pastoragua

 

Sea alabado Jesucristo. R./. sea por siempre bendito y alabado.

 El nuestro Señor crucificado, que surge glorioso del sepulcro, que asciende a la derecha del Padre, como Sacerdote y Mesías eterno, como Señor y Dios.

I - Antes que nada pongamos ante nuestros ojos los hechos, porque nuestra fe es sobre la realidad: el que fue crucificado, al tercer día resucitó: su sepulcro se encuentra vacío, sin violencia de ninguna clase; él se aparece a los testigos escogidos, los que convivieron con él antes de su pasión. Sí es una realidad: Cristo vive, y vive glorioso, inmortal.
 Por eso nuestros hermanos cristianos de Oriente hoy se saludan con la confesión de fe:
Cristo resucitó, dice uno. Y contesta el otro: en verdad resucitó. Repitámoslo con gozo y firmeza: CRISTO RESUCITÓ. R./. EN VERDAD RESUCITÓ.

II - Esta acción extraordinaria, de la resurrección de Jesucristo es la culminación de la obra de Dios, como lo hemos ido contemplando guiados por la palabra de Dios. Porque vivimos en una creación y en una historia en la que Dios actúa, obra, crea, salva, y cuya culminación en la muerte y resurrección de Jesucristo.
 La creación entera, y sobre todo el hombre, fueron hechas a la luz de Cristo resucitado. Dios nos ha creado para la vida inmortal, para participar de su propia vida.
Las acciones maravillosas de la Historia de la Salvación son preparación y participación de la potencia de Dios que se despliega en la resurrección de Jesús y en su entronización junto a Dios.
La humanidad nueva que con Noé sale del diluvio anuncia al Pueblo de Dios que nacería de las aguas bautismales.
El sacrificio de Isaac anuncia al verdadero sacrificio en que el mismo Dios entrega a su Hijo unigénito.
El cordero pascual que salvó a los hebreos del exterminio era figura del verdadero cordero cuya sangre marca las puertas de los fieles, nuestros cuerpos llamados a ofrecerse con Jesús y resucitar con él a vida nueva.
Especialmente la antigua Pascua, la liberación de la esclavitud del Faraón, y el pasaje a la libertad y la alianza, preparaban la Pascua definitiva.
Los profetas anunciaron todos al Siervo sufriente que se entregaría por la multitud, al Ungido, Mesías, Salvador, que conduciría al pueblo, rescatándolo no ya de un poder político, sino de la esclavitud del pecado y de la muerte, para llevarlo a la plenitud de vida de Dios, en la alianza eterna, sellada por su sangre, realizada en el don del Espíritu Santo.

Por eso, mis hermanos, reconozcamos con fe firme, renovémonos en la esperanza cierta de que la vida tiene un sentido, está apoyada en el obrar de Dios, creador, redentor, salvador, dador de vida eterna. Pongámonos en las manos del Padre, que al entregar a su Hijo y al aceptar su ofrenda, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha, a todos nos perdona, nos rescata, nos salva, nos hace partícipes de su propia vida.

III – Esa Historia de Salvación, es actual. Cristo resucitado ofrece continuamente al Padre la ofrenda de sí mismo y derrama desde el seno del Padre el Espíritu Santo y toda gracia. La Historia de Salvación continua humilde, callada, pero veraz y poderosa por obra de Jesucristo en su santa Iglesia.
Por ello, con el poder de su Espíritu se anuncia que Dios nos ha perdonado en Cristo, que nos ha resucitado en él. Si creemos y nos abandonamos en sus manos, recibimos el perdón y la vida. Por pura gracia somos salvados.
En la Iglesia, en la fe, recibimos las acciones de Cristo que nos hacen participar de su Pascua.
Por eso en esta noche santa vivimos que por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en su muerte, y hemos resucitado con él. Hoy la Iglesia en toda la tierra se goza con los nuevos hijos de Dios, que ella engendra en su seno, del agua y del Espíritu Santo.
El bautismo Dios lo sella, lo confirma con la gracia de la unción: el don del Espíritu Santo para ser un pueblo consagrado para Dios.
En la Iglesia, en cada Eucaristía, Jesucristo Señor, renueva su sacrificio pascual y la victoria de su resurrección, uniendo consigo a su Esposa la Iglesia, a nosotros su cuerpo, para que vivamos en la novedad de la vida eterna.


IV – Si hemos resucitado con Cristo andemos en vida nueva. Dejémonos perdonar por Dios. Abramos nuestro corazón para que obre en nosotros maravillas. Dejémonos iluminar, consolar, guiar, fortalecer, según las necesidades de nuestra alma: la muerte ha sido vencida, que por la fe venza ya la vida de Cristo en nosotros, en la esperanza de la resurrección futura.
Presentémonos con Cristo ante el Padre. Ofrezcamos una vida concorde con la voluntad del Padre. La obediencia cotidiana a la voluntad de Dios. La ofrenda de nuestros dolores y sufrimientos. El cumplimiento de nuestros deberes de estado. Aún la paciencia y el silencio para llevar la cruz, apoyándonos en el Señor, son parte de la realización de nuestro camino de discípulos de Jesús.
Porque confesar a Cristo muerto y resucitado no es una solución de final de película, sino es la transformación de todo, del dolor, de la muerte, de la vida y de la belleza, de lo desagradable y lo triste. Todo está llamado a ser transformado en la cruz y la resurrección.

V – Como Iglesia estamos llamados a proclamar a Cristo muerto y resucitado, como Señor y Salvador en medio de un mundo de dispersiones, de buena voluntad y de intentos vanos. También, en un mundo que frecuentemente saca a Dios del medio.
Nuestra gloria es la cruz de Jesucristo: no nos avergoncemos de él. Nuestra fuerza es nuestra debilidad apoyada en el poder de la resurrección: no dudemos de él. Nuestra victoria es nuestra fe.

CRISTO RESUCITÓ R./. EN VERDAD RESUCITÓ
a Él la gloria y el poder, la alabanza y la acción de gracias, el honor y la gloria,
a Él nuestro amor y nuestra gratitud,
con Él y por Él la gloria al Padre de quien procede todo bien.
en la unidad del Espíritu Santo, en nuestros corazones y en nuestra vida,
en la Santa Iglesia peregrina y en la Jerusalén celestial, con los ángeles y santos.
ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.