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Sea alabado y bendito Jesucristo

r./. sea por siempre bendito y alabado.

El Señor glorificado, sentado a la derecha del Padre, el que ha puesto a nuestra humanidad junto a Dios. ¡Sea siempre bendito y alabado!

Estamos reunidos este Domingo de la Ascensión, ofreciendo la Acción de Gracias por nuestra Iglesia que ha vivido el Año Jubilar de oro, experimentando la presencia de su Señor y Esposo.

1. Mis hermanos, queramos hacer de este rato una verdadera contemplación, una mirada de fe que se deja iluminar por el esplendor de la gloria del Señor. Con los ojos de la fe, dirijamos nuestra mirada a Jesús, el Cristo, el Señor, glorioso a la derecha del Padre, vencedor del pecado y de la muerte, adorado por los ángeles, obedecido por los coros celestiales, que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo.

Contemplemos, mis hermanos, lo más real de lo real, la luz que da sentido a todo, la verdad de la existencia y del universo: Jesucristo, glorioso. Porque nuestra fe es en él, nuestra esperanza es él, nuestro amor proviene de él y a él vuelve, sea él bendito y alabado.

2. Jesucristo glorificado en los cielos recapitula todo su ser y su actuar, en una existencia, que es un continuo presente.

Jesús es aquel ‘por quien todo fue hecho’, como confesamos en el Credo. Toda la creación tiene su origen, sustento y sentido, en Jesús, Señor, Dios, y hombre, primogénito de toda la creación. Él glorificado sostiene el universo entero.

Jesucristo es el que modeló a Adán, el que acompañó a los patriarcas, el que guió al Pueblo de Israel.

Por sobre todo, Jesús glorificado es el que se encarnó de María y asumió nuestra condición humana. Toda la existencia de Jesús está presente y viva en el Señor glorificado junto al Padre.

Especialmente su entrega, su pasión y su muerte, son hoy por hoy el sacrificio perpetuo de Jesús. El es Cordero preparado antes de la creación del mundo y que sigue ofrecido, degollado y vivo. Él es el sacerdote eterno que se ofrece en sacrificio al Padre. Él es el abogado, el mediador, el dador del Espíritu.

Él es la Palabra, el sentido de todo, el Juez de vivos y muertos, que vendrá en gloria y majestad.

Nosotros, los cristianos somos fruto de la acción de Cristo glorioso, somos sus miembros, de él vivimos, hacia él vamos, en él esperamos, a él aguardamos.

Por eso, espero que – como recuerdo de esta Año Jubilar y sobre todo como expresión de nuestra fe y esperanza – llegue el momento en que podamos representar a Cristo glorioso en la cabecera, en el ábside de nuestra Iglesia Catedral.

3. Jesús que subió a los cielos y está sentado junto al Padre es el Señor de la Iglesia, su Esposo y su Cabeza. De tal forma que la Iglesia vive y obra por virtud de Cristo glorioso y en unión con él.

El mismo que llamó a sus apóstoles y los consagró con el Espíritu Santo, él glorificado es el que actúa hoy en la Iglesia, su cuerpo, cuya cabeza está glorificada en los cielos.

Cristo que subió a los cielos, cabeza y principio de la Iglesia nos va haciendo crecer desde él y hacia él por diversos ministerios, servicios, con la gracia de carismas diversos.

4. Así, bajo la luz de Cristo glorioso en los cielos, presente y actuante en su Iglesia, clausuramos hoy el Año Jubilar de oro de nuestra Diócesis de Canelones.

En este tiempo hemos hecho memoria en la fe, de la acción salvadora de Jesucristo, en esta Iglesia, a lo largo de 50 años, por medio de miembros concretos e instituciones concretas. ¡sea por siempre bendito y alabado, nuestro Señor que ha obrado y salvado en estas cinco décadas! Él que predicó, él que bautizó, el que perdonó y santificó, él que congregó en la unidad de su cuerpo. A él, la alabanza, la gloria y la acción de gracias.

El Año Jubilar nos ha hecho vivir más profundamente el misterio de la Iglesia, su unidad inefable, su principio divino. Como lo oímos del Apóstol: la Iglesia congregada por el Padre y el Hijo y el Espíritu, por un bautismo, en la vida de fe, esperanza y caridad.

En las celebraciones jubilares hemos experimentado a Jesucristo presente y actuante en medio de su pueblo. Además de los encuentros comunes, hubo momentos particulares maravillosos. Como un perla preciosa evoco el maravilloso jubileo de los niños.

Yo reconozco que tuve el privilegio de estar en todas las celebraciones. Por eso puedo dar testimonio. ¡Cuántos tesoros de gracia! ¡Cuánta renovación en la fe y la caridad! ¡Cómo se ha derramado el perdón y la reconciliación!

Miremos a Jesús en los cielos, y con un corazón humilde y agradecido entonemos cantos para darle gracias, por su obra en esta tierra.

5. Una mirada de fe a la presencia y la obra de Cristo en medio de nuestra Iglesia, nos impulsa a reconocer la obra de Dios, para ser agradecidos y secundar su acción.

Es imposible evocarlo todo. Sin ningún orden, con sencillez, permítaseme simplemente mencionar tres momentos de estos últimos días, para que avive en nosotros la atención a la obra de la gracia de Dios y por ello, la alabanza y la gratitud.

Hoy se han reunido grupos movimientos laicales y laicos en general, para compartir la vocación cristiana. Todo el año jubilar se ha ido potenciado la misión de los laicos como discípulos misioneros de Cristo y la integración de los movimientos entre sí y en la Diócesis.

Viernes y sábado estuvieron trabajando más de 30 personas de más de una quincena de colegios y obras de niños y adolescentes de nuestra Diócesis, para un curso de formación de directivos, dado por la Universidad Católica. Esto ha sido posible por el trabajo de más de un año de ir congregando los que trabajan en la educación católica. ¡Hermoso fruto y comienzo de frutos verdaderos y duraderos!

Hoy de mañana se han reunido un grupito de adolescentes, con inquietudes vocacionales, en lo que podríamos llamar pre-seminario. Ya se han reunido en otra ocasión. Es un camino para ellos, y también para fomentar la pastoral vocacional en nuestra Diócesis. Les he presentado como guía al gran sacerdote y misionero, padre de nuestra Iglesia, el Siervo de Dios Jacinto Vera.

Traigo estos ejemplos concretos, para invitarlos a que cada uno, y cada comunidad haga una letanía de las presencia de gracia del Señor de la gloria entre nosotros, mirando también lo que obra en los hermanos y lo que recibimos de la totalidad de la Iglesia local.

6. Un lugar especial del señorío salvífico de Cristo glorificado es el ministerio ordenado. El sacramento del obispo es principio visible de unidad de la Iglesia local. A él lo acompaña el presbiterio, que forma cuerpo con el obispo. La unidad del obispo y del presbiterio, unidad de fe y esperanza, unidad de obediencia a Cristo y al llamado del Padre, unidad en el servicio al Pueblo de Dios, es fundamento de la unidad de la diócesis.

Agradezcamos a Cristo glorioso su humildad en hacerse visible como cabeza por medio del obispo con su presbiterio. ¡Este sacramento es presencia de su pasión salvadora, de su resurrección gloriosa y de su acción sentado junto al Padre. ¡Que nos conceda vivir con mayor fe, humildad y obediencia, entrega y generosidad, el ser sus instrumentos!

Con respecto al servicio diaconal, enseguida leeré las palabras del ritual y lo viviremos en la ordenación.

7. El Año Jubilar ha sido y es también un llamado a la conversión. Hemos escuchado las exhortaciones de San Pablo a la unidad, la humildad, el amor, el crecimiento común.

Por eso pidamos intensamente: Señor, conviértenos a ti, y nos convertiremos. Derrama tu Espíritu desde el seno del Padre para que afiance nuestra fe, eleve nuestra esperanza, queme con el fuego de su amor todo lo que debe ser purificada y nos vuelva una ofrenda pura, santa, agradable a Dios.

8. La Eucaristía, la Santa Misa, es el máximo ejercicio del sacerdocio de Cristo glorificado junto al Padre. En ella une consigo a la Iglesia, su Esposa y su Cuerpo, dándole su mismo Espíritu. Que sea fruto del Año Jubilar una mayor y mejor comprensión y vivencia de la Santa Misa. Que nos entreguemos más al culto público y perfecto que Cristo tributa con la Iglesia al Padre. Que nos dejemos santificar más plenamente para que nuestra vida pertenezca a Dios, unida a la ofrenda del único perfecto sacrificio de Jesús.

Quiera el Padre, por Jesús, en la unidad del Espíritu Santo recibir nuestra ofrenda de acción de gracias, por la multitud de dones que hemos recibido.

Que María, Nuestra Señora de Guadalupe, nos acompañe en la nueva etapa de nuestra querida Diócesis y nos ayude a ser buenos servidores, como los de Caná, cumpliendo con la enseñanza que Ella nos dejó: hagan todo lo que él les diga.

Y ahora me voy a dirigir directamente a los que van a ser ordenados diáconos. En este caso uno será diácono permanente célibe y el otro diácono permanente casado. A ambos les leeré las exhortaciones que trae el ritual de ordenación.