiano.
e) el desarrollo de la comunión en la Iglesia.
La Iglesia, Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo, templo del Espíritu, ha de ser vivida como familia, como comunión. Esta comunión se funda en la fe común, en la esperanza y en la caridad.
En el Año Jubilar hemos vivido intensamente el don de la unidad de la Iglesia, en la que somos congregados. Nos queda una conversión mayor a la vida de comunión fundada en la fe y guiada por la fe.
f) sirviendo a Dios, en el servicio del prójimo (PF 14).
Estamos consagrados al servicio de Dios, en el culto y alabanza a Dios y en ser sus siervos, sus instrumentos, en la Historia de la Salvación.
La Constitución Pastoral Gaudium et Spes describe las diferentes dimensiones de este servicio de la Iglesia a la humanidad en la historia. Ello nos pide discernir los signos de los tiempos y los diferentes llamados de este servicio. El año de la fe nos recuerda que la misma mirada a los signos de los tiempos procede de la mirada de fe, de la conciencia de la acción salvadora de Dios, de la luz del misterio de Cristo. La Iglesia, estando en el mundo, no es del mundo y siempre tiene que convertirse para no mundanizarse, para mantener que el principio de su ser y actuar es la fe en Dios revelado en Cristo. Desde la fe sirve a la humanidad.
Esta mirada incluye la opción preferencial por los pobres en distintos aspectos: pobres económica y culturalmente, pobres moralmente, pobres por la ignorancia del Evangelio. Le fe obra por la caridad.
g) una Iglesia en permanente estado de misión, para la nueva evangelización: confesar la fe.
El Concilio puso como programa a la Iglesia presente en el mundo moderno, para evangelizar a todos. Aparecida impulsa a una pastoral misionera e invita a misión permanente.
Se nos habla de renovar la pastoral ordinaria, abierta a los demás, tener en cuenta la misión ad gentes (los pueblos que no conocen a Cristo).
Para nosotros, de acuerdo con el Sínodo y mirando nuestra realidad, es tiempo de nueva evangelización. Somos enviados a los bautizados que conocen poco el Evangelio y no aprecian la acción de Cristo en su Santa Iglesia. Tenemos que ir a los alejados y los que no han oído el anuncio de Jesucristo. Hemos de formarnos para anunciar y también para explicar, para tender puentes entre la fe y la razón, entre la cultura y la fe.
Esta dimensión misionera, evangelizadora, ha estado en el corazón de la renovación del año jubilar, que nos impulsaba: la Iglesia Católica luz viva en Canelones.
También el Año de la Fe debe ser evangelizador en distintas formas: en el testimonio de la vida, en la palabra cotidiana, en las acciones misioneras, de modo que seamos mejores discípulos misioneros.

4. Mirando al Siervo de Dios, Jacinto Vera.
El 3 de julio próximo celebraremos los 200 años del nacimiento del Siervo de Dios, Mons. Jacinto Vera.
A él lo tomamos como compañero y ejemplo en este año de la fe. Él testigo de la fe en su piedad, en sus palabras, en sus actos. Él modelo de caridad para con los pobres. Él dechado de misionero en nuestras tierras. D. Jacinto luchó para poner en nuestro pueblo la semilla de la fe y procurar que la fe impregnara toda la existencia. Sea él nuestro modelo y guía en esta misión de nueva evangelización.
Los bendigo de corazón.
+ Alberto, amicus Sponsi
Obispo de Canelones