pastoragua

 Parroquia S. Francisco de Empalme Nicolich.


Sea alabado y bendito Jesucristo. R./. sea por siempre bendito y alabado.
Mis queridos hermanos: la Iglesia, es un pueblo peregrino, es decir caminante, con una meta: el cielo, la casa de Dios, la vida eterna, la Jerusalén celestial.

Por eso nos gusta hacer procesiones, como hicimos al comienzo. Y llamábamos, invocábamos a los ángeles y santos, nuestros compatriotas del cielo, para que nos acompañen en este caminar, a fin de que lleguemos a la meta: ser santos en esta vida y ser santos en la otra con el Padre, Jesucristo su Hijo, en la unidad del Espíritu Santo.

Y Jesús nos conduce al Padre, en su Iglesia. ¿Dónde está Jesús? ¿Sentado a la derecha del Padre? Y por eso se hace presente, obra ahora aquí en su Iglesia reunida.
Nos guía, nos ilumina, nos hace entender y nos acompaña en primer lugar con su Palabra. Que no es solo unas ideas. El obra con la fuerza de su Evangelio.
¿Qué nos dice esta Palabra de Dios?
Primero: que somos creados por Dios, que él nos da la existencia, para que lo conozcamos, lo amemos y lo sirvamos. Para que siguiendo su palabra, y obrando como hermanos, nos vayamos pareciendo, asemejando a él.


Segundo: que hay otra realidad en la creación: el pecado y la muerte. No somos buenas imágenes de Dios. Preferimos seguir nuestro propio camino. Y además entramos en una existencia en el que la humanidad está sujeta al pecado y nos hacemos mucho daño, nos ofendemos, nos oponemos.
Tercero: que necesitamos, entonces, ser salvados. Necesitamos el perdón de Dios, necesitamos la ayuda de la gracia de Dios, que él nos auxilie para poder cambiar el corazón y nuestras obras.
Cuarto: El Padre nos ama aún siendo pecadores y envía a su Hijo Eterno, hecho hombre, para salvarnos, para rescatarnos a fin de que no nos ahoguemos, no nos hundamos, no nos condenemos.


Como oímos que decía San Pablo. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, el favor de Dios, su perdón, su ayuda, en Jesucristo.
Jesucristo murió por nuestros pecados: hay perdón si lo queremos recibir. Jesucristo resucitó y nos abrió el cielo. Jesucristo obra ahora aquí la salvación por medio de su Iglesia, nos da el perdón, nos hace hijos de Dios, derrama el Espíritu Santo, nos alimenta con su Palabra y su Cuerpo y su Sangre.
Quinto: Por medio de la Iglesia, Jesús nos va iniciando, introduciendo en su propia vida, en su victoria, en la vida nueva. Nos va llevando a cambiar para pasar del pecado a la gracia, de la muerte a la vida, de alejados de Dios, a ser plenamente sus hijos.

Esta salvación, esta vida nueva, esta liberación, este ser hijos de Dios, lo obtuvo Cristo. Atendamos cómo nos lo muestra en su victoria sobre el padre de la mentira, nuestro enemigo, el Diablo.

Oímos que Jesús aceptó ser tentado, probado por Satanás, para vencerlo y así darnos parte en su victoria. Esas tentaciones y pruebas que oímos van a culminar en la cruz: Jesús con su obediencia al Padre y sus sufrimientos.
Porque él venció, nosotros podemos con él, ser vencedores. En las tres tentaciones de Jesús están todas las tentaciones:


La que proviene de nuestras necesidades. Tuvo hambre. No estaba mal que comiera. El pecado es poner el hambre antes de la voluntad del Padre. "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Busquemos primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás como añadidura. En la cruz, asume Jesús la muerte, entregándose en la voluntad del Padre.


Que hiciera un gran milagro, un aspaviento, que se tira de lo alto del templo, vinieran los ángeles, los demás vieran qué fantástico era. Que de alguna forma le exigiera a Dios para creer. Dios tiene que hacer tal cosa; lo acepto si hace lo que yo creo que necesito. Yo no creo, dice alguno, porque Dios no me hizo esto, o porque permitió esto otro. "No tentarás al Señor, tu Dios". Tentar a Dios es querer ponerlo a prueba: para que yo te crea y te obedezca, tienes que hacer lo que yo espero. No tentemos a Dios, sino seamos humildes y obedientes ante él.


Entregar el alma, por la plata, el poder, el orgullo, la soberbia, el placer. Aquí caemos todos, pero el Señor vence. "Adorarás al Señor tu Dios, y a él sólo darás culto, a él sólo servirás".


Adorar a Dios – no es sólo quererlo -, sino que es entregarse a él. Vivir para Dios, servirlo. No porque Dios necesite un servidor y lo esté sirviendo, sino porque nuestra dignidad y libertad de seres humanos es servir a Dios. ¿si no, ¿a quién vamos a servir: al placer, al poder, a la plata, a nosotros mismos, a las ideas? Todas éstas son formas de esclavitud. Los santos fueron libres porque adoraron sólo a Dios y se entregaron a su servicio.

Cristo nos ha liberado por su obediencia y sumisión al Padre. Y él nos libera de la esclavitud del pecado y de la muerte, para que seamos libres hijos de Dios, obedientes y servidores por amor de Dios, nuestro Padre.

Para participar de esta libertad, de esta vida nueva, Cristo nos une consigo por la fe en su Palabra, y por sus acciones, por sus sacramentos.
Por eso la Cuaresma es la última etapa de preparación para recibir el bautismo y la confirmación, de los catecúmenos que se han ido disponiendo a ellos, por la catequesis, la oración, la conversión de la vida.


Y al mismo tiempo, la Cuaresma es el tiempo en el que los fieles, los ya bautizados tenemos que abrirnos a la gracia del bautismo, convertirnos a lo que Dios ha hecho en nosotros, buscar lo que Dios quiere de nosotros.
En este sentido hay que hablar de iniciación cristiana, iniciación en el misterio de Cristo y de su Iglesia.
Ser iniciado en algo, es ser introducido, entrar en mundo nuevo, ir aprendiendo, e irse reconociendo en él. Algo así pasa cuando empezamos un curso de algo, o cuando comenzamos un empleo nuevo: no estamos bien ubicados, no sabemos usar las cosas, vamos aprendiendo el lugar, las costumbres, las personas, los hábitos, el proceso. También somos iniciados, cuando nos hacemos amigos de alguien, o más aún en un noviazgo serio: se nos introduce en la nueva familia...
La vida cristiana es una iniciación, porque nosotros no sabemos qué es ser hijos de Dios, nosotros no podemos por nosotros mismos ser semejantes a Cristo, nosotros ni siquiera tenemos el lenguaje para hablarle a Dios, menos aún para realizar sus obras.
Para eso, Cristo deja su Iglesia: en ella somos iniciados en la Palabra de Dios, en la oración, en el seguimiento de Cristo, en el ejemplo de los santos.
Más aún, no sólo con palabras y ejemplos, sino con la acción de Cristo y del Espíritu Santo. Especialmente la Palabra predicada, el Bautismo en Cristo muerto y resucitado, la Confirmación con el sello del Espíritu. En los sacramentos Cristo que está a la derecha del Padre, en el nombre del Padre y por la acción del Espíritu Santo obra el perdón, la santificación, nos consagra para Dios, nos introduce en su propia vida, para adoremos al Señor, nuestro Dios, y a él le demos el culto perfecto. Para que como Cristo, con El y en El nos entreguemos al PADRE.


La participación en la Misa es posible, cuando Cristo nos une consigo por el Bautismo – y luego por la Confirmación – y nos hace un pueblo de reyes – libres para Dios -, de sacerdotes – para entregarnos con Cristo al Padre – y profetas – para ser misioneros para llevar su nombre y la luz del Evangelio a todos nuestros hermanos.


Un grupo de hermanos nuestros va a ser introducido plenamente en Cristo, en su Iglesia, en la Noche de la Santa Pascua, por el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Otros, ya bautizados, van a participar plenamente de la Misa cuando empiecen a comulgar.


Toda la comunidad los acompaña en esta Cuaresma con su oración, su cariño, su ejemplo.


Que a todos nuestro Rey vencedor, nos haga también vencederos de la esclavitud del pecado y de la muerte, y nos llene de la luz de su gracia, de la verdad y el amor. Que nos haga libre para adorar al Padre, haciendo su voluntad, para llevar por todas partes el buen olor de Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo. A la Santa Trinidad la adoración y la gloria por los siglos de los siglos.

Amén.