Carta Pastoral de Adviento de Mons. Alberto Sanguinetti Montero, Obispo de Canelones, del 28 de noviembre de 2010.

Jesucristo nuestra esperanza.

Cristo glorificado rodeado de los apóstoles

vive y reina en su Iglesia:

nuestra esperanza es su venida como Juez y Salvador eterno

A todos los hermanos, fieles de Cristo de la Iglesia de Canelones: gracia y paz del Espíritu Santo, de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor.

  1. La alegría del encuentro con la Iglesia de Canelones.

Desde que fui llamado al ministerio de Obispo de Canelones, en la medida de mis posibilidades, he procurado ir al encuentro de todos y cada uno, en primer lugar para reunirme con ustedes como Iglesia, congregada por la Palabra de Dios, que ora y alaba a la Santísima Trinidad. Al mismo tiempo nos vamos conociendo mutuamente, siempre desde la comunión de vida que proviene dl llamado del Padre, de la obediencia de la fe, del discipulado de Jesús y del envío misionero con la fuerza del Espíritu Santo.

Ahora, por estas líneas, quiero compartir con ustedes la creciente alegría que brotó en mí al recorrer campos y ciudades e ir descubriendo las comunidades, constatando los frutos de fe, amor y vida, que fructifican en nuestra Iglesia local. También me he reunido con grupos diversos, con los sacerdotes y las religiosas, catequistas y jóvenes, familias y movimientos. ¡Por cierto, aún me falta mucho por recorrer en esta querida, fecunda e inagotable Iglesia canaria!

En cada ocasión fue de gran consuelo mi encuentro de Pastor con los fieles. Agradezco las múltiples muestras de afecto y comunión en el Señor recibidas en estos cortos meses. Y percibo también que mi presencia ha sido motivo de alegría para muchos.

Por todo, esto, “tenemos que dar en todo tiempo gracias a Dios por ustedes, hermanos, como es justo, porque su fe está progresando mucho y se acrecienta la mutua caridad de todos y cada uno de ustedes” (2 Tes.1,3).

  1. Un llamado a renovarnos en la esperanza.

En esta mi primera carta pastoral me dirijo a todos ustedes, hermanos muy queridos, para escuchar juntos el llamado de Dios, nuestro Padre, para nuestra Iglesia de Canelones. En este tiempo de Adviento, la Iglesia toda se renueva en la esperanza de Cristo, su Señor. Por eso, con las palabras del Apóstol, rezo por todos ustedes, para que “el Dios de la esperanza los colme de todo gozo y paz en su fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo” (Rom.15,13).

Para ayudar a esta renovación de la esperanza, les propongo las siguientes reflexiones.

  1. La importancia de la esperanza.

Los seres humanos y las comunidades son según su esperanza. Somos seres prospectivos, hacia adelante. La esperanza es el dinamismo de nuestra existencia. Obramos y somos de acuerdo con lo que esperamos y según lo esperamos.

Ahora bien, ¿da lo mismo esperar una cosa que otra? No. El valor de la esperanza lo da el bien verdadero que esperamos. Y, también, la esperanza es valedera si de alguna forma es alcanzable: de lo contrario es un escape, una ilusión.

Por eso, es importante, preguntarnos: ¿qué espero?, es decir, ¿qué deseo, con fuerza, y hacia qué tiendo?; ¿cuánto espero?, ¿de quién lo espero?, ¿con qué paciencia y esfuerzo espero?, ¿es correcto y digno lo que espero? ¿es verdadero?, ¿es posible?

  1. La esperanza según las Sagradas Escrituras: Jesucristo esperanza de la gloria

El Evangelio, que nos trasmitieron los Apóstoles nos proclama a Jesucristo, esperanza de la gloria, que Dios quiso darnos a conocer en su Iglesia (cf. Col. 1,27).

Por eso, antes que nada aguardamos, como un hecho, la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo (cf. Tit.2,13). Este retorno de Jesucristo, en gloria y majestad, traerá consigo la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro, la instalación definitiva del Reino de Dios. Entonces no habrá pecado, ni muerte, ni llanto, ni dolor, sino que veremos cara a cara al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y la unión entre nosotros será plena en la caridad.

Alguno puede pensar que esa esperanza es demasiado lejana, queda fuera de este mundo y no influye en la vida humana. Ese juicio es del Maligno que quiere separarnos de la obra de Dios y de la verdad. No, la esperanza del Reino glorioso de Cristo es la única, definitiva y verdadera esperanza para todos los hombres y todas las generaciones. Esa esperanza de la justicia, la vida, la verdad, la santidad definitiva es la que da realidad a las esperanzas parciales de nuestro peregrinar en este mundo: de lo contrario, todo sería vano y terminaría en la nada.

Esta esperanza plena y total, supera todo lo que podemos imaginar, pero es cierta y firmísima, porque se apoya en la promesa de Dios, que no falla, y en el poder de Dios, que ha creado el mundo de la nada. La realidad prometida ya está iniciada en la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, que subió a los cielos. En él el mundo definitivo ya ha comenzado.

  1. Esperanza del mundo futuro y esperanza actual.

La esperanza de lo que Dios hará en la venida gloriosa de Cristo, la esperanza de la felicidad eterna, nos abre a la esperanza del presente, a esperar al Reinado de Cristo, ya, ahora, en nuestra vida.

La Iglesia nos anuncia que Jesucristo que vendrá en gloria, ahora mismo vive y reina, vive y actúa en medio de nosotros.

Hoy mismo Cristo es nuestra esperanza. Hoy mismo es nuestro salvador. Hoy queremos abrirnos a la esperanza de Cristo, buscando ya la vida nueva que Él nos entrega y confiando que entre, viva y reine en nuestra Iglesia y en cada uno de nosotros.

Esta esperanza en Cristo, se traduce en confianza en su Palabra, es decir, en fiarnos de su palabra, escuchándola y apoyándonos en ella, para que guíe nuestra mente, nuestros valores, nuestras opciones, nuestros actos.

La esperanza en Cristo nos abre a la esperanza de una vida justa y santa, según su Palabra. Un mundo sin esperanza nos quiere convencer que no hay lugar a una vida santa, o porque no importa la santidad, o porque es una utopía imposible. Sin embargo, Jesús nos dice que la santidad es la verdadera vocación del ser humano, la verdadera vida digna. Es verdad que la santidad es imposible por sus solas fuerzas para el hombre debilitado por el pecado. Pero podemos esperarla y buscarla con la ayuda de Dios y su Iglesia.

La esperanza en Cristo nos dice que es posible la conversión, el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios y con los demás, que podemos recomenzar, que podemos crecer en santidad. Una multitud de cristianos santos del pasado y del presente nos testifican que es una realidad. De aquí también que nuestra esperanza para el hombre, fundamenta la dignidad de la libertad humana, en la conciencia moral, abierta a la verdad y a Dios.

Esta esperanza en Cristo, se traduce en buscar su presencia salvadora, actual, en la oración y los sacramentos de la Iglesia. Cristo que vendrá glorioso a resucitar y juzgar a vivos y muertos, obra y actúa, resucitándonos del pecado y dándonos su Espíritu Santo en los sacramentos de la Iglesia, en el Bautismo y la Confirmación, en la Confesión y en la Unción de los Enfermos.

La esperanza del mundo futuro nos hace comprender que la Santa Misa ya el comienzo del mundo futuro. Cristo, que se entregó a la muerte, que resucitó, que está junto al Padre, que vendrá en gloria, es el que obra y celebra el culto cristiano: Él, en su Iglesia, nos une a la luz de su verdad, a la santidad de su ofrenda, a la vida unida a Dios que vence el pecado y la muerte, al comienzo de la vida eterna. En la Misa, con Cristo estamos en el cielo ante el Padre, con los ángeles y los santos, junto con Santa María.

Nuestra esperanza en Cristo, Señor y Juez de la Historia, nos permite leer los signos de los tiempos, aún en lo relativo de la historia humana. Si bien, el juicio definitivo es sólo de Jesucristo, sí podemos con cierta modestia comprender y valorar los acontecimientos y tomar responsabilidades.

. La esperanza de la vida eterna, fundada en el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, nos hace ver la grandeza de cada ser humano, el sentido de su existencia y su vocación, porque “bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre” (GS,10).

. Esta esperanza plena, defiende la vida de cada ser humano desde su concepción hasta su muerte natural.

. También hemos de renovar la esperanza en la verdad de la familia, fundada en el matrimonio estable e indisoluble.

  1. Esperanza y purificación.

La esperanza verdadera está unida a la verdadera humildad, a la humildad de los santos.

¿Por qué? Porque no esperamos lo que queremos, sino lo que es bueno y verdadero, en último término lo que Dios promete. Porque reconocemos que no podemos alcanzar lo esperado con nuestras propias fuerzas, sino por gracia de Dios. Porque la esperanza se va cumpliendo, no cuando nosotros queremos sino cuando Dios quiere.

Jesús dice: “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt.5,8). Esta esperanza en Cristo, en su Venida gloriosa y su acción presente, nos purifica de nuestras falsas ilusiones, de nuestra voluntad de poder, de nuestra soberbia, y nos lleva por el camino de la humildad y de la verdad.: “Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro” (1 Jn.3,3).

En una palabra, la esperanza cristiana, nos hace esperar a Dios, de Dios, cuando y como Dios quiera. Hay que buscarla, hay que cuidarla, pero sobre todo, hay que pedirla. La esperanza está unida a la oración.

Por eso, “no ceso de dar gracias por ustedes recordándolos en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo perfectamente; iluminando los ojos de vuestro corazón para que conozcan cuál es la esperanza a que han sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria otorgada por él en herencia a los consagrados, y cuál la soberana grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, conforme a la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos”(cf. Ef.1,17-20).

  1. La esperanza vivida en el Adviento y la Navidad.

El Adviento es una invitación a renovarnos en la esperanza de que Cristo vendrá glorioso, en la resurrección de los muertos y la vida eterna, la vida del mundo futuro. Escuchando con la Iglesia la Palabra de Dios y suplicando con Ella, nos levantamos a la verdadera esperanza que nos purifica.

Al mismo tiempo, a Cristo glorioso, a quien esperamos, lo recibimos en su primera venida humilde, pobre, sufriente, salvadora. Por eso miramos y contemplamos a Cristo, Hijo Eterno de Dios, hecho hombre por obra del Espíritu Santo, engendrado de María Virgen. La Navidad nos abre a la esperanza de que Cristo habite en nuestros corazones por la fe, hasta que lo poseamos y nos posea en la gloria.

Esta vida nuestra se ha vuelto el tiempo en que recibimos a Cristo por la fe y los sacramentos, y nos vamos configurando con Él, en una vida en la cual dejemos que Él viva en nosotros y nosotros en Él.

  1. La esperanza vivida hoy en nuestra Iglesia diocesana.

La Iglesia toda y en ella nuestra Iglesia de Canelones, peregrina hacia la Iglesia celestial, Jerusalén de arriba, entre luchas y consuelos, con su esperanza firme en Cristo, su Cabeza, Señor y Esposo.

Ahora quiero señalar algunos puntos más concretos y ocasiones para renovarnos en la vida nueva de la esperanza en Cristo.

a) En el Bicentenario del Proceso de emancipación.

La Iglesia local, el pueblo católico, acompaña el pueblo cívico del que forma parte.

Como un acontecimiento singular el año próximo participaremos de la celebración del Bicentenario del Proceso de Emancipación Oriental, que recuerda entre sus hechos señeros la batalla de Las Piedras.

Nuestros mayores, sacerdotes y laicos, tomaron parte en aquella gesta.

“Hoy como ayer, la Iglesia con todos sus miembros, participa activamente en la construcción de la Patria”. “Asumimos juntos la memoria de nuestro pasado, a fin de hacer crecer la unión y el afecto social de nuestro pueblo en el presente, y responsabilizarnos de nuestra marcha hacia el futuro”

“Como creyentes reconocemos la Providencia de Dios, Señor de la Historia, en los avatares de los acontecimientos vividos. Son éstos ocasión de dar gracias a Dios e invocar su ayuda, de reconocer errores, pedir perdón y buscar nuevos caminos” (Mensaje de la CEU, 14.11.10).

b) El año Jubilar por los 50 años de creación de la Diócesis.

La Iglesia está presente en Canelones desde hace siglos. Como una Iglesia local constituida (diócesis), fue creada el 25 de noviembre de 1961, por lo que el año próximo celebraremos los 50 años.

Con este motivo tendremos una Año Jubilar que abriremos solemnemente el Domingo 27 de febrero a las 17 hs. en la Santa Iglesia Catedral. Ya los convoco para esa ocasión y espero pongamos toda nuestra voluntad para participar de esa celebración.

Un Año Jubilar, es particularmente un año de gracia del Señor. Es un tiempo para reconocer los dones recibidos y elevar súplicas y acciones de gracias a Dios. Tiempo de conversión, para reconocer los pecados y buscar el perdón. Tiempo de reconciliación. Tiempo para gozar la vida de santidad y gracia de Dios y celebrar las maravillas del Señor en su Iglesia. Tiempo de misión para anunciar a los que nos rodean, que Cristo vive en su Iglesia.

Renovémonos, pues, en la esperanza de que en el Año Jubilar Diocesano nuestra Iglesia sea visitada por la gracia de Jesús, el Señor de la gloria.

c) La renovación de la catequesis.

Siguiendo los esfuerzos de tantas generaciones de catequistas, habiendo escuchado el pedido de buscar líneas comunes para la catequesis en la Diócesis, abrigamos la esperanza de que juntos nos encaminemos a implementar y mejorar una catequesis renovada.