Dar y Comunicar

Amigas y amigos, hermanas y hermanos, queridos todos:

Este mediodía, cuando terminó la Misa en la que se celebró la canonización de Santa Francisca Rubatto y nueve santos más, pensé cómo, de qué forma, podría compartir tantas vivencias de ese momento y de otros días pasados. Uno de ustedes me escribió “lo que debe haber sido estar ahí”. La verdad es que no es fácil transmitir todo lo que fue esto, pero trataré de compartir algo.

Es la segunda vez que participo en una canonización. La primera vez fue el 14 de octubre de 2018, durante el sínodo sobre los jóvenes en el que me tocó participar. Allí fueron canonizados nada menos que San Pablo VI y San Óscar Romero. Fue un momento muy fuerte, pensando solo en esas dos grandes figuras. Sin embargo, eso fue apenas un alto en las maratónicas sesiones del sínodo y, aunque me alegra recordar que estuve allí, también recuerdo que yo estaba bastante cansado…

Esta vez pude disfrutar mucho de la celebración y seguirla con toda atención en sus detalles. Estuvimos presentes seis obispos uruguayos: al Cardenal Daniel le tocó estar muy cerca del Papa y, aunque yo no lo veía, reconocí su voz cuando intervino en la plegaria eucarística.

Los otros cinco, Milton, Arturo, Pedro, Carlos y yo, estuvimos juntos completando esta presencia de los obispos de Uruguay.

Mons. Carlos Collazzi, yo, Mons. Arturo Fajardo, Mons.
Milton Tróccoli, Mons. Pedro Wolcan, Cardenal Daniel Sturla.

El rito de la canonización

El rito de la canonización es relativamente sencillo. Se hace al comienzo de la Misa. Después de invocar al Espíritu Santo con el canto Veni Creator, el prefecto de la Congregación para la causa de los santos, acompañado por los postuladores, se dirige al Santo Padre para pedirle que los diez beatos que él irá presentando sean inscriptos en la lista de los santos, que en latín se dice catálogo sanctorum. A continuación, hace una brevísima reseña de la vida de cada uno. 

Te impresiona que, a pesar de ser muy breves, esas referencias no son anodinas, porque tocan siempre algún aspecto central de la santidad de quienes han sido postulados.
Fue muy lindo ir escuchando la manifestación de los diferentes grupos congregados, que, desde diferentes sitios de la plaza aclamaban a su santo o santa. Cuando apareció el nombre de Carlos de Foucauld, la aclamación fue general.

El rito sigue con la letanía de los santos, que comienza con el Kyrie, el “Señor, ten piedad”.
Al término del canto el Papa pronuncia la fórmula de la canonización, que comienza expresando los tres fines que tiene la misma. En primer lugar, para honor de la Santísima Trinidad; es decir, como reconocimiento al Dios tres veces santo, fuente de toda santidad. En segundo y tercer lugar, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana.

Y si hay algo que uno siente en una celebración así, es, precisamente, eso último: ganas de crecer en la fe, en la esperanza, en la caridad, siguiendo a Jesús por el camino por el que Él te ha llamado y te sigue llevando, como llamó y llevó a esos hombres y mujeres que se dejaron conducir por el Espíritu de Jesús Resucitado.

Termina el rito con el agradecimiento del Prefecto de la Congregación para la causa de los santos y el pedido de las letras apostólicas, o sea, los correspondientes decretos para que esa decisión quede debidamente documentada. De allí, al Gloria y ya la misa continúa en su orden habitual.
Las lecturas fueron las del V Domingo de Pascua y el Papa Francisco hizo su homilía sobre el evangelio. 

Una linda homilía, que pueden leer íntegramente pulsando AQUÍ. Y toda la celebración, un enorme esfuerzo del Santo Padre, que, aunque está algo aliviado, se le nota que sigue dolorido en sus rodillas y necesita ayuda en algunos momentos. No deja de ser un sacrificio personal que él realiza con serenidad y hasta, se diría, con alegría. Y algo de la Misa lo debe haber aliviado mucho, porque después de la celebración estuvo saludando largamente.

En la canonización: ¡Tala presente!

Encuentros con la gente

Antes de venir a Roma, hice una visita a Fátima. Ayer, sábado 14, volando de Portugal a Italia tuve una escala de unas dos horas y media en el aeropuerto de Madrid. Encontré una de las capillas y pude celebrar la Misa en la fiesta del apóstol Matías.

En Fátima primero, después en la capilla de Barajas y hoy en la plaza de San Pedro, pensé mucho en todos los que me piden que rece: por ellos mismos o por sus personas queridas, en sus distintas situaciones: fragilidad, enfermedad, problemas familiares, sufrimientos, duelo… Esta mañana, siguiendo la letanía de los santos, a los que les pedimos que rueguen por nosotros, recé por todos ustedes.

Fueron días de muchos encuentros con personas conocidas: algunos con los que debíamos encontrarnos, otros con los que encontramos fortuitamente; encuentros con personas con las que teníamos conocidos comunes y encuentros también con personas totalmente desconocidas que, seguramente no volveré a ver. Entre ellos, en Fátima, con Mons. Pedro Wolcan y otros obispos nos llamó la atención una señora que llevaba dos grandes cirios y tenía un rostro muy entristecido. Nos acercamos a ella y resultó ser una emigrante ucraniana. Nos mostró las fotos de sus dos hijos soldados: uno en Mariúpol y otro en el Dombás, es decir en los focos de la guerra de Ucrania. “Hace un mes que no sé nada de ellos”, nos dijo, llena de dolor. La invitamos a rezar juntos a la Virgen y le dimos la bendición.

Esta mañana, después de la Misa, una pareja me pidió que los bendijera; les pregunté de dónde eran: alemanes. Más adelante, unos cinco muchachos y muchachas me llamaron “Monseñor”, en español. Me volví hacia ellos. Eran emigrantes, de distintos países hispanos: Dominicana, Guatemala, Perú… también me pidieron la bendición. Por allí, unas monjitas con rostro asiático me pararon para preguntarme algo. Eran de Filipinas e Indonesia.

Siempre en la salida de la peregrinación: un pequeño grupo con dos banderas uruguayas. “Somos de Tala”. La diócesis de Canelones no estuvo solo representada por el Obispo. También me encontré con el encargado de Misiones de la Diócesis de Tortosa a la que pertenece el P. Lucio Escolar: otro enlace con Canelones.

Más encuentros… el obispo de Sao Gabriel da Cachoeira, en la Amazonia brasileña, con quien nos escribimos a propósito de la presencia misionera allí del P. Jorge Osorio, de la diócesis de Melo. No casualmente, sino debidamente concertado, nos encontramos con Sebastián, joven melense que estudió comunicación y que desde este año trabaja en Vatican News.
También con el vicario general de la diócesis de Verona, de donde hubo en Salto tantos sacerdotes. Estuvimos repasando los nombres de todos, sin olvidar al P. Zenón, que regresó este año a Italia, a los 87 años…
Y muchos más, sobre todo Obispos: de Mozambique, Angola, Togo, Nigeria, Argelia, Brasil, Argentina, Venezuela, Colombia… y, por supuesto, muchos italianos, algunos en lugares como Albania, Siria.

Uno se da cuenta de que van pasando los años y ha vivido muchos encuentros… de algún modo, la vida de cada uno de nosotros es como un hilo que Dios va cruzando con otros como la urdimbre y la trama, para tejer en su telar la Iglesia, en la que todos, de algún modo, estamos llamados a encontrarnos.

Encuentros con los santos

Y algo así me pasó con los santos. El librito que nos entregaron para seguir la Misa trae un resumen de la vida de cada uno. Yo pensé que solo conocía a tres de ellos: Santa Francisca RubattoSanta María MantovaniSan Carlos de Foucauld, de los que les entregué tres videos. (Para ver enlaces a los tres videos, pulsar AQUÍ).

Sin embargo, me encontré con otra canonización que me alegró mucho: Santa María Rivier, fundadora de las Hermanas de la Presentación de María. Y vaya si la conocía. Cuando estudiaba en Francia, viví dos años en Bourg-Saint-Andéol, en la diócesis de Viviers. Allí está la casa Madre de la presentación de María y allí celebré Misa varias veces, incluso no hace muchos años, en una visita posterior. A esa diócesis pertenecía San Carlos de Foucauld… todo se entrecruza.
Pero apareció por allí también San Justino Russolillo, un napolitano que fundó los Padres Vocacionistas. Los vocacionistas me alojaron la primera vez que fui a Medellín y una de las veces que estuve en Roma.

Pero… hasta ahí llegué. Los otros cinco santos me eran desconocidos. San Tito Brandsman, carmelita, nacido en Holanda, mártir en el campo de concentración de Dachau, terrible lugar que visité una vez. San Lázaro Devasahayam, nacido en la India, laico, neófito y mártir en el siglo XVIII. San César de Bus, francés, fundador de los Padres de la Doctrina Cristiana. San Luis María Palazzollo, de Bérgamo, fundador, con la venerable Teresa Gabrielli, de las Hermanas de los Pobres. La décima: Santa María de Jesús Santocanale, nacida en Palermo, capuchina.

Leyendo las vidas de estos hombres y mujeres, se puede ver las distintas pruebas por las que fueron pasando en su seguimiento de Jesús: intrigas, persecuciones, revoluciones, guerras… tiempos realmente difíciles, en los que nunca perdieron la fe y así pueden decir, como san Pablo:

“he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe.” (2 Timoteo 4,7)

Pensemos en todos ellos cuando nos sentimos en la prueba, como lo hacía el autor de la carta a los Hebreos, que escribió:

“Por lo tanto, ya que estamos rodeados de una verdadera nube de testigos, despojémonos de todo lo que nos estorba, en especial del pecado, que siempre nos asedia, y corramos resueltamente al combate que se nos presenta.” (Hebreos 12,1)

Ponemos ahora estos nuevos testigos junto a los más conocidos de nuestro “santoral canario" y el de toda la Iglesia y confiémonos a su intercesión y a la de la Madre de Dios, para seguir caminando en el seguimiento de Jesús, cada día más comprometidos en el anuncio de su Reino. Y a seguir rezando por la beatificación de Monseñor Jacinto Vera. Ya tenemos la primera santa: que el Señor nos conceda ahora el primer beato (y luego santo).

Bendiciones,

+ Heriberto

Y si están con tiempo y muchas ganas... ¡aquí está la Misa completa!

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