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HPIM1495

1-Sea alabado y bendito Jesucristo, el que hoy entró en Jerusalén para por la pasión ir a su gloria. Al que hemos aclamado como rey y salvador, al que le gritamos Hosanna al Hijo de David, es decir, al Mesías, que el Padre nos ha enviado en su Hijo hecho hombre.


2. Acabamos de escuchar sus padecimientos: son duros, son difíciles de comprender. Y, sin embargo, en la pasión y muerte de Jesús están todos los secretos de Dios, toda la sabiduría para nuestra vida, toda la gracia de la salvación. Por eso, que cada uno de nosotros guarde en su corazón aquello que el Espíritu Santo le ha como subrayado. Mira tú, hermano, el cuadro de la pasión que te ha golpeado tu corazón. Que cada uno deje iluminar su mente con aquel rayo de luz que ha brillado para él. Que cada uno cuide la gracia que le ha llegado.

3. La Palabra que se ha proclamado es el testimonio del Espíritu Santo, para que creamos, para que los contemplemos con los ojos de la fe. Por eso, en este año de la fe, toquemos la realidad en que creemos:
Jesús, ha padecido por nosotros, por nuestra causa fue crucificado, padeció y fue sepultado.
3.1. En primer lugar renovemos la fe en quién es él. El que murió ha resucitado y está vivo, a la derecha del Padre, vencedor del pecado y de la muerte. El padeció y murió porque se hizo hombre, porque tomó nuestra naturaleza mortal. El que se hizo hombre, es desde siempre el Hijo Eterno de Dios.
Nos lo proclamaba claramente el Apóstol en la carta a los Filipenses. Cristo Jesús, siendo de condición divina, es decir siendo Dios, y sin dejar de serlo, se vació, se anonadó, se rebajó, tomando la condición de siervo, de hombre esclavo, como uno de tantos. Y en esa carne se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz: humillante, vergonzosa y dolorosa.
Como lo afirmamos en el Credo, es el Hijo, nacido antes de todos los siglos, Dios verdadero engendrado por el Padre, que es Dios verdadero, el que padeció por nosotros. Porque fue él el que padeció y ofreció libremente su muerte es que esa muerte es la salvación de todos, y en su resurrección nos da el perdón de los pecados y la vida eterna.
3.2. En segundo lugar, reconozcamos en su obediencia, en sus padecimientos, en su muerte,nuestra liberación, nuestra victoria. Lo hizo por nosotros y nuestra salvación, por nuestra causa. Creámoslo que seamos agradecidos, para que reconociéndolo por la fe, nos dejemos transformar por él.
3.3. En tercer lugar, creamos que Él que murió, que ha resucitado, que está en los cielos intercediendo por nosotros, obra y actúa en la Iglesia, con la gracia del Espíritu Santo en la predicación y en los sacramentos. Somos bautizados para participar de su muerte y resurrección, recibimos por Él la unción del Espíritu en la Confirmación, anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección en cada Misa, en cada Eucaristía.
4. 1. Yo este año, en mayo, voy a celebrar 40 años de sacerdocio. Por eso quisiera que miremos nosotros especialmente a Jesús como nuestro Sacerdote.
Sacerdote es el hombre que Dios consagra para que represente al pueblo ante él, para le ofrezca el sacrificio que une a los hombres con Dios y les da la bendición de lo alto, que enseñe al pueblo lo que Dios quiere decirle.
Dios Padre nos envió a su Hijo, hecho hombre, para que fuera nuestro sacerdote, ante él, un sacerdote santo, humilde, sin pecado, pero probado en todo, a fin de que pudiera compadecerse de nosotros.
Lo que une a Dios con los hombres es, por un lado, el don de Dios. Por el otro lado, que el hombre reciba en humildad y obediencia ese don y se entregue a Dios con amor total. La alianza es esa unidad.
La entrega a Dios es lo que llamamos ‘sacrificio’: la ofrenda a Dios para recibir su regalo, para dejarnos salvar por él, para amarlo y pertenecerle.
Con frecuencia decimos que Dios quiere nuestra felicidad. Y es verdad. Pero no se trata de cualquier felicidad: no tenemos que pensar la fe con criterios mundanos. La felicidad que Dios nos quiere dar no es sacarse la lotería o tener muchas cosas o muchos placeres. Él nos quiere dar su propia felicidad que existe en la entrega amorosa, en la donación total, en dejarse poseer por Dios y quererlo amarlo, servirlo y alabarlo.
Por eso, aunque a veces – porque somos mundanos – nos parece raro, la plenitud del hombre es que se deje querer por Dios, hasta que lo posea y que se entregue a él totalmente.
Ese es el sentido pleno del sacrificio de Jesús: no entrego algo, no un cordero, o unas monedas, se entregó totalmente al Padre, perteneciéndole totalmente por el amor y la obediencia. Y lo hizo llevando nuestros pecados, el dolor y arrepentimiento que nosotros pecadores deberíamos tenerlo, él lo asumió sobre sí.
En la pasión y en la cruz, Jesús, Sumo, Eterno y Perfecto Sacerdote, se ofreció a sí mismo al Padre. En él, en su cuerpo, nos ofreció a todos y cada uno de nosotros.
Resucitado sigue ofreciendo el sacrificio de sí mismo, lo que realizó en la cruz de una vez para siempre. Se presenta ante el Padre por todos nosotros y del Padre envía el Espíritu Santo que por la palabra y los sacramentos nos da vida.
4,2. Nosotros somos el fruto de su sacrificio, por la fe, por su gracia, por su palabra que transforma nuestras vidas.
Jesús es el único y eterno sacerdote, y el único y eterno sacrificio – por eso le decimos Cordero de Dios – por él recibimos el perdón, él nos salva de la muerte y de la muerte eterna,
Pero aún más. Él nos une a su sacerdocio y a su sacrificio. El sentido de nuestra vida de bautizados es que nos ofrezcamos con Cristo al Padre. Que por él y en él, por regalo suyo y unidos a él ofrezcamos no alguna cosa, sino a nosotros mismos. Que en Jesús seamos sacerdote y cordero.
4.3. En el ofrecimiento de nosotros mismos entra la renuncia a nuestra voluntad rebelde, por amor a Dios y al prójimo, buscando en todo de la voluntad del Padre.
4.4. Aquí en el altar Jesús que padeció y murió en la cruz, Jesús que en el cielo ofrece el sacrificio perpetuo de sí mismo, aquí en la Misa él une consigo a la Iglesia, a cada uno de nosotros, para que seamos un solo sacrificio con él.
Que él nos conceda de verdad celebrar la Misa: creyendo en Jesús, Hijo de Dios y Dios con el Padre y el Espíritu Santo. En Jesús, verdadero hombre, nuestro sacerdote y nuestro sacrificio perfecto. Por eso mismo, creyendo en el perdón que nos da y en que Él nos lleva hasta el Padre.
Y que el Espíritu Santo nos una con Jesús, para que por él, con él y en él, seamos sacerdotes que se ofrecen al Padre, dándole todo honor, toda gloria, toda acción de gracias.
Si recibimos el don de Dios y nos entregamos a Él aquí en el Sacrificio de la Misa y en nuestra vida, ésta tiene verdadero sentido, seremos felices, dichosos como lo enseñan las bienaventuranzas, pobres, pacíficos, mansos, buscando en todo el Reino de Dios y ser justos en su presencia, aun padeciendo con Cristo por seguir la voluntad del Padre. Así participamos del cielo y aguardamos llegar a la alabanza perfecta en la Jerusalén de arriba, donde Cristo es nuestro intercesor y nuestro sacerdote ante el Padre, él que padeció y resucitó y vive y reina por los siglos de los siglos amén.