pastoragua


El programa bautismal, guiado por el Espíritu lo conduce a las tentaciones para que venciera a nuestro enemigo. Por la unción del Espíritu anuncia el Evangelio a los pobres, la liberación a los cautivos, la liberación de los cautivos: así sana enfermos, perdona pecadores, resucita muertos, consuela tristes, con el Dedo de Dios expulsa demonios, lleva a los hombres al Padre y nos abre el camino de la verdadera bienaventuranza y alegría.
Ungido Sumo Sacerdote se ofrece en el Espíritu Eterno al Padre, de una vez para siempre en la cruz y, resucita, intercede siempre a nuestro favor, como víctima de propiciación por nuestros pecados y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero.
Ejerciendo su sacerdocio en los cielos, une consigo a su cuerpo, su amadísima Esposa la Iglesia, a la que santifica con la perenne efusión del Espíritu.

Los óleos sobre los que oraremos juntos, por Cristo, en un mismo Espíritu, nos revelan y son instrumentos de la acción del mismo Espíritu Santo en el cuerpo eclesial. Nos convierten y nos muestran como pueblo de reyes y sacerdotes.


1. el óleo de los enfermos nos hace mirar la debilidad y nuestra condición mortal:
Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás. La muerte acecha y está siempre presente. Tratamos de huir de ella, la cultura en que vivimos quiere hacernos soñar ocultándola o postergando su consideración, como si fuera un impensado accidente casual.


El óleo de los enfermos al tiempo que nos obliga a mirar la propia muerte, la necesidad de afrontarla, nos abre a pedir el auxilio divino, a poner la confianza en el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos, en la fortaleza del que venció la tristeza de muerte. Al mismo tiempo nos mueve el Espíritu a la mirada piadosa para con los enfermos, los ancianos, los sufrientes y, particularmente, con los moribundos que han de ser acompañados consciente, humana y religiosamente.


En estos días escuchaba en televisión de una cátedra en la facultad de medicina que se llamaba más o menos del humanismo de la medicina. El profesor que la presentaba decía que había que superar el mirar sólo enfermedades y que había que mirar al enfermo, a toda la persona. Por eso esa cátedra auxiliar quería ayudar a atender a la persona del enfermo, y para ello se recurría a la sociología, la psicología, la literatura y el arte, la filosofía. Pero nunca se refirió a la religión, siendo que es la mira y se acerca a todo el ser humano en su enfermedad, dolor, angustia y muerte.


Nosotros sí hemos de acompañar al enfermo con el consuelo de Jesús, que se conmovió ante la tumba de Lázaro, que rompió a llorar compartiendo el dolor de los amigos, que derrama el Espíritu Paráclito, consolador.


2) el óleo de los catecúmenos debe ser usado antes del bautismo. Es la unción para el combate, la lucha de la vida cristiana, que no es contra la carne y la sangre – los seres humanos – sino contra el mal, el pecado, el demonio.
El mundo quiere por un lado disminuir la mirada a este combate, presentando todo como normal, como corriente, aún las mayores blasfemias e iniquidades.
Por otro lado se presenta como vencedor, de forma que parezca imposible luchar.
El Espíritu Santo en cambio desenmascara la hipócrita aparente victoria del Príncipe de este mundo: porque convence de de dónde está el pecado, la justicia y la condenación.
La unción del Espíritu tiene carácter de exorcismo, que no es una cosa llamativa y rara para impresionar. No. Es el combate de la oración, que pone la confianza sólo en Dios, y por eso vence la tentación y el Maligno.


Es la humildad con la conciencia de la debilidad y flaqueza: no podemos vencer por nosotros mismos. Por ello, más necesario es el combate de la oración, con la fuerza del Espíritu: velad y orad.
La importancia del sacramento de la confesión, como acción del Espíritu que da no sólo el perdón, sino también la gracia para la penitencia, para el combate de la conversión de la mente, del corazón, del cuerpo, de las acciones.


A nosotros sacerdotes se nos pide siempre mayor dedicación a este sacramento.
Este combate espiritual contra el pecado, sostenido por la oración y la penitencia, no es sólo individual: somos un ejército de humildes combatientes, tras el Crucificado Rey vencedor, asistidos con la fuerza del Espíritu.


A él le pedimos, lo que tantos santos han dicho: antes morir que pecar, anteponer a todo el amor a Cristo y el rechazo de la ofensa a Dios.


3) el santo Crisma: la sobreabundancia del don del Espíritu, el perfume espiritual, la belleza de la vida cristiana, la expansión del buen olor de Cristo.
La Iglesia ha recibido la unción del Espíritu para creer según la revelación de Dios y, por ello, el pueblo todo, la Santa Iglesia es indefectible en la fe revelada. Y también por ello es incansable en la propagación de la fe, en el testimonio de la vida, en la proclamación del Evangelio a los pobres y a toda creatura. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. El mundo quiere relativizar toda afirmación que provenga de Cristo y del Dios de la vida y absolutizar las propias ideologías y caprichos. En esto hemos de vencer al mundo, no con nuestras fuerzas, sino con el testimonio del Espíritu Santo en nuestros corazones y nuestras vidas.


La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.
La unción del crisma es la unción de la caridad. En estos días con frecuencia pide la Iglesia que vivamos de aquel mismo amor que llevó a Cristo a entregarse por la salvación del mundo.
La unción de la caridad pone en nuestros corazones el amor filial, para que amemos al Padre, con humildad y obediencia, entregándole el corazón, el alma, todo lo que somos.
La unción de la caridad nos impulsa a dar la vida por los hermanos, a servir y entregarnos, no con la pretensión de mirar lo que hacemos, sino como verdaderos siervos, como quien le pertenece al otro.
La unción del Espíritu nos da el gusto del amor divino. Pidamos que el Espíritu nos libre de toda acedia, que es el disgusto del amor divino. La acedia que se queda de Dios, que no se satisface con su amor, que va detrás de otros dioses. Al contrario, que nos dé el Espíritu el gozo de la comunión con el Padre, de la amistad de Cristo, del ardor del dulce huésped del alma.


La caridad debe llevarnos a la comunión con el Corazón de Jesús, entregándonos con él por la salvación de los hombres, como ofrenda al Padre de suave olor, como caridad ardiente y eficaz para con el prójimo. Toda la vida litúrgica es en esta unción. Por ello se habla de orar con unción: llevados por el Espíritu en consonancia con Cristo.

La unción del Santo Crisma nos comunica la esperanza que no defrauda, la esperanza que confía totalmente en el abandono en manos del Padre. La esperanza que espera sólo a Dios de Dios. La esperanza humilde y callada, pero perseverante, victoriosa ante los ataques del desánimo, la envidia, la pereza. La esperanza es la humilde ofrenda que le hacemos a Dios de reconocer que él es bueno, sabio y fiel, digno de confianza, como para esperarlo todo de él.


Quiero ahora dirigir una palabra a los diáconos exhortándolos a la docilidad al Espíritu Santo en la comunión con Cristo servidor.
El ministerio diaconal debe distinguirse precisamente por el servicio, con particular atención a la sangre de Cristo, al cáliz, que siempre se ha visto ligado con la efusión de la caridad del Espíritu Santo.
La ordenación diaconal tiene en común con la episcopal la entrega del Evangelio: el diácono ha de ser portador del anuncio del Evangelio a los pobres y alejados.
Además el ministerio diaconal ha sido ligado al servicio a los pobres, a la tarea de la caridad en la Iglesia.
Quieran ser cada vez más dóciles a la obra del Espíritu en ustedes.


Por último, pero no menor en importancia, queridos hermanos sacerdotes, quiero compartir con ustedes la alegría de la participación en la unción sacerdotal. Junto con la imposición de las manos, fueron ungidas nuestras manos, es decir nuestro cuerpo para orar, para bendecir, para santificar, para perdonar, para reunir.
El obispo fue ungido en la cabeza, para recibir la plenitud de la unción, que comparte con el colegio de los presbíteros.


¡Qué importante es que con suma humildad reconozcamos el don de Dios: la unción que nos consagra en comunión con Cristo único sumo y eterno sacerdote!
De aquí ha de manar la conciencia del don y la responsabilidad de secundar la acción del Espíritu.
No digo nada nuevo, si bien quiero recordarlo con libertad apostólica: el ser y el ejercicio del sacerdocio presbiteral, en sintonía con Cristo y el Espíritu Santo, sólo se puede vivir verdaderamente en comunión real con el presbiterio y en comunión y obediencia con el obispo. Por otra parte es lo que prometimos en la ordenación y que ahora refrendaremos.
Este recuerdo – que es deber de mi responsabilidad – es para que más y mejor de cómo lo vivimos nos renovemos en la comunión, en la fraternidad, en la verdadera libertad evangélica, que es la de estar sujetos unos a los otros en el temor de Cristo.


También me parece oportuno, queridos hermanos, que retomemos con mayor ahínco el combate de la oración. Si éste es de todo el pueblo cristiano, nosotros fuimos puestos al frente.
La Liturgia, como enseña el concilio, es el ejercicio del sacerdocio del mismo Jesucristo, que asocia consigo a su cuerpo, su Esposa la Iglesia por la acción del Espíritu, para que ejerza el culto público íntegro, glorificando al Padre y santificando a los hombres.


A nosotros se nos ha confiado una participación peculiar en estos misterios. ¡Qué gratitud y qué responsabilidad! Consideremos la fidelidad de nuestra participación personal en la oración litúrgica. Se nos han encomendado las acciones y las palabras que la Iglesia aprendió del Espíritu sea para el Sacrificio Santo y Glorioso de Cristo, sea para impetrar la acción del Espíritu en los sacramentos, sea en el Oficio Divino, la Liturgia de las Horas que la Iglesia quiere poner en nuestros labios y en nuestro corazón para la recemos en nombre y a favor de todo el pueblo santo.
¡Qué gracia! ¡Qué distancia entre los que se nos da y lo que somos! ¡Qué humilde súplica para pedir el don de la fidelidad y la conversión a lo que se nos entregó!
Por eso, también al renovar nuestras promesas sacerdotales asumamos nuevamente que hemos prometido realizar las celebraciones litúrgicas según la Tradición de la Iglesia. Los fieles tienen derecho de recibirla, nosotros deber de dársela inalterada.


Al orar hoy juntos invocamos el Espíritu para la celebración de los sacramentos en nuestra diócesis por todo el año. Que este mismo Espíritu, que es óleo de la alegría nos dé a todos la alegría del Evangelio, para vivirlo en la fe, para compartirlo en la caridad, para anunciarlo con esperanza viva, hasta que llegue el Señor. La con versión pastoral, como Iglesia de discípulos misioneros, que debemos salir a buscar a los que están lejos, en donde sea, no es sólo una consigna de acción, es sobre todo docilidad y fruto de la unción del Santo Espíritu. Él que es testigo fiel de los cristianos nos dé la fuerza de ser testigos del Resucitado hasta los confines de la tierra, hasta que venga el que ha de reinar por los siglos de los siglos. Amén.