pastoragua

 

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.
Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Una multitud de afectos e ideas nos ha movido la Palabra de Dios, el testimonio del Espíritu Santo, sobre Cristo, en su pasión, crucifixión y muerte.
Todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, toda la verdad sobre Dios y sobre el hombre, sobre el pecado y la gracia, la vida y la muerte, la condenación y la redención, tienen su total revelación en Cristo crucificado. Por eso, cada cual guarde en su corazón, medite, y profundice aquél tesoro que el mismo Espíritu ha puesto en él en este día.

Celebramos la gloria de Jesús, Hijo de Dios, exaltado en la cruz.
Cristo resucitado, glorificado, con sus santas y preciosas llagas, nos proclama: me mirarán a mí, al que traspasaron.
Y nosotros, obedientes a su voz, lo miramos a él, con su corazón abierto y venimos a beber de las fuentes de la salvación.

I – una primera palabra que nos mueva a la conversión brilla en la realización del amor de Dios en la cruz de Cristo. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4,9-10). “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros” (1Jn 3, 16).
Quiera el Señor tocarnos con su amor, de forma que muramos a nosotros mismos. “Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2 Cor. 5,14-15).
Es ésta la conversión radical de la fe cristiana. Creer en el amor del Padre, en la entrega de Jesús, para dejarnos curar, sanar, perdonar, y para nos cambie el corazón con su caridad a fin de que lo amemos, anteponiendo a todo el amor a Cristo.
Y, a su vez, este mismo amor a él nos lleva a amarnos unos a otros. “Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn. 4,11).

2. Una segunda mirada al que atravesamos, nos da una lectura profunda de la vida humana, de la historia pasada, y de la situación presente, del bien y del mal: la realidad del pecado y de la gracia de Dios. Mirando al que atravesamos, comprendemos como el verdadero mal es el pecado, y nos damos cuenta de la fuerza y dilatación del misterio de iniquidad en todas las dimensiones de la vida: la privada y familiar, la social y política.
No se habla de pecado. A lo más se habla de males, que se tratan de acomodar con la justicia humana, con el premio o castigo de los hombres. Con frecuencia buscamos aprovechar la ocasión de la caída ajena, para ocultar nuestros propios pecados. Nos escandalizamos de los otros. ¡Qué difícil es reconocer el pecado propio! Mucho más si es en público y tiene consecuencias en el aprecio de los demás, o económicas o políticas.
Dios entregando a su Hijo por nosotros, nos entrega la única solución, la única salvación: el perdón de los pecados, la gracia, la conversión, la justicia regalada por Dios, que da frutos de caridad y santidad.
Oremos intensamente para que el Señor nuestro Dios regale el don del Espíritu Santo, para atraer a los hombres a la gracia del perdón y la reconciliación, que mueve a la confesión del pecado y al arrepentimiento. El Evangelio del perdón dado gratuitamente en la cruz de Cristo es la única proclamación real y efectiva que sana y quita el pecado del mundo, si es recibido con la humildad de la fe.

3) Siguiendo las reflexiones de días pasados miremos al que atravesamos, para adentrarnos en las actitudes fundamentales de su corazón y pedirle la gracia de participar de ellas.
En la pasión se manifiesta toda la humildad de Jesús. Recordemos los términos de la profecía de Isaías aplicados a Jesús: uno ante el cual se oculta el rostro, despreciado, desestimado, sin belleza, sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, leproso, herido de Dios, humillado. Y él maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca.
Pero esa humillación es su victoria. A causa de los trabajos de su alma, justificó a muchos. El Evangelio según San Juan está escrito para mostrar la gloria del crucificado, para que comprendamos que en ese desastre, en ese rey aparentemente vencido, en el mesías abatido, se da a conocer la gloria del amor de Dios, de la humildad de Dios.
El Hijo no busca nada para sí, sino que quiere la gloria del Padre. Y esa gloria es patente en Jesús levantado en lo alto, porque lleva a cumplimiento la obra del amor divino.
Pidamos participar de su humildad, no buscando otra gloria que la del Padre en su Hijo elevado en la cruz. Jesús dijo: “¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios?” (Jn.5,44). Que él nos conceda no buscar sino la gloria de Dios y su obra en nosotros.
En la pasión está patente la obediencia de Cristo. Lo hemos visto en los hechos y nos lo ha proclamado la carta a los Hebreos. “Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, de sus sufrimientos, a obedecer”. Es la obediencia al Padre lo que perfecciona a Jesús, como sumo sacerdote, y como cordero, como víctima perfecta. Es la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz lo que lo moldea en su alma, en su humanidad, como Hijo perfecto, en quien el Padre tiene sus complacencias.
Y nosotros que somos fruto de su obediencia, somos también perfeccionados como hijos de Dios, en la medida de nuestra obediencia. Él “llevado a la consumación, a la perfección se ha convertido en autor de salvación eterna para todos los que le obedecen”.
La pasión y muerte de Jesús es su entrega total y definitiva. Su ofrenda, su sacrificio. Él es el sumo y eterno sacerdote, él es la víctima pura, propiciación por nuestros pecados, cordero inmaculado. Su sacrificio perfecto, hecho de una vez para siempre, no pasa, sino que es siempre actual: es el perdón de los pecados, es la efusión de la gracia, es la alianza nueva y eterna, es la misma vida eterna en comunión con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo.
Pidamos para nosotros, para toda la Iglesia, para los que serán incorporados a ella por el Bautismo y la Confirmación, para que se consume nuestro propio ser, nuestro propio misterio de miembros de Cristo: que aprendamos más y más a ofrecernos a Dios, hasta que lleguemos a ser ofrenda eterna, con María, los apóstoles, los ángeles y los santos.
Modelo Jesús y realización perfecta de la paciencia. Que él nos obtenga la capacidad de padecer sin quejarnos, la comunión con sus padecimientos. Que Jesús que conoce nuestra debilidad, porque fue probado en todo, menos en el pecado. Él que es sumo sacerdote compasivo nos obtenga la paciencia, la perseverancia, la constancia, para que la gracia de Dios triunfe en nuestra debilidad.
Cuando oremos por toda la Iglesia y el mundo entero, cuando adoremos la Santa Cruz, cuando nos alimentemos con la víctima ofrecida en la cruz, pidamos para nosotros y para toda la Iglesia estas disposiciones sanadoras, estas virtudes vencedoras.
Oremos por la humanidad entera, y, especialmente, por nuestro pueblo, por el pueblo uruguayo. Que tanto en lo personal y en las familias, pero también en lo público, en la educación, en la social y político se deje sanar por el Salvador. Hay dimensiones de la vida social y política que no se arreglan social y políticamente. Por eso pedimos que nuestro pueblo, y también los gobernantes, se dejen curar por la humildad ante Dios y ante los hombres; por la obediencia a Dios y la entrega a su voluntad; por la paciencia, que incluye perseverancia en la virtud, saber sobrellevar agravios y perdonar. Sin ello, no hay solución a las fracturas de la vida de un pueblo.
Pidamos de un modo especial por los jóvenes, para que el Espíritu Santo los una a Cristo, por la humildad, la obediencia, la entrega y ofrenda, la paciencia.

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo.