pastoragua

 Bendito y alabado sea Jesucristo r./. sea por siempre bendito y alabado.
A Él, a quien bendecimos y alabamos todos nosotros, junto con Walter queremos levantar nuestra mirada, ponemos los ojos en él, para conocerlo, para reconocerlo. Porque nos sabemos conocidos en su corazón.
 
Estamos concluyendo el Año de la Fe, que nos ha invitado a ahondar en nuestro conocimiento y reconocimiento de Jesús, Hijo de Dios, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, de la misma naturaleza del Padre, que por nosotros los hombres por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre.
 
Por esta fe hemos sido hechos capaces de compartir la herencia del Pueblo Santo en la luz, porque Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos ha sacado del  dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.
 
Poniendo los ojos en Jesús, autor y consumador de nuestra fe, en este último Domingo del año litúrgico hoy lo contemplamos a Jesús, el Mesías, el Cristo, Ungido por el Espíritu Santo, Rey del Universo, Sumo Sacerdote y Pontífice de la nueva alianza. Y lo contemplamos y reconocemos estando en la cruz. Ese es nuestro Rey y Sacerdote.
 
El Rey es el que no está sometido a nada, no depende de nada, y puede ejercer un poder salvador. Propiamente sólo Dios es Rey. Y lo hemos cantado con las palabras de la fe de la Iglesia: Señor Dios, Rey Celestial, Dios Padre omnipotente.
 
Y él nos ha dado un rey nuestro, el Cristo: su Hijo hecho hombre, uno de nosotros es rey. Como los israelitas, para elegir a David como rey, reconocieron que era de su carne y sangre,  Jesús se hizo de nuestra carne y sangre, tomándolas del seno de Santa María Virgen.
 
Reina Jesús, Hijo eterno nacido antes de todos los siglos en su humanidad bendita. Reina porque es el creador de todo: por él fueron creadas todas las cosas y todo se mantiene en él.  El universo entero se sostiene por la palabra poderosa de Jesús, Verbo y Sabiduría del Padre. 
 
Él es el Rey que rescata a su pueblo, nos obtiene la redención por su sangre. Salió a combatir al pecado y a la muerte, y venció al maligno, para redimirnos, para liberarnos, para que bajo su realeza fuéramos hechos hijos de adopción, y participáramos de su victoria eterna. Vendrá como juez de vivos y muertos y su reino no tendrá fin.
 
Él es Sumo Sacerdote de la alianza eterna. Todos juntos, y tú especialmente Walter, repasemos la fe que confesamos y el sentido de las palabras que emplea la Iglesia para profesar la fe.
Sacerdote, es el hombre que Dios consagra, santifica, para que pueda presentarse ante él, en representación del pueblo, a fin de que los hombres se unan con Dios y reciban su bendición. Dios regala a su pueblo el sacerdote que pueda presentarse ante él.
 
Así a Israel le dio a Aarón y sus sucesores, así nos ha dado el sacerdote santo, sin pecado, vencedor de la muerte: Jesús, Hijo de Dios, sacerdote para siempre, ungido con el óleo de la alegría, el Espíritu Santo.
 
Sacrificio. El sacerdote debe proclamar la ley de Dios, pero el acto sacerdotal propio es ofrecer el sacrificio a Dios. No entendamos esta palabra como lo usamos corrientemente: algo que cuesta mucho, que es un sufrimiento. No, en el lenguaje religioso, sacrificio es la ofrenda a Dios, lo que se le ofrece para en el intercambio de dones, obtener la comunión con Dios. Puede ser doloroso o no: lo que importa es la ofrenda, y que sea agradable a Dios.
 
Ofrecemos el sacrificio a Dios, para el perdón de los pecados, para el rescate o redención, para alabarlo, bendecirlo, adorarlo, glorificarlo, darle gracias. Ofrecemos el sacrificio para la unión con Dios: él se nos da, nosotros nos entregamos, para que nos haga uno con él.
 
Otra palabra a precisar: Victima. (no como cuando decimos ‘se hace la víctima’). En el lenguaje religioso ‘víctima’, también oblación, es lo que se ofrece en el sacrificio. Es también Dios, quien regala a su pueblo la víctima, la ofrenda que le sea agradable. No podemos ofrecer sino algo bueno, y todo bien viene de Dios. En el antiguo testamento ofrecían animales, frutos de la tierra: eran dones de Dios, pero no podían de verdad salvar, purificar y santificar. 
 
Por eso el Padre, nos dio la víctima, perfecta, Jesús. Él sí nos representa a todos. En una las Plegarias Eucarísticas le  decimos al Señor que mire la víctima que él mismo ha preparado a su Iglesia.
 
Su ofrenda es razonable y libre, él es el único santo. Por eso, Jesús, sumo, verdadero y eterno sacerdote él mismo es la víctima, el Cordero inmaculado que ofreciéndose a sí mismo quita el pecado del mundo, vence la muerte y nos introduce en el templo eterno de la Jerusalén del cielo.
 
Jesús Rey y Sacerdote se ofreció a sí mismo como víctima perfecta en el altar de la cruz. Cordero inmaculado nos redimió con su sangre, nos obtuvo el perdón de los pecados y reconcilió con Dios Padre a todos los seres del cielo y de la tierra.
 
Jesucristo por su sangre resucitado entró en el santuario celestial y allí sigue siendo nuestro rey y sacerdote que se ofrece a sí mismo en sacrificio perpetuo eterno: se ofreció en la cruz y se ofrece en todo momento como víctima santa. Él es siempre sacerdote, altar y cordero, sacrificio de expiación, de perdón y reconciliación, de alabanza y acción de gracias, de comunión que nos presenta ante el Padre y que derrama el Espíritu de la santificación.
 
Puestos los ojos en Jesús, que está a la derecha del Padre, reconocemos que él se hace presente en el espacio y en el tiempo en y por la Santa Iglesia, que es su cuerpo. Cristo, cabeza de la Iglesia obra su redención, anuncia y entrega su perdón y la vida eterna, en y por su Iglesia. Él une consigo a su esposa la Iglesia y por ella actúa su realeza salvadora y su sacerdocio santificador.
 
Esta es  la realidad del orden sagrado, del sacerdocio ministerial, instrumental, que Cristo entregó a los apóstoles, y que hoy entrega a los obispos y del que participan los presbíteros. Jesucristo, glorificado a la derecha del  Padre obra específicamente por las acciones sacerdotales del obispo y los presbíteros. Cristo, sumo sacerdote, une consigo a los sacerdotes servidores especialmente en la santa Misa: en ella él que se ofreció en la cruz y se ofrece perpetuamente en el cielo, se entrega por medio de los sacerdotes.  La Misa es el mismo sacrificio de la Cruz: su cuerpo entregado, su sangre derramada para el perdón de los pecados. Cristo Sacerdote ora y consagra por las palabras de sus ministros, que actúan en nombre de él cabeza de la Iglesia, para que todo el pueblo de los bautizados sea santificado y también se ofrezca con Cristo al Padre. 
 
Cuando decimos Amén a las oraciones sacerdotales, nos unimos a Cristo y por él, con él y en él nos volvemos también nosotros víctima, sacrificio, ofrenda agradable a Dios.
¡Grandeza del sacerdocio católico! Por el poder del Espíritu Santo, sencillos actos humanos – palabra y gestos – son actos del mismo Jesucristo, sumo sacerdote, que está en los cielos y obra en la tierra. ¡Pequeñez del sacerdocio católico! porque llevamos tesoros en vasos de barro: el instrumento no está a la altura del que lo dirige y del que obra en él.
 
Poniendo, pues, los  ojos en Jesús, rey y sacerdote, iluminados por la fe – más allá de toda consideración humana – reconocemos a nuestro Sumo Sacerdote obrando y salvando por la predicación de sus sacerdotes, por la oración y los gestos sacramentales de sus ministros: a nosotros pecadores la vergüenza, la humildad y la gratitud, a él la gloria, la alabanza y la acción de gracias. 
 
Walter, la Iglesia durante años ha procurado prepararte para este misterio grande, de ser sacramento personal de Cristo, cabeza, rey, sacerdote de su pueblo, maestro.
 
Cómo lo elegiste para tu invitación, estás llamado a esperar contra toda esperanza, como Abrahán nuestro padre en la fe. Más aún tu ministerio ha de comunicar al pueblo de Dios esta esperanza, que se nutre de la promesa de Dios y su fidelidad, que mira a la sangre de Cristo, a su muerte y resurrección.
 
Querido Walter. Cristo y la Iglesia te entregan el ministerio de la predicación del Evangelio. Cuida de él. Prepárate en la oración y escucha de la Palabra de Dios y en la obediencia de la fe a cuanto el Verbo ha revelado y la Santa Iglesia proclama y cuida, por medio de su magisterio. Ayuda a que los fieles conozcan y se adhieran siempre con mayor firmeza a la fe de la Iglesia y entiendan su vida y la lleven adelante iluminados por la fe.
 
Cristo y la Iglesia te confían su vida, sus actos: la Liturgia, la oración y los actos. Como quieres prometer ante el pueblo, pon todo tu empeño en celebrar los santos misterios, según la Tradición de la Iglesia, como Ella te los encomienda. Como nos recuerda el Concilio procura iniciar al pueblo cristiano a las oraciones y ritos de la Iglesia, para que así participe plena y activamente en la Liturgia. Procura tú y enseña a que de esta forma aprendan a ofrecerse a sí mismos con Cristo al Padre. 
 
Y, cuanto más tú has de ofrecerte a Dios, vuelto víctima sacrificial con Cristo. Por eso recuerda, que se es sacerdote por lo que se debe hacer – puesto que es un servicio – pero su fecundidad está unida al sacrificio de Cristo, así que ‘imita lo que conmemoras y conforma tu vida con la cruz del Señor’.
 
Cristo te confía sus ovejas, sus hermanos, sus miembros. El Buen Pastor te envía a buscar a los que se perdieron. El Salvador a los pecadores. 
Que él te dé la audacia de la caridad pastoral para atender a cada uno, y para llevarlos juntos. Que su Espíritu te dé la paciencia y la fortaleza, la perseverancia y la alegría, para – con humildad y confianza – ser instrumento en sus manos.         
 
El sacerdocio al que Cristo Sumo Sacerdote te llama, es uno y plural, es personal y comunitario, por eso vas a ser hecho miembro de un presbiterio diocesano y colaborador del obispo diocesano. Vi en la fe y la caridad esta comunión. Es la garantía de que vivimos como servidores, como ministros y no nos adueñamos de una realidad que no nos pertenece, sino que pertenecemos a Cristo y a la Iglesia. Es mejor renunciar a parte de sí mismo, para que resplandezca la Cabeza y la unidad del cuerpo en torno a ella.
 
Recuerda también, querido Walter, que toda la redención fue hecha por la obediencia de Cristo y que nuestra fe es comunión con su obediencia. De modo particular el sacerdocio presbiteral ha de ser vivido en profunda y sincera obediencia a la Iglesia, y concretamente al obispo. Nuestra obediencia sacerdotal es la garantía de que nos adueñamos de la grey que se nos encomienda, cuyas ovejas no son nuestras. Nuestra obediencia sacerdotal es respeto por los fieles, que nos reciben porque representamos a la Iglesia y tienen derecho a que se les dé lo Ella quiere y piensa. Nuestra obediencia sacerdotal conduce a los fieles a que su fe madure en la obediencia a Dios, guiados por nuestra Santa Madre la Iglesia. Nuestra obediencia sacerdotal es – con la gracia del Espíritu – lo que permite realizar la unidad del presbiterio y de la Iglesia diocesana.
 
Walter, puestos los ojos en Jesús, esperamos contra toda esperanza. Que el Señor te acompañe y bendiga en tu ministerio, para que seas su instrumento en la salvación de los hombres y, en ti y con los fieles que se te encomienden , sea glorificado el Padre, por su Hijo Rey y Sumo Sacerdote, por toda la Iglesia, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.