pastoragua


18 de marzo de 2012 – Parroquia de San Antonio (Las Piedras)

Sea alabado y bendito Jesucristo.
Sea por siempre bendito y alabado.
Él que es la luz del mundo, el que abre los ojos al ciego para que vea la luz, e iluminado pueda creer.
Él, que está glorificado en los cielos, según el designio del Padre y con la potencia del Espíritu Santo, obra y actúa la salvación en la Santa Iglesia.
En este tiempo de Cuaresma va guiando a los elegidos hacia la iniciación plena en los sacramentos en que participarán en la Pascua. Y, al mismo tiempo, a su pueblo de bautizados los invita a la conversión y los guía para que se dejen introducir más y más en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

El Espíritu Santo nos ha ido guiando a lo largo de la cuaresma. El primer domingo se nos proclamó a Cristo tentado y vencedor del tentador, para que tengamos confianza en el combate cristiano. Luego se nos presentó a Cristo transfigurado, para que a la luz de la transfiguración y de su gloria, nos animemos a seguir el camino de la cruz. Luego se nos fue abriendo el misterio de la iniciación en Cristo por el bautismo, al anunciarnos el Señor el agua de vida: si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría un agua que da vida eterna.

Ahora detengámonos en el Evangelio que acaba de ser proclamado. Está en el capítulo 9 de San Juan. Es conveniente que en los próximos días lo escuchemos lentamente, para zambullirnos en él.
Ahora detengámonos sólo en algunos aspectos.
I ) Antes que nada se nos va introduciendo en quién es Jesús.
Aparece, su iniciativa, su gracia: pasó y vio. Dios se hace presente, visita a su pueblo, y poniendo los ojos en el ciego, hace gracia.
Jesús, que se anuncia como luz del mundo va siendo descubierto ante nosotros, parar que seamos iluminados por la luz de la revelación acerca de Jesús mismo.
Nuestra fe es en alguien, es un encuentro con alguien, con Jesús, y es fundamental escuchar y reconocer quién es él.
A lo largo del pasaje, se va revelando. Sobre todo el ciego lo va descubriendo, ese hombre llamado Jesús; luego, por el hecho de la curación reconoce que es un profeta – un hombre de Dios – y por último escucha la proclamación de Jesús:
¿Crees en el hijo del hombre? – Este título, algo difícil, proviene del profeta Daniel: el Hijo del Hombre, es un ser humano, pero que viene de Dios, está sobre las nubes del cielo, lo sirven los ángeles. Es un lenguaje para abrir al misterio de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios.
El ciego es humilde, pregunta: ¿y quién es Señor, para que crea en él?
Jesús se presenta: el que habla contigo.
Y el ciego responde: creo, Señor, y se postró ante él.
La postración, el ponerse de rodillas, rostro en tierra, es el reconocimiento de la divinidad de Jesús. Aquí el ciego ha sido plenamente iluminado, no sólo dejó de ser ciego para ver las realidades sensibles, sino que recibió la luz de la fe, para reconocer a Cristo, y su divinidad.
Es esta la culminación de todo el pasaje evangélico, y hacia donde nos conduce a nosotros el Espíritu Santo: a reconocer a Jesús, a confesarlo con los labios, a adorarlo con la mente y el cuerpo, a proclamar quién es y a vivir dejándonos iluminar por él.

II) El evangelio tiene también como una segunda trama: el de la iniciación cristiana. Todo él tiene un trasfondo de cómo la Iglesia nos inicia, nos introduce en el misterio, es decir, en la real participación de Cristo.
En primer lugar por la predicación. La Iglesia nos proclama a Cristo luz del mundo, y nos lleva a él, para que recibamos la luz de la fe. La Iglesia nos proclama a Cristo resucitado, para que creyendo en él, dejemos que obre en nosotros con la gracia de su pasión y muerte.
Por eso, hemos de iniciarnos y siempre profundizar en la fe de la Iglesia: no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia.
Pero además hay una iniciación sacramental, por las acciones y gestos corporales, unidos a la oración.
Está ese gesto, que para nosotros hijos de la higiene y temerosos nos parece fuerte: hizo barro con la saliva y le untó los ojos. Dos dimensiones tiene este signo: antes que nada el recalcar la humanidad de Cristo. Es por el contacto con su humanidad que somos salvados. La acción de Dios no es mental, no entramos en contacto con él por una idea. No es la encarnación. Es el cuerpo bendito, humilde y glorioso de Jesucristo el que nos da la vida, el que nos abre los ojos. Y ese contacto continúa hoy en los sacramentos en que Cristo obra por medio del cuerpo de su Iglesia: nos toca, nos lava, nos unge, se nos da en comida.
Por otra parte, implica de parte del ciego, la humildad y la obediencia. La humildad de reconocer aún más que no ve. La obediencia de con ese reconocimiento, embarrado, seguir el mandato de Jesús: ve a lavarte a la piscina de Siloé que significa enviado. Fui, me lavé y veo.
Es el sacramento del bautismo, en el que Cristo, el enviado, por su pasión y muerte, nos lava en su Iglesia y nos ilumina. Uno de los nombres del bautismo es el de iluminación.
El texto que escuchamos: Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz, que San Pablo cita, es probablemente un himno bautismal.
Aspiren los catecúmenos a ser iluminados por Cristo, a que les infunda la plenitud de la fe. Para eso oraremos todos enseguida, en los escrutinios, para que por la gracia de Dios tengan la humildad y obediencia del ciego y lleguen a la plena confesión y luz del bautismo.
Al ser bautizados se les preguntara – como Jesús al ciego - ¿crees en el Padre, crees en el Hijo, crees en el Espíritu Santo? Y serán lavados en la fuente bautismal.
Y toda la comunidad de los bautizados en la noche de Pascua, también será interrogada, para que con sus cirios encendidos, proclamen la fe con que fueron iluminados en la Pascua de su bautismo.

III) Hay otra dimensión de la iniciación a la que apunta la primera lectura. Escuchamos como fue elegido David, y ungido por el profeta, recibió el Espíritu Santo. El rito de la unción, es decir, del derramar aceite, expresa que como el aceite penetra en el cuerpo, así penetra Dios, con su Espíritu, para poseer a los que ha tomado para sí, a los consagrados. Así eran ungidos los Sumos Sacerdotes, como Aarón, y los reyes como David.
Ungido, se dice en hebreo ‘Mesías, y en griego ´’Cristo’. Así, pues, los reyes de Israel y los sumos sacerdotes eran ungidos, mesías, cristos. Cuando los reyes y sacerdotes no llevaron al pueblo a vivir la alianza con Dios, los profetas anunciaron que Dios enviaría uno plenamente ungido, consagrado, con el que salvaría a su pueblo. Así ‘mesías’, adquiere su sentido fuerte: el Mesías, el Cristo, el Ungido.
Jesús no fue ungido con aceite, sino con el mismo Espíritu Santo, en plenitud, en su concepción, desciendo luego sobre él en el bautismo, y resucitado con la fuerza del Espíritu es el dador del Espíritu Santo. Porque él es el Ungido, el Mesías, el Cristo, hace partícipe a su pueblo, a su cuerpo de la unción del Espíritu.
Por eso, somos iniciados en la participación del misterio de Cristo, injertados en la Iglesia, cuerpo de Cristo, por el doble sacramento del bautismo y la confirmación. En ambos obra la Santísima Trinidad. En el bautismo el Espíritu Santo, enviado por el Padre por medio de Jesús, nos perdona por dentro los pecados, y nos une a la muerte y resurrección de Jesús, para que muertos al pecado, hechos miembros de Cristo andemos en vida nueva, de fe, esperanza y caridad, hasta la vida eterna. En la confirmación Cristo nos da el Espíritu Santo para participar de la plenitud de la nueva alianza, del desborde de gracia y santidad que él nos ha obtenido. Por eso el sacramento de la confirmación se da por la unción con el santo crisma – el santo ungüento – que es un perfume, para que llenos del Espíritu Santo llevemos por todas partes el buen olor de Cristo.
Queridos catecúmenos: en la noche de pascua serán iluminados por Cristo en el bautismo, nacerán de nuevo del agua y del Espíritu Santo y por la oración del obispo sobre el Santo Crisma serán ungidos para ser miembros plenos del pueblo de reyes y sacerdotes que es la Santa Iglesia.
Hermanos todos, démonos cuenta de qué grandezas somos partícipes y reconociendo nuestra dignidad de bautizados y ungidos llevemos por todas parte el nombre y el buen olor de Cristo.

IV) Hay un último punto que quiero mencionar. Jesús que es luz del mundo, es también juez. Esta realidad es también una buena noticia. Si Jesús es juez, significa que las cosas tienen un sentido, una verdad, y vale la pena buscarla y vivirla.
Pero también es paradójico: si Jesús es juez o entramos bajo la luz de su juicio o no vemos nada.
Por eso Jesús afirma: he venido para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.
¿Quién llega a ver? El ciego que se reconoce ciego, se deja poner barro, obedece y se deja iluminar.
En cambio los que dicen ver, los que se quedan en su juicio, los que no reconocen su ceguera, y no se dejan curar, quedan ciegos.
Fijémonos. La gente que veía al ciego, ve el signo, pero queda ciega, se queda en el comentario exterior: es, no es, se parece. Los padres saben que es su hijo, que nació ciego, y que ahora ve; pero prefieren no meterse para no quedar fuera de la sinagoga. Y, sobre todo, los que saben, los hombres religiosos, los estudiosos, a pesar de los hechos, quedan ciegos, porque están aferrados a su propio juicio.
Y ahora recemos por los catecúmenos antes de participar de la actualización del sacrificio pascual de Jesús, nuestro Ungido, Sumo Sacerdote y Rey, que se ofrece por nuestra salvación y la del mundo entero. Que el Señor nos ilumine a todos.