Mons. Alberto Sanguinetti, obispo de Canelones

 
Jesús resucitado es nuestra esperanza
 
A todos los hermanos de Canelones:
¡Muy santas y felices Pascuas de Resurrección!
Hoy les quiero desear a todos que Jesús resucitado los renueve en la verdadera esperanza.
Nosotros los seres humanos, nuestras relaciones humanas, las familias, las sociedades y los pueblos nos fundamos en la esperanza, es decir, en la tendencia hacia el bien y en la espera de poder alcanzarlo.

Nosotros somos lo que esperamos y según esperamos. Dime qué esperas, qué anhelas y te diré quién eres. Dime cómo esperas alcanzarlo y te diré cuál dónde está tu verdad y tu fuerza.

 
Hoy junto con el testimonio de los apóstoles y de todos los cristianos les proclamo con humildad y con certeza: La resurrección de Cristo, el crucificado, y toda su enseñanza, nos ofrece la esperanza plena y verdadera, nos invita a esperar con todo el corazón. 
Por un lado, Él nos purifica de las falsas esperanzas, porque a veces buscamos como medio de felicidad lo que no es bueno, lo falso, lo malo. Otras veces tomamos como absoluto un bien relativo, subordinado y, por eso, no aspiramos a la esperanza superior.
La misma vida es un bien, un bien fundamental, pero la esperanza que da sentido a la vida es superior a la vida misma: Cristo murió para cumplir la voluntad de Padre y salvarnos.
Jesús santo y entregado hasta la muerte y resucitado nos llama a la esperanza de ser semejantes a él, a ser sus discípulos, a levantar nuestra mirada a la santidad. Esta esperanza se vuelve vida, actos, seguimiento de Jesús.
 
También Jesús nos libra de la desesperación que proviene de que no somos capaces de ser mejores, de dejar el pecado, de convertirnos a la verdad y el amor. También el peso de los males colectivos, sociales nos pueden llevar a la desesperanza: ¡con las cosas que pasan no vale la pena esforzarse por la virtud!
Sin embargo, lo que no es posible para nuestra debilidad humana, es posible con la ayuda  de Dios. Estamos invitados a poner nuestra confianza en Dios que resucitó a Jesús y puedo transformar nuestra vida ahora y darnos la inmortalidad después. 
 
 Por momentos, la mentalidad imperante quiere imponer la duda acerca del bien y del mal. Se nos dice que todos son valores relativos y cambiantes. Esta inseguridad ante el bien moral, este relativismo que se quiere imponer es fuente de una gran desesperación: lleva a pensar que da todo lo mismo. Es también una forma de manipulación: si todo es igual, se puede imponer lo que se quiere. 
Sin embargo, Jesús fiel hasta el final nos proclama que hay un bien absoluto y la vida merece ser vivida en fidelidad. Hay esperanza de alcanzar la verdad y de volvernos al bien. Hay que defender la verdad y el bien.
Ante nuestra soledad personal, ante las injusticias recibidas, ante las frustraciones profundas, Jesús muerto y resucitado nos entrega el amor incondicional de Dios por cada uno de nosotros. 
Ante la realidad de la muerte, Jesús resucitado nos proclama la vocación última del hombre: la resurrección y la vida eterna en la comunión con el Padre.
 Ante la vida humana despreciada por la violencia, destruida como un objeto aún en el seno materno, destrozada por las guerras, Jesús que muere y resucita proclama el valor absoluto de cada vida y ser humano, a quien Dios amó hasta el fin.
Ante los intentos de manipulación del cuerpo humano, ante una corporeidad mostrada sólo como objeto, o mera fuente de placer, Jesús torturado proclama la dignidad del cuerpo humano.
Ante el peso de nuestras culpas y pecados, aún cuando los ocultemos, Jesús nos ofrece el perdón, la conversión y la vuelta a la semejanza con Dios.
Ante la pobre esperanza de una vida cerrada en el placer y destinada al aniquilamiento, Jesús resucitado es testigo de la resurrección y la vida del mundo futuro, fuente de toda esperanza.
En muchos ámbitos ante diferentes problemáticas, se habla de la necesidad de educación. Pero, por ejemplo, frente a las consecuencias de los embarazos de adolescentes, sólo se piensa en prevenir la concepción o en destruir la vida. Sin embargo, no se anuncia la esperanza de la castidad, de un dominio de sí mismo, de una orientación de la sexualidad hacia la donación personal, hacia la fidelidad, la alianza estable. 
Jesús nos enseña que hay esperanza en la juventud que puede ser más persona, asumir más plenamente sus capacidades de amor y de entrega, incluyendo la libertad para dominarse y entregarse oportunamente.
Ante la imposición  de las ideologías por los poderes mundanos, Jesús nos libera por la gracia de la fe en Dios que nos ama  y nos salva. Dios es Padre y nos quiere engendrar como hijos suyos en Jesús.
Cuando se nos invita a buscar el bien de todos, a preocuparnos por los otros, a entregar nuestra vida por amor al prójimo, Cristo muerto y resucitado, nos da la esperanza cierta de que es ése el sentido de la libertad: amar y darnos.
Cuando escuchamos que Jesús nos ama y nos llama a dejarlo obrar en nuestras vidas y ser sus discípulos ayudados por la oración y la gracia de Dios, nos levantamos a la esperanza de la vida eterna.
Los saludos y bendigo a todos y los invito a mirar a Jesús, muerto, resucitado y glorificado en los cielos, para apoyar en él la esperanza firme y orientar la propia vida, el corazón, según esa esperanza.
Felices y Santas Pascuas de Resurrección.
 
 
Nota: el Domingo 27 de abril, durante su visita pastoral, el Mons. Alberto Sanguinetti celebrará la Santa Misa a las 10.00 en la Parroquia San Antonio María Claret de Progreso, uniéndose a la canonización de los Santos Juan XXIII y Juan Pablo II. 
El primero decretó la coronación pontificia de la Virgen de los Treinta y Tres (1961) y la declaró Patrona del Uruguay (1962). El segundo visitó dos veces nuestra patria (1987,1988) y bendijo la imagen de la Virgen de Guadalupe sobre la ruta 5, en Villa Guadalupe (Canelones).