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En el Jubileo Diocesano por el ingreso de Mons. Orestes Santiago Nutti a la Catedral

25 de marzo de 2012 – Santa Iglesia Catedral Nuestra Señora de Guadalupe

Sea alabado y bendito Jesucristo r./. sea por siempre por bendito y alabado.

            Estamos reunidos, hermanos carísimos, en el Domingo, el día del Señor resucitado, el día en que la Iglesia de Dios, según la santa tradición apostólica es congregada en el nombre del Señor, por la elección de Dios, nuestro Padre, por Cristo crucificado y glorioso en los cielos, y por la fe y caridad que el Espíritu Santo derrama en nosotros, haciéndonos un solo corazón y una sola alma.

            En este V Domingo de Cuaresma, que nos conduce a la celebración anual del primero de los Domingos, el de la Resurrección de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, la Iglesia Santa, el Pueblo de Dios que peregrina en Canelones, celebra con gozo su nacimiento real como Iglesia particular con la recepción de su primer obispo, Monseñor Orestes Santiago Nutti.

            Pueblo congregado por la eficacia poderosa de la Palabra de Dios, comencemos por atender a la Palabra que el Espíritu Santo ha depositada en nuestros corazones.

            En este V Domingo de Cuaresma se nos ha proclamado el Evangelio de la Resurrección de Lázaro, que ocupa el capítulo 11 de San Juan, que es bueno luego retomemos en nuestra oración personal.

            En la Cuaresma la Iglesia Madre quiere conducir a sus catecúmenos hacia la noche pascual,  Al mismo tiempo, los ya iniciados por el bautismo, la confirmación y que ya participan del banquete del verdadero Cordero pascual, hemos de dejarnos renovar en la gracia recibida, hasta que lleguemos a la plenitud de Dios.

            I - La resurrección de Lázaro es el séptimo de los signos que narra el Evangelio según San Juan. Es la culminación de los signos que muestran a Cristo dador de vida. Ya se ha manifestado dando el vino nuevo del Reino en Caná. Ya ha alimentado abundantemente a la multitud, anunciándose a sí mismo como el verdadero pan bajado del cielo. Ya ha prometido el agua que salta hasta la vida eterna y le ha abierto los ojos al ciego, que obedeció a su mandato y se lavó en la piscina del enviado.

            Ahora la resurrección de Lázaro es el signo último del único que puede crear, dar el perdón de los pecados y resucitar muertos. Es aún un signo, es realidad pero apunta a más. Es realidad: muerto estaba muerto y en descomposición y vuelve a la vida por la fuerza de la palabra de Cristo. Es signo porque apunta a la resurrección de Jesús que es más que revivir: es que el hombre reciba en su carne la inmortalidad propia de Dios: la vida inmortal, la visión del Padre, la comunión total de la Trinidad, la perfecta caridad y el gozo sin fin de los bienaventurados.

            Así en este signo de la resurrección de Lázaro que el Espíritu Santo ha testificado en nuestros oídos y en nuestro corazón, somos iniciados en la fe de la Iglesia, del nuevo testamento y somos llamados a crecer en ella, de forma que de ella vivamos.

II)  Antes que nada, se nos introduce en la fe plena en Jesús.

            Jesús se nos manifiesta bondadoso, compasivo con el hombre. Él que tuvo sed de la samaritana, para llevarla a que buscara la verdadera agua de vida, él que se compadeció del ciego de nacimiento y de todos nosotros encerrados en la vanidad de nuestra ceguera, él se compadece del hombre mortal: de Lázaro su amigo, y de los sentimientos de dolor de sus hermanas, de tal forma que los circundantes proclamaban: ¡miren cómo lo quería! Jesús el compasivo, revela las entrañas de misericordia de nuestro Dios. Es ese amor misericordioso, cercano, que lo conduce hasta la propia muerte, llevando nuestras miserias, nuestras enfermedades, nuestros pecados, nuestra muerte.

            Además el Evangelio nos revela mejor quién es este Señor compasivo. El que fue proclamado como profeta, Mesías y salvador ante la samaritana, El que fue reconocido como Hijo del Hombre glorioso por el ciego de nacimiento, hoy nos proclama: yo soy la Resurrección y la vida, el que cree en mí no morirá para siempre. Es el Dios de la vida, que restaura la vida. Somos llevados a la fe en Cristo, que nos da la verdadera vida: la vida inmortal con él resucitado junto al Padre, la vida propia de Dios que comienza con la misma fe. La vida fundada en la fe en Cristo.

            Nos enseña San Pablo: que aunque estemos todavía en carne mortal, no debemos dejarnos llevar por la aparente fuerza de la carne, que encierra al hombre en sí mismo, sino que debemos vivir como resucitados, como quienes tienen vida nueva, dejándonos llevar por el Espíritu Santo.

            Así la fe en Cristo, se vuelve principio de una mente nueva, unas opciones nuevas, una libertad nueva: la de la alianza con Dios, la comunión con la obediencia de Jesús.

III) El evangelio escuchado nos inicia también en los caminos por los que Cristo, la Resurrección y la vida, nos introduce en la comunión con él, nos inicia y nos hace crecer en su propia vida.

            Los evangelios de estos domingos de Pascua, son todos iniciación sacramental, iniciación a la vida que Jesús nos da por sus accione sacramentales en su Iglesia. Es en el bautismo, sacramento de la fe, donde se nos pregunta como a Marta: ¿crees esto? Para que confesemos como ella: sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Mesías, el que tenía que venir al mundo. Antes del bautismo los catecúmenos serán interrogados, para recibir la plenitud del don de la fe en el mismo bautismo. Por  eso hoy oramos especialmente sobre nuestros catecúmenos para acompañarlos hasta la fuente bautismal.

También la comunidad entera de los bautizados en la Vigilia Pascual será interrogada en la fe para renovar la alianza bautismal, para zambullirse en la vida en que fue iniciada.

 Así, pues, el Evangelio de la vida, de Cristo nos da vida nueva, plena, que nos rescata de la muerte en todas sus dimensiones: muerte física, muerte del pecado, muerte eterna, y nos restaura en la vida verdadera.

IV)  Hoy se nos invita a una mirada eclesial a esta realidad que se nos está proclamando y que estamos creyendo. Cristo, Resurrección y vida, es inseparable de su Iglesia. El Rey Mesías guía a su pueblo. El que es la Verdad, nos habla por su Iglesia. El Espíritu Santo que nos da el don de la fe, nos hace partícipes de la fe de la Iglesia. El que es Salvador nos salva en y por su Iglesia.

            La Iglesia nos inicia en la fe y en los sacramentos, nos hace participar del Espíritu y la vida que hay en ella. Es la Iglesia, cuerpo de Cristo, por quien el Señor obra los sacramentos. Es a la Iglesia que somos incorporados para tener vida. Es en la Iglesia que no debemos seguir la carne, sino el Espíritu.

            Este año repetidas veces, juntos y por grupos dispersos, estamos celebrando el don de la Iglesia, la presencia de Cristo en ella, la acción de la Trinidad que congrega a la Iglesia. Y lo celebramos precisamente en nuestra Iglesia de Canelones, en la cual vive y actúa la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

            Lo celebramos para renovar la fe. Lo celebramos para alegrarnos y gozarnos. Lo celebramos para dar gracias. Lo celebramos para ser más fiel en nuestra misión de ser luz viva en Canelones.

V) Y hoy precisamente celebramos el don del Episcopado en la Iglesia. La Iglesia es Iglesia, cuerpo de Cristo, templo del Espíritu, Pueblo de Dios, por la Palabra que produce la fe, por el bautismo, la confirmación y se actualiza en el Sacrificio Eucarístico. Todos los bautizados, pues, somos la Iglesia. 

Y, a su vez, la realidad de la Iglesia no se da sin el ministerio episcopal, de los sucesores de los apóstoles. El Padre llama y congrega, Cristo Pastor, Sacerdote y Maestro obra, el Espíritu Santo actúa de un modo singular y específico por el ministerio de la unidad del obispo, al que se une el presbiterio y a quien ayudan los diáconos.

Renovemos, pues, hermanos, nuestra fe en el don del obispo para la Iglesia. Parte de la compasión de Cristo, de su cercanía, de su amor al hombre, es que haya llamado a los apóstoles y quiera quedarse y actuar por el ministerio del obispo.

Hoy debemos y queremos agradecer el don del episcopado en forma concreta como se ha dado en nuestra Iglesia canaria. De mí no voy a hablar: soy el que he tenido menos tiempo esta gracia. Para que podamos evocar mejor les he pedido a Mons. Hermes y a Mons. Orlando, que al final de nuestro encuentro traigan a la memoria algo de lo vivido en tantos años.

Es bueno que reconozcamos y aceptemos en el obispo la concreción de formas, estilos, porque es parte de este humanísimo ministerio. De Mons. Nutti la mayoría de ustedes tiene muchas anécdotas, experiencias, cuentos. Si tuviéramos tiempo podríamos hacer una larguísima velada evocando hechos. De lo que no cabe dudas es que con toda su humanidad y con toda su fe, se entregó como obispo a esta Iglesia que él amó.

Pero sobre todo en esta celebración recibamos el don de Cristo. El obispo es un regalo de Cristo a su pueblo y forma parte de la institución divina de la Santa Iglesia. La Iglesia local es precisamente una porción del pueblo de Dios a la que se le da un obispo como pastor propio. A él le cabe velar por la fe del pueblo de Dios, enseñar y cuidar que se enseñe la fe católica y apostólica. A él le compete cuidar la unidad de la Iglesia y congregara todos en esa unidad. A él le toca velar por el rebaño, lo que implica también el gobierno. Al obispo se le encarga presidir la oración de la Iglesia y los sacramentos, según la Sagrada Tradición y velar que se celebren según la voluntad de la misma Iglesia.

Queramos también renovar las virtudes con que hemos de recibir el don del obispo. Antes que nada la fe, la fe católica, en el sacramento del obispo. Junto con la fe, la esperanza que confía en Dios y en su gracia, que se comunica particularmente por la oración del obispo. Sobre todo la caridad, el amor y especialmente el amor a la unidad de la Iglesia, que es inseparable del amor a los hermanos y el amor al obispo. Junto con estas virtudes teologales, debemos desarrollar otra serie de virtudes: la benevolencia, la paciencia y el buen talante; la obediencia leal, sincera y sin ambigüedades, para ser encontrados fieles; la disposición a colaborar, la oración.

Es lo que Mons. Nutti llamaba la mística del obispo, en la Iglesia, en el presbiterio. Realidad que, por otra parte, él tenía bien consciente.

Por cierto, que también podría enumerar las mismas virtudes, y aún con mayor exigencia, que se piden de parte del obispo. Por ello oremos los unos por los otros y ayudémonos a ser más fieles a Cristo.

Recojámonos, hermanos, en la celebración. En ella primero haremos los escrutinios sobre nuestros catecúmenos, luego instituiremos lectores a tres hermanos nuestros, que van caminando hacia el sacerdocio.

Por cierto, toda realidad está en la Santísima Eucaristía. Celebremos juntos e sacrificio de Cristo, por el que nos rescata del pecado y de la muerte, y nos comunica la vida inmortal.

Demos gracias con alegría por los 50 años de nuestra Diócesis, por todas las gracias recibidas, y, de un modo particular por el ministerio episcopal de Mons. Nutti y sus sucesores, por el regalo de la sucesión apostólica, que nos permite vivir en la plenitud de  la Iglesia.   Traigamos todos los dones, ministerios, gracias de nuestra Diócesis y en el pan y el vino, pongámoslo sobre el altar, para que se unan a la ofrenda de Jesucristo “ persuadidos – como enseña el Concilio - de que la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros” (SC 42).

Al Padre, por Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo, en la Santa Iglesia, toda alabanza y honor, por los siglos de los siglos