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Solemnidad de NSJC Rey del Universo – Apertura del Año de la Fe

v. Sea alabado Jesucristo r. sea por siempre bendito y alabado

Él el rey de reyes y señor de señores, nuestro Rey, creador de todo, nuestro Rey en la humildad y la pobreza del pesebre, nuestro Rey en la Cruz llevando la fealdad y muerte del pecado, nuestro Rey victorioso en su resurrección, glorioso y actuante a la derecha del Padre, Juez de vivo y muertos, dador de la vida sin fin.

Sea el bendito y alabado, amado y servido con todo el corazón y toda el alma.

A él queremos mirar, al que atravesamos, en él queremos pensar en esta celebración, a él queremos amar y servir, a él queremos confesar con los labios, proclamar con la palabra y con la vida ante todos los pueblos de la tierra y, en concreto, a aquellos a los que él nos envía a predicar.

En las SS Escrituras el rey es, por un lado, quien tiene la soberanía, la majestad que no depende de otros, el que es libre para actuar.

Por el otro lado, es rey el que ejerce esa soberanía y poder en favor de su pueblo: lo cuida, le asegura el sustento, lo salva de los enemigos, hace justicia – especialmente al pobre y débil- , mantiene la concordia y la unidad de su pueblo.

Por estas características el título e imagen de rey está unida a la del pastor, que cuida y alimenta a su rebaño, lo guía y protege, evita que se disperse y pierda.

En su sentido pleno ‘rey’ es un título divino: los pueblos antiguos todos trataban al rey como un dios: de él y de su relación con los dioses dependía la suerte y salvación del pueblo.

En Israel, el rey en sentido estricto es solamente el Señor, Yavé, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. El que lo eligió y lo salva. El único Rey y Señor, el único en quien confiar, él único a quien seguir y servir. De él hemos proclamado: EL SEÑOR REINA SOBRE TODA LA TIERRA, revestido de majestad y poder. Por eso sus testimonios son dignos de fe (s.92). Y somos invitados en otro salmo: “con clarines y al son de trompetas aclamad al Rey y Señor” (s.97).

A él le suplica el pueblo: “Pastor de Israel, escucha, tu guías a Jacob como un rebaño, despierta tu poder y ven a salvarnos. Restáuranos, que brille tu rostro y nos salve” (s.79).

Esta realeza de Dios la hemos cantado hoy, como lo hacemos en otros domingos y fiestas: “Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre Todopoderoso”: a él le decimos te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te damos gracias por tu inmensa gloria”. Esa gloria que es el efecto del reinado de Dios. Luego en la plegaria eucarística cantaremos que el cielo y la tierra están llenos de esa gloria del reinar del Rey celestial.

2. Dios ejerce su reinado salvador, eficaz, por medio de su ungido, del rey mesías, jefe y cabeza del pueblo mesiánico, del pueblo de su propiedad.

La profecía de Daniel nos anunciaba y hoy nos hacer reconocer a ese hombre, el Hijo del Hombre, que tiene origen divino – viene sobre las nubes del cielo y se acerca se une al Anciano – a quien se le da el poder real y dominio sobre todas las naciones, y sobre toda la historia de los pueblos.

Jesucristo es el Rey Salvador, el Hijo Unigénito que el Padre, Rey Celestial, ha enviado en nuestra carne humilde para ejerza su realeza por su humanidad. Él es el rey de reyes, el soberano sobre toda la tierra. Es el juez de todos y cada uno. Viene sobre las nubes del cielo y todos lo verán, aún aquellos que lo atravesaron, mirando su costado abierto y siendo llamados a la conversión, golpeándose el pecho todas las razas de la tierra.

Detengámonos en el Evangelio según s. Juan. Antes del pasaje proclamado, en el c. 10, se nos presentó Jesús como el pastor, que cuida las ovejas, las alimenta, da la vida por ellas. La da con total soberanía: por mandato del Padre, con poder para entregarla y para recobrarla. Por eso, S. Juan nos va a mostrar a Jesús rey en su pasión, y principalmente en su elevación en la cruz. Allí reina plenamente.

* Hemos oído el diálogo de Jesús con Pilato en torno al reinado de Jesús. Pilato está preocupado por una situación política, en medio de un conflicto de interés, e interroga a un posible conspirador contra el imperio.

Jesús verdadero hombre y rey, proclama con absoluta libertad: Yo soy rey. Pero enseguida distingue su realeza de la competencia entre los poderes humanos: no es una realeza, un reinado que provenga de la fuerza, de sus servidores. Su realeza, proviene de su origen divino, del Padre. Su reinado se ejerce en el mundo y en la historia y en el juicio definitivo; pero no apoyada en las fuerzas de la creación, ni contra ella.

Su reinado es la verdad, el testimonio de la verdad.

Dios es la verdad y obra la verdad. Especialmente la verdad de sí mismo, de su libertad de amar, crear y salvar. Jesús nos revela al Padre y con ello se revela a sí mismo y el obrar amoroso del Padre.

Es rey con el testimonio de la verdad que se manifiesta plenamente en Cristo crucificado y reina salvando a quien se cobija bajo la cruz.

Es pues una verdad que ha de expresarse con palabras y frases humanas, como lo oímos, pero en las que Dios testifica de sí mismo, son Palabra de Dios.
Es la verdad que se realiza en hechos, principalmente en la entrega de Cristo en la cruz, en su corazón abierto, en la fuerza de su resurrección, en el poder del agua y la sangre.
Es una verdad personal, íntima, libre de Dios: tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito.
 

Entonces, el reinado de Cristo por su testimonio es el que cantaremos en la plegaria eucarística: el reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, el amor y la paz.

Este reinar de Cristo, testigo fiel, se recibe por la fe, por la escucha de su testimonio y la obediencia a la verdad, lo que él mismo dice: el que es de la verdad, escucha mi voz”.

* El Papa abrió el Año de la Fe el 11 de octubre, y ahora nosotros estamos celebrando su apertura diocesana. Este Año es para vivir intensamente lo que estamos meditando a la luz de la Palabra de Dios.

Estamos invitamos a ser de la verdad, escuchando la voz de Jesucristo. Queremos sus ovejas que conocen la voz del Pastor, se saben queridas y cuidadas, y por eso lo siguen en una obediencia confiada y humilde.

* en el Año de la fe estamos invitados a conocer mejor la verdad de la que Cristo nos ha testificado. A partir del Credo, en la escucha de la Palabra de Dios, siguiendo a la Iglesia queremos ahondar en el conocimiento de las verdades de nuestra fe. Un auxilio precioso para esto es el Catecismo de la Iglesia Católica. Con este fin, en la Diócesis organizamos el curso sobre la fe, que cada uno puede seguir formando un grupo en su comunidad.

* Escuchar el testimonio de la verdad de Cristo es dejarnos salvar por él, por medio de los sacramentos y por una conversión de nuestra vida. Porque la verdad de Jesús es para ser vivida, entregando la vida por Él y por el evangelio.

* escuchar la verdad de que reina desde la cruz es entregarnos a él. Reconocemos la obra de su amor: “El que nos ama y nos ha liberado de nuestros pecados por medio de su sangre”.

* escuchar su voz es también recibirlo en la Sagrada Liturgia, que queremos comprender y vivir siempre mejor según la Iglesia la vive y enseña. La Liturgia no es expresión de nosotros mismos, sino expresión de Cristo con su cuerpo que es la Iglesia. La Liturgia es el testimonio de la verdad y realización de su salvación. Por eso, en este Año de la Fe estamos invitados a conocerla y convertirnos a ella, mirando al que hemos traspasado.

* los que somos de la verdad y escuchamos la voz de Jesús, nuestro rey, también somos enviados a testificar la verdad de Cristo. Por eso somos llamados a la tarea de la nueva evangelización. En medio de tantos que ignoran la verdad o se han apartado de ella, somos enviados para acercar el testimonio de Jesús, para que creyendo en él tengan vida eterna.

En este Año de la Fe, los invito a una particular atención al Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera, de quien celebraremos el bicentenario del nacimiento el 3 de julio el año próximo. Oremos para que el Señor quiera hacer el milagro que testifique su beneplácito.

En esta celebración tres lectores, recibirán el ministerio del acolitado. Se entregarán más estrechamente al servicio del altar del sacrificio de Cristo. Oremos por ellos, para que por el ejercicio de este ministerio se dispongan mejor para ser consagrados sacerdotes al servicio del pueblo sacerdotal. Oremos intensamente pidiendo al Señor nuevas vocaciones sacerdotales, con la conciencia de que en nuestra Diócesis no alcanzan el número de los sacerdotes para la atención mínima de las comunidades.

Aquí en la Eucaristía se da el mayor ejercicio del reinado de Cristo. Aquí el que reina a la derecha del Padre, reina actualizando la ofrenda del sacrificio de la cruz, para que lo presentemos a Dios, para el perdón de los pecados, para que hagamos el mayor ejercicio de la libertad: ofrecernos enteramente con él al Padre, santificados por el Espíritu.

Que nuestro Rey nos haga partícipe de la victoria de la verdad, él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.