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Parroquia de la Inmaculada Concepción de Pando

Sea alabado y bendito Jesucristo r./. sea por siempre bendito y alabado

 Hermanos carísimos, nos reúne hoy nuestro Rey y Cabeza, nuestro Sumo Sacerdote, el ungido para traer el Evangelio del Padre, el Esposo que amó a la Iglesia, para unirnos estrechamente en el fruto de su bienaventurada Pasión y su gloriosa Resurrección y su admirable ascensión a la derecha del Padre, el dador permanente del Espíritu Santo.
 Según está escrito, “aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida” (Jn. 3,34). Esta Misa Crismal nos hace vivir la gracia sobreabundante del Espíritu Santo que desde la cabeza, Jesucristo, se derrama sin medida sobre todo su cuerpo, la Iglesia.

I) Escuchando el testimonio del Espíritu Santo, en primer lugar miremos al autor y consumador de nuestra fe a Jesús, Hijo de Dios. La Palabra de Dios nos lo ha proclamado especialmente como el ungido por excelencia, el mesías, el Cristo.
 Él estaba prefigurado en Aarón y todos los sumos sacerdotes consagrados por la unción santificadora. Jesús llego a ser sumo sacerdote perfecto por sus sufrimientos, y habiendo realizado la redención eterna, por su propia sangre, entró en el santuario celestial, donde se ofrece e intercede como sacerdote y cordero inmaculado.
Él estaba anunciado en David, a quien Dios buscó, eligió como rey y ungió con óleo santo, para que fuera conducido por el Espíritu tanto en las batallas, cuanto en la inspiración de los salmos. ((El Domingo pasado, retomando la confesión del pueblo hebreo, con la fe plena de la Iglesia, aclamamos a Jesús, entrando en Jerusalén, como Hijo de David, con reinado salvador y eterno)).
Hoy se cumple la escritura que acabamos de oír. Como había proclamado el profeta, y como el mismo Jesús lo declaró en la sinagoga de Nazareth, el Espíritu del Señor está sobre él, para que anuncie la gracia definitiva de Dios, el año jubilar de perdón y reconciliación, el Evangelio de la libertad, de la luz, de la vida.
((El Espíritu Santo habitó en Jesús desde su concepción y descendió sobre él en el Jordán. Llevado por el Espíritu Eterno se ofreció en la cruz)). Resucitado y glorificado por el Espíritu que da vida, exaltado por el Padre a su derecha, Jesús es el dador del Espíritu prometido.
II - Jesús, Cristo, mesías, ungido no con aceite material, sino con el Espíritu Santo, sigue obrando su mediación sacerdotal. Él es el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra, rey salvador universal. En los cielos Cristo ejerce su mediación perpetua, ante el Padre, en presencia de los coros de los ángeles.
Al mismo tiempo, Cristo une consigo a su esposa la Iglesia en esta acción vivificante por obra del Espíritu Santo. La Sagrada Liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella está Cristo siempre presente. En esta obra de santificación de los hombres Cristo asocia consigo a su Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre. Aquí los hombres somos santificados por esta obra de Cristo Sacerdote y cabeza junto con su cuerpo que es la Iglesia, pueblo de sacerdotes y reyes (cf. SC 7).
III – hoy, En esta celebración litúrgica, se manifiesta plenamente y se actualiza esta acción sacerdotal, por medio de la oración de Cristo con su Iglesia, el Espíritu desciende sobre los santos óleos.
El óleo de los enfermos hace patente el amor especial del Hijo de Dios para con el hombre que sufre en su propio cuerpo. Jesús cargó con nuestras enfermedades y llevó sobre sí nuestras dolencias. El inmortal tomó una humanidad mortal y padeció en su propia carne hasta la muerte y muerte de cruz. En su encuentro con los hombres Jesús tuvo una particular atención para con los enfermos y para el ser humano que enfrenta la muerte.
Por ello, vencedor de la muerte, de muchas maneras acompaña a los miembros sufrientes de su Iglesia La bendición de este óleo hará que sea instrumento del Espíritu Santo, que de vigor al cuerpo debilitado, que comunique la protección de Dios, que una con la pasión salvadora de Cristo, que levante el alma al consuelo y la esperanza de vida eterna.
El óleo de los catecúmenos significa la ayuda de Cristo para el combate cristiano. Nuestra lucha no es con las fuerzas humanas, la carne y la sangre, sino contra el tentador y el pecado. Reconocemos que no podemos vencer por nosotros mismos. Primero para los catecúmenos en su acercamiento al agua bautismal y luego toda la vida necesitamos de la unción de la gracia del Espíritu Santo, porque como nos enseñó el Señor ‘sin mí no podéis hacer nada’.
En lo más alto de la efusión del Espíritu está el Santo Crisma, ungüento perfumado, por el que participamos de la plenitud del don del Espíritu Santo, que reposa sobre Jesús, el Cristo, el Ungido, el Mesías. Por el Santo Crisma se nos comunica toda la novedad de la alianza eterna en la sangre de Cristo, por la efusión total del Espíritu en Jesús, la cabeza, y en todo el cuerpo de la Iglesia.
La iniciación cristiana, es decir, la inserción en el misterio de Cristo y de su Iglesia, se hace por los dos sacramentos primeros, que establecen en la nueva alianza: el bautismo y la confirmación. Dos sacramentos íntimamente unidos que tienen su origen en el envío por parte del Padre de su Hijo y del Espíritu Santo, Por eso nueva alianza es fruto de la muerte y resurrección de Cristo y del envío del Espíritu de la promesa.
Hechos miembros de Cristo por el bautismo, la plena y perfecta incorporación a la Iglesia se nos concede por la unción del Santo Crisma, que nos convierte en cristianos perfeccionados, ungidos, sellados en propiedad del Santo Espíritu, para que dejemos que obre plenamente en nosotros. Así, somos totalmente consagrados, como pueblo de reyes, sacerdotes y profetas, partícipes de Cristo, Rey inmortal, profeta y Maestro de la verdad, testigo fiel del Padre, Sumo y Eterno Sacerdote del sacrificio perfecto y del culto que al Padre agrada.
Queridos hermanos: como pueblo de consagrados por el Espíritu, oremos por aquellos que recibirán el sello del don del Espíritu Santo y pidamos que todos los confirmados renovemos nuestra fidelidad a la consagración de la iniciación cristiana.
IV – Ahora me dirijo especialmente a ustedes, mis hermanos sacerdotes. Los que fuimos separados para el sacerdocio por la imposición de manos del obispo y la oración, es decir, el obispo y los presbíteros, recibimos una efusión particular del Espíritu Santo, y fuimos ungidos con el Sagrado Crisma. Los obispos son ungidos en la cabeza, como quienes tienen la plenitud del sacerdocio, para la santificación de todo el pueblo de Dios, cual sucesores de los apóstoles. Los presbíteros son ungidos en las manos, como quienes están consagrados a la oración por todo el pueblo, en especial en los sacramentos y la Santa Misa.
Queridos hermanos en el sacerdocio. Con la certeza de la fe confesemos la grandeza del sacerdocio de la Iglesia, que nos hace instrumentos de Cristo y particularmente ungidos y consagrados por el Espíritu. ¡Qué increíble don haber sido tomados por Jesús para que él obre por medio de nosotros, para que seamos instrumentos del Espíritu Santo!
Hermanos, con gozo afirmemos que no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Jesucristo y a su Iglesia y por todas partes demos testimonio del amor de predilección que el Señor ha tenido para con nosotros y tiene hoy, pues él es fiel y no niega su elección.
Al mismo tiempo, con humildad reconozcamos la distancia infinita que hay entre el don que nos ha constituido sacerdotes de Cristo y la realidad de nuestra pequeñez y nuestras infidelidades. Pidámosle la acción del Espíritu con el que fuimos ungidos, pidámosle la gracia de la conversión y la fidelidad en todo, en lo grande y en lo pequeño.
Al volver renovar las promesas hechas un día ante el Obispo y ante el Pueblo santo de Dios, queramos con sinceridad y humildad mejorar, cambiar, todo aquello que no es según el sentir y el querer de la Iglesia. Recordemos que Cristo al que estamos configurados salvó a la humanidad entera por su obediencia y que la verdadera fecundidad de nuestro sacerdocio será fruto de nuestra obediencia, efecto de la unción del Espíritu Santo.
Mis hermanos, no les sorprenderá que en esta exhortación a la humildad, a la entrega y a la obediencia haga un llamado preciso a la fidelidad a la Iglesia, a su Sagrada Tradición y a sus leyes, en la celebración de la Eucaristía y en todas las acciones litúrgicas.
La misma unción del Espíritu que nos une a Cristo en la obediencia, que nos hace participar de la fe de la Iglesia, nos lleva a celebrar ‘con unción’, con piedad, con reverencia, con santo temor de Dios y con el gozo de la alabanza y la adoración en Espíritu y en verdad.
Mis queridos diáconos. En su ordenación no recibieron la unción del Crisma, porque no fueron consagrados para presidir la Eucaristía. Tienen, por cierto, la unción del Santo Crisma de la Confirmación. Recibieron sí por la imposición de manos una participación especial del Espíritu para el servicio, para ser servidores. Ministros y servidores del Evangelio, que se les entregó, que proclaman en la Eucaristía, que han de llevar por doquier. Servidores del cuerpo y de la sangre de Cristo, que han de distribuir y llevar. Servidores de los pobres, de la porción predilecta del cuerpo de la Iglesia. Quieran hoy renovar de corazón las promesas de fidelidad a la gracia que recibieron.
Hermanos todos. Alabemos a Dios que hace cosas tan grandes en medio nuestro. Demos gracias por la acción salvadora de Cristo, en su Iglesia, por la efusión del Espíritu Santo. Oremos con sinceridad y confianza con las oraciones de la Sagrada Liturgia. Abramos el corazón a la acción del Espíritu Paráclito, que nos consuela y defiende, que nos aconseja y acompaña, que nos da la fortaleza para vencer en el combate cristiano, para unirnos con las acciones de Cristo en la Liturgia y en nuestra vida de ungidos, consagrados, de tal forma que con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo, en su solo cuerpo y un solo Espíritu, entremos más plenamente en el Santo Sacrificio de la Misa y podamos ofrecernos al Padre como una ofrenda pura, aquí, ahora, y en la eternidad, por los siglos de los siglos. Amén.