Homilía de Mons. Heriberto Bodeant en la Misa de la reunión de la Comisión Nacional de Pastoral Juvenil. Seminario Interdiocesano "Cristo Rey", sábado 19 de febrero de 2022.

Esta reunión de la Comisión Nacional de Pastoral Juvenil tiene para mí un significado especial, porque siento que es el cierre de una etapa. Tengo 66 años y, si bien todavía es “matemáticamente posible” que pueda volver a ser presidente de esta Comisión, espero que tomen la posta obispos más jóvenes que ya vienen o vendrán haciendo camino.
Por otro lado, no me despido de la pastoral juvenil que, gracias a Dios, tiene lugar y presencia en la diócesis de Canelones. Tal vez en alguno de estos años que me quedan como obispo diocesano podamos también recibir allí una Jornada Nacional.

Quiero, en primer lugar, expresar mi agradecimiento a Leonel Altesor, quien, como secretario ejecutivo, especialmente en estos tres últimos años, se puso al hombro y cargó el trabajo de la Comisión, con una gran generosidad y entrega y, cabe destacarlo, buscando siempre mantener la participación de los jóvenes en la Mesa Permanente y, por supuesto, en la Comisión.

En segundo lugar, quiero dar la bienvenida a Mons. Milton Tróccoli, que aceptó este encargo que le dimos los demás obispos. Estoy seguro de que él hará camino con la Comisión en esta experiencia que hoy podemos llamar sinodal que ha sido la Pastoral Juvenil en el Uruguay, desde el año 75 en que comenzó a conformarse, con asesores como el P. Jorge Techera, aquí presente y al que algunos consideran un “monumento histórico”... tal vez quede mejor decir un "monumento viviente".

Estrellas que ayudan a mantener la dirección

Escuchando las cosas que fuimos compartiendo a lo largo de la jornada, fui pensando qué decir, qué dejar como un mensaje final. Siento que me toca hablar como “anciano”, de los que van mirando las estrellas para que la barca no pierda el rumbo, como dijo en el sínodo de 2018 aquel joven de Samoa (cf. Papa Francisco, Christus Vivit, 201).

El camino o la navegación, para seguir con la imagen de la barca, tiene una meta. Desde nuestra fe, nosotros podemos expresarla, por ejemplo, con palabras de san Pablo: “recapitular (o reunir) todas las cosas en Cristo” (Efesios 1,10) y “que Dios sea todo en todos” (1 Corintios 15,28). Caminamos, navegamos hacia un encuentro pleno y definitivo de la humanidad con Dios, Padre de Misericordia. Esa es la meta.

Entonces, quiero invitarlos, a cada uno y cada una de ustedes, no como miembros de la Comisión, sino simplemente como fieles cristianos, como hermanos y hermanas, invitarlos a mirar a tres estrellas, que, como las tres Marías, son una referencia fundamental en nuestra vida cristiana. Nada novedoso, pero nada que podamos decir que ya lo tenemos resuelto… Las tres estrellas de la fe, la esperanza y la caridad.

Profundizar la fe

Mi primera invitación, entonces, es a profundizar la fe, nuestra fe cristiana. Empezar por abrirnos más y más al misterio de Dios, al misterio de Cristo, al misterio del ser humano, imagen y semejanza de Dios. Entrar en el misterio de la mano de la fe. Entrar por la oración, la adoración, la meditación de la Palabra de Dios.

Entrar también por el conocimiento de lo que la Iglesia enseña… cuando leemos a Francisco, tomémonos el trabajo de ver lo que cita, ver cómo él conoce y nos recuerda la enseñanza de sus predecesores, la enseñanza del Concilio Vaticano II y también el magisterio de las Iglesias en los distintos continentes… América Latina, especialmente, recordándonos el mensaje de Aparecida, pero también mensajes de las Iglesias de África, de Asia, de Oceanía, no solamente del mundo europeo. La fe no es solo un profundo sentimiento de confianza en Dios, de creerle a Él; la fe tiene también un contenido.

No podemos perder el Evangelio como referencia crítica, no solo para nuestra vida personal o la vida de la Iglesia, sino para discernir frente a todos los mensajes, discursos y proyectos que nos llegan y que a veces asumimos y tomamos por buenos, sin más. Recordemos de nuevo a san Pablo: “Examínenlo todo y quédense con lo bueno” (1 Tesalonicenses 5,21). Lo bueno, lo realmente bueno, muchas veces está escondido, está en el valor que en el fondo se está jugando y que tiene que ver con la dignidad y con la finalidad de la persona humana.

Cuando queremos compartir la fe hay un problema de lenguaje. San Juan Pablo II nos decía que la evangelización tenía que hacerse nueva, no en su contenido, porque “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13,8) sino nueva en su expresión, para que el mensaje pueda ser entendido hoy.

“Pascua”: una palabra que expresa lo que está en el centro de nuestra fe. Para muchos, totalmente extraña; no tiene ningún significado, no interesa… pero cuando, de repente, unos jóvenes se encuentran ante la muerte de otro joven, la Pascua de Cristo tiene mucho para decir.

¿Cuál es nuestro testimonio? ¿Qué es lo que hemos vivido? ¿Cuál es la experiencia de vida que podemos compartir, en la que comunicamos nuestra fe?

Ser y dar esperanza

Mi segunda invitación es vivir la esperanza. Ser esperanza. Dar esperanza.
La frecuencia del suicidio de los jóvenes ha sido llamada “la otra pandemia”.
Escribiendo sobre depresión y causas de suicidio, decía un psicólogo que lo que lleva a la depresión es el juntar tres visiones negativas: una visión negativa de sí mismo, una visión negativa del ambiente, y una visión negativa del futuro. No valgo nada, no sirvo para nada; nadie me ayuda, no puedo contar con nadie, todos me rechazan… no hay futuro… entrar en ese pozo de negatividad y de dolor lleva a no ver otra manera de terminar con el sufrimiento que terminar con la propia vida.

Vivir, ser y dar esperanza es poder descubrir y transmitir el amor de Dios por cada uno de nosotros; descubrir y transmitir su presencia en este mundo; levantar la esperanza de que hay la promesa de una plenitud de vida, de una vida más allá, como bandera… una bandera que no sostenemos, sino que nos sostiene, nos anima y fortalece en el camino de esta vida, en medio de todas las contradicciones y adversidades.

Vivir la caridad

Finalmente, y nada menos, la invitación a vivir la caridad, a vivir el amor.
“En todo amar y servir” (San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 233). 
El amor es el que da sentido al servicio, el amor es el que hace la diferencia en las cosas buenas que hagamos. Engrandece el gesto más pequeño.

Y si no está el amor, aún los gestos más impresionantes, más heroicos pierden su valor. “Si no tengo amor, no soy nada” (1 Corintios 13,2)
El amor no es un sentimiento que se queda en lo que siento, sino que se pone en obra, que se lleva a la práctica cada día.
Es desprendimiento y donación. Jesús lo lleva hasta el extremo: dar la vida por los amigos (cf. Juan 15,13). Jesús se desprende, se desapega de su propia vida y la entrega para dar vida a los que ama.
Amar con desprendimiento y entrega de nosotros mismos es participar del amor de Jesús.

En su himno de la caridad, capítulo 13 de la primera carta a los corintios, san Pablo nos habla de las tres estrellas. Dice Pablo:
“Ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor.” (1 Co 13,13). “El amor no pasará jamás” (1 Co 13,8).
Las tres estrellas nos guían… pero el amor será finalmente la estrella única, la que envuelve y recibe todo, porque es el mismo amor de Dios, que se hará todo en todos.

La Estrella del Mar

Y en este camino, en esta navegación, hay una persona a quien también se le ha comparado con una estrella, Stella Maris, la estrella del Mar, la Virgen María. 

Miramos hacia ella como modelo de discípula, modelo de creyente, modelo de la Iglesia y a ella le encomendamos nuestro caminar y el de la Pastoral Juvenil.

 

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