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HOMILÍA EN LA MISA

Sea alabado y bendito Jesucristo r./. Sea por siempre bendito y alabado.
 Aquel cuyos padecimientos se nos acaban de proclamar: sus dolores, su entrega, su humildad, su paciencia, su obediencia al Padre, su amor al hombre.
 Sea bendito Jesús y él, que está ahora en los cielos, nos envíe el Espíritu Santo, para que nos haga participar de los beneficios de su bienaventurada y preciosa Pasión.
 Antes que nada, que cada uno de nosotros atienda y escuche lo que el mismo Espíritu ha movido en su corazón. -- Que el que siente dolor de sus pecados, lo profundice para arrepentirse, para llorar y, sobre todo, para convertir el corazón al Señor.-- Que el que es movido al amor de Dios, se deje encender en él y le ofrezca toda su alma al Señor. --Que el que necesita consuelo, se deje consolar por el amor de Jesús. Que el que necesite paciencia, la beba del Señor.
 I ) Para nuestra breve meditación en común, retomo algo que dijimos al comienzo de la procesión:
 Pidamos la gracia de la conversión. El Reino de Dios, su gracia, su amor, su perdón, la vida divina de hijos de Dios, se nos entrega gracias a la pasión y muerte de Jesús. Conviértete y cree en el Evangelio.
 Que gire nuestro corazón y mire el amor de Cristo crucificado y se deje tomar por ese amor. Que cambie nuestra cabeza, nuestras ideas, nuestros deseos, y se decida a reconocer el amor de Dios y a querer vivir en él y de él.
 Es la gracia, el regalo, que tenemos que pedir ante Cristo crucificado: que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para aquél que por nosotros murió y resucitó.
 Católicos, no nos pertenecemos y no queremos pertenecernos: somos suyos y queremos ser suyos, somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
 Hermanos: no podemos servir a Dios y al mundo. Hemos sido bautizados para participar de la muerte y resurrección de Jesús, para morir con él a todo pecado y vivir para Dios.
Nos ha liberado Jesús de una vida vacía, según el mundo, para tener vida en plenitud, según los mandamientos divinos.
Siempre podemos convertirnos o, al menos, pedir la gracia de la conversión. De que más profundamente la verdad, la realidad, que dirija nuestra vida, que funde nuestras ideas, nuestros deseos, nuestras opciones sea Jesucristo, su palabra, su amor, su muerte y su vida.
En esta Semana Santa, dediquemos el mayor tiempo posible a la oración, a la escucha de la Palabra de Dios, a los sacramentos, especialmente hagamos una buena confesión, al ordenamiento de nuestra vida, según los mandamientos de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Abandonemos todo pecado, todo lo que contradice el amor de Dios y sus mandatos y corramos por la vía segura que Cristo nos ha inaugurado.
II) A la conversión, que debe renovarse siempre, sigue la iniciación, el dejarnos meter en la realidad de Cristo y de su Iglesia.
Hay una primera iniciación que hemos hecho en la catequesis de iniciación. Si alguno no la ha hecho que se acerque a la Parroquia para hacerla, sea niño, adolescente, joven o adulto. No podemos vivir en cristianos, sin la iniciación de la catequesis.
Pero, a su vez, esa iniciación, ese dejarnos introducir, meter, en Cristo y en su Iglesia, ha de profundizarse.
La Semana Santa es camino para iniciarnos más en quién es Jesús, y quiénes somos nosotros, quién es cada uno, visto desde la luz del sol: es decir, desde la luz de Cristo, de su bienaventurada pasión y su gloriosa asunción.
Católicos: ¿cuánto tiempo dedicamos a conocer y amor a Jesucristo y cuánto tiempo a distracciones?
Queramos conocerlo a él, la eficacia de su resurrección y la comunión con sus padecimientos.
Esta iniciación, y esta profundización es un llamado a conocer, sí, a celebrar en las celebraciones de la Iglesia, sí, a convivir con Cristo.

A modo de llamado, pongo ante nuestros ojos, tres disposiciones del corazón de Jesús, realizadas plenamente en la Pasión, para que nosotros busquemos meternos más en ellas:
- la humildad: no tengo nada bueno, sino por don de Dios. No gloriarse en sí mismo, sino en el Señor.
- La obediencia al Padre. Jesús fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz, y así nos rescata de nuestras rebeldías, de nuestra soberbia. Pidámosle como crecer con él en la obediencia.
- La entrega: Jesús se ofreció al Padre en sacrificio de sí mismo, se entregó. La plenitud de nuestra existencia, de nuestro bautismo es entregarnos a Dios.
- La paciencia: lo más necesario para el ser humano. Saber padecer con humildad. Saber esperar en Dios, aún cuando para nosotros nos parezca que todo tarda mucho. Ponerse en manos del Padre en toda circunstancia.
Ahora en la Santa Misa, Cristo que está en el cielo, se hará presente en el altar. Cristo que murió en la cruz y que ahora se ofrece en el cielo al Padre, une a su Iglesia, nos une consigo. Al ofrecer el sacrificio del Cordero inmaculado, Jesús, pidámosles que nos una su obediencia al Padre, a su paciencia sin límites, a su entrega y ofrenda al Padre, para que nos haga participar más y más de su vida. Él que por nosotros murió y resucitó y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.