pastoragua

La Cuaresma es un regalo de Dios a su Iglesia. Es también un regalo de la Iglesia a sus hijos, a sus miembros.

Nuestros mayores dedicaron este tiempo a una escucha particular de la Palabra de Dios, para acompañar a los catecúmenos a la iniciación cristiana por el bautismo,HPIM0220

la confirmación y la Eucaristía. Al mismo tiempo a los ya iniciados se les regala la oportunidad de la conversión, el ahondamiento del cambio que el Señor ha producido por su muerte y resurrección, el participar más plenamente en la vida nueva, la vida eterna, que el Padre nos regala en Cristo por su Espíritu Santo.


El primer llamado es a valorar este regalo. La fe es un acto de conocimiento y de apreciación: ¿cómo valoro el don, el regalo de Dios, al entregarnos su propio Hijo y el Espíritu Santo? ¿Cuánto aprecio el perdón de los pecados, el ser hijo de Dios en Cristo, la vida eterna?
Al imponérsenos las cenizas se nos recuerda: Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás. El aprecio del regalo de la vida nueva, implica el reconocimiento de nuestra pequeñez, de nuestra miseria, de la muerte y del pecado. No para angustiarnos en ello, pero tampoco para ocultarlo. Sino para abrirnos al don de Dios que supera el pecado y la muerte. La conversión pide humildad, que permite ver todo la vida, sin escabullirse de los aspectos feos, sin buscar falsas compensaciones, sin desesperar.
Porque también puede decirse cuando se impone la ceniza una frase evangélica: Conviértete y cree en el Evangelio.


La conversión es volvernos hacia el Señor. Y nos volvemos hacia Él fiándonos del pregón del Evangelio: Dios viene a reinar, su reinado es la vida, la salvación, la victoria, la gracia. Nuevamente, creer es apreciar el don y abandonarnos en el Señor, dejarnos salvar, amar, elevar. De allí surge la oración: venga tu Reino, hágase tu voluntad.


Creer en el Evangelio, en el don de Dios, en su reinado, hace surgir – con la gracia del Espíritu Santo, lo mejor de nosotros mismos. Por eso, también el llamado a la conversión es un llamado al ejercicio de la santidad, al camino de cambio, por los actos, por los Ejercicios repetidos, renovados de los tres grandes instrumentos: la oración, la acción penitencial y la caridad - la participación en el amor de Dios por el prójimo.
Al recibir la ceniza con humildad, también reconocemos con humildad el camino de la cruz de Cristo, el discipulado, en la participación de su cruz, para ir participando de su victoria, de su nueva vida.
• Pregúntese cada uno, al comenzar la Cuaresma, cuáles serán sus ejercicios de oración (de súplica, de escucha de la Palabra de Dios, de silencio para ahondar en la mirada de fe de nuestra vida, de participación en los sacramentos).
• Pregúntese sobre qué penitencias, qué muertes, que despojamientos me van a unir con la muerte de Cristo: qué obediencia para entregar mi voluntad, que entrega, que renuncia a mí mismo para abrazar la cruz, para liberarme de mi pecado, para entregarme al Señor.
• Pregúntese cada, que entrega de amor al prójimo, de participación en la caridad de Dios, como lo canta el Pregón de la Noche Pascual: que admirable ternura y caridad, para salvar al esclavo, entregaste al Hijo. Esa caridad del Padre, esa caridad del Hijo ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo y debe renovarse en la vida. Preguntémonos: qué atención al pobre, que entrega de mi tiempo, que servicio, que reconciliación, hasta el amor al enemigo.


Tres finalidades, que son una, tiene este ejercicio cuaresmal:


• Nuestra santificación, nuestro crecimiento en la vida divina, hasta que Cristo tome toda nuestra existencia, para participar en sus padecimientos a fin de participar del poder de su resurrección.
• La salvación del mundo, nuestra comunión con la obra redentora de Jesús, por la oración, la entrega, por el testimonio, por la evangelización: para que el mundo crea.
• La gloria de Dios: que el Padre sea conocido y amado, que Jesús nos una consigo en el Espíritu Santo, para que nos volvamos una ofrenda cada vez más agradable a Dios. Jesús no quería sino la gloria del Padre: que Él nos dé mayor parte en su entrega a Él.


Que por la ofrenda de Cristo en la Cruz que se renovará aquí en el altar, el Padre envíe abundantemente su Espíritu, que nos purifique del pecado, que nos dé la humildad de reconocer nuestra necesidad de ser salvados del pecado y de la muerte, que nos abra a la conversión, creyendo confiada y gozosamente en el Evangelio.


Que Santa María, San José y San Juan Bautista, los apóstoles y los mártires, nos acompañen en el peregrinar de esta Cuaresma.


Que movidos por el Espíritu, unidos al cuerpo entregado y la sangre derramada también nosotros nos volvamos ofrenda de suave olor, oblación agradable al Padre, por Cristo, que por nosotros murió y resucitó, que es digno de recibir el honor y la gloria por los siglos de los siglos.

Amén.