Homilía de Mons. Heriberto Bodeant.

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos reunidos en la presencia del Señor, por especial invitación de Silvia y Sandra, estas hermanas nuestras que hoy recibirán de Cristo y de la Iglesia la consagración virginal.

Silvia nació en Montevideo y creció en Las Piedras. 
Sandra dejó su tierra argentina natal y se aquerenció en estos pagos.

Ellas provienen de dos familias que han venido a acompañarlas y a cuyos miembros saludamos y agradecemos por su presencia. Pero, ante todo, ellas provienen del Pueblo Santo de Dios, representado aquí por una gran diversidad de miembros, entre quienes quiero destacar a quienes hacen presente en nuestra diócesis distintas formas de Vida Consagrada.

El Señor llamó a Sandra y Silvia para unirlas más estrechamente a él y para consagrarlas al servicio de la Iglesia y de la Humanidad, allí donde se encuentren. 

Ese llamado, ellas lo fueron percibiendo a través de diferentes signos. 
Cada una tiene en eso su propia historia, su propia búsqueda, hasta el momento en que sus caminos confluyen.

En este tiempo más reciente, en el que se han venido acompañando mutuamente, estuvo la acogida inicial de Mons. Orlando Romero en nuestra Iglesia diocesana. Respondiendo a una inquietud que ellas sentían al ver tantas puertas cerradas, Mons. Orlando les confió mantener abiertas las puertas del templo y de la casa parroquial de San Adolfo, donde ellas viven desde febrero de 2010. 

Allí las encontró Mons. Alberto Sanguinetti, que en varias oportunidades y de formas muy concretas, les mostró su aprecio y apoyo.

También en esa casa, en una de mis primeras visitas, hablamos de una forma de consagración que ni ellas ni yo mismo conocíamos muy bien, pero que, intuíamos, podría ser la forma en que la Iglesia reconociera lo que ellas ya vivían y querían seguir viviendo.

Así ellas fueron descubriendo el Orden de las Vírgenes. Conocieron a dos uruguayas que ya habían sido consagradas y que hoy las acompañan como madrinas: Ana Laura y Charo. Encontraron también la significativa presencia del Orden de las Vírgenes en la iglesia argentina y hallaron allí apoyo para su formación su vida espiritual en esta forma de consagración.

El llamado que Silvia y Sandra han venido sintiendo tiene una coloración, un acento particular, y es la experiencia de la Misericordia Divina, al punto de reconocerse como “hijas de la misericordia”. Por eso, no es casual la elección para su consagración de este preciso día, el Domingo de la Divina Misericordia.

Cuando somos tocados por la Misericordia de Dios y la recibimos en nuestra corazón, pronto nos vemos introducidos en una dinámica de recibir y dar, dar y recibir. 

El salmo que hemos rezado hoy recuerda las distintas manifestaciones de la Misericordia de Dios en la historia del Pueblo de Israel. El salmista canta: 

“den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. 

Santa María, la Virgen de las vírgenes, proclama en su cántico que la misericordia del Todopoderoso 

“se extiende de generación en generación sobre aquellos que le temen” (Lucas 1,50), 

es decir, aquellos que no se esconden del Señor y quieren vivir siempre en su presencia.

Pero quien recibe misericordia, es llevado a obrar misericordia, a ponerla en práctica; como en la parábola del buen samaritano, haciéndose prójimo de quien está en necesidad.

Las catorce obras de misericordia, corporales y espirituales, nos muestran como la misericordia puede desplegarse en muchas formas. 

A veces esto puede parecernos difícil. Difícil, incluso, encontrar la ocasión para realizar alguna de esas obras, o encontrar a las personas que pueden estar necesitando de ellas. 

Silvia y Sandra me han compartido que ellas no buscaron especialmente qué podían hacer ni a quién podían ayudar: las personas y las situaciones fueron apareciendo en su camino y las encontraron disponibles. Ellas reconocieron allí la llamada del Señor, presente en esos hermanos necesitados y, junto con la comunidad de San Adolfo, fueron respondiendo a esas realidades. 

Entraron así en la dinámica de recibir misericordia y dar misericordia.
El Señor nos dice 

“Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mateo 5,7) 

de modo que se vuelve a recibir, de otra forma, aquello que se ha dado.

En el evangelio de hoy, Jesús muestra a los discípulos sus manos y su costado. Sus manos son las que han obrado la misericordia tocando al leproso para purificarlo, devolviendo la vista al ciego de nacimiento, levantando a la joven del sueño de la muerte… para finalmente culminar su obra dejándose clavar en la cruz, por nosotros y por nuestra salvación. La marca de la lanza en el costado de Jesús nos lleva a su corazón traspasado, fuente de la misericordia divina. Sandra y Silvia, sigan en su vida contemplando esas manos y ese corazón, de modo que encuentren siempre en Jesús misericordioso la fuente y el fin de su consagración. 

En estos días de retiro, preparándose para esta celebración, Sandra y Silvia siguieron profundizando en lo que libremente han pedido a la Iglesia. Ellas saben que están asumiendo la exigencia de una mayor entrega para extender el Reino de Dios y un trabajo más intenso para que el espíritu cristiano entre en el mundo como la levadura en la masa. Saben, también, que no se trata de multiplicar tareas en un activismo que puede quedarse vacío, sino más bien de continuar con un espíritu renovado por su consagración todo lo que hoy hace parte de su diario quehacer en su vida pastoral, en su vida laboral, en su vida de vecinas.

En esta profundización sobre el significado de su consagración, con mucha sencillez ellas me expresaron “no sabemos en todo lo que nos metemos”. Y bien: eso sucede cuando nos asomamos a un misterio. Los misterios de Dios no son realidades herméticas, impenetrables, que no se pueden llegar a conocer; son más bien realidades que, con nuestras limitaciones humanas, nunca llegamos a abarcar del todo; o, dicho de una forma más positiva, son realidades que siempre podemos llegar a conocer un poco más.

Hablando del matrimonio cristiano, san Pablo escribió: 

“Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia” (Efesios 5,32). 

La Iglesia es la esposa de Cristo. Pablo nos recuerda que Cristo la amó y se entregó a sí mismo por ella para santificarla. La purificó con el bautismo y la Palabra, porque la quiso y la quiere 

“resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada” (cf. Efesios 5,25-27).

En los primeros tiempos cristianos, algunas mujeres se sintieron llamadas a permanecer en virginidad consagrándose al Señor. El canon romano recuerda los nombres de las santas vírgenes y mártires Águeda, Lucía, Inés, Cecilia y Anastasia. Los santos padres y los doctores de la Iglesia designaron a las vírgenes consagradas con el título de “esposas de Cristo”, que es el título propio de la Iglesia misma. También se les llama “imágenes de la Iglesia esposa”, porque su consagración está prefigurando el Reino futuro de Dios, donde nadie tomará marido ni mujer. La consagración virginal es un signo de los esponsales de Cristo con la Iglesia, que nos invita a contemplar el libro del Apocalipsis:

«Alegrémonos, regocijémonos y demos gloria a Dios, porque han llegado las bodas del Cordero: su esposa ya se ha preparado, y la han vestido con lino fino de blancura resplandeciente». El lino simboliza las buenas acciones de los santos. (Apocalipsis 19,7-8).

Sandra y Silvia: el Señor que purifica y santifica a su Iglesia, las ha preparado para llegar hoy ante el altar, donde Él mismo las consagrará.

Procuren siempre que su vida corresponda a su vocación.
A imitación de la Madre de Dios, deseen siempre ser y ser llamadas servidoras del Señor.
Conserven íntegra la fe, mantengan firme la esperanza, acrecienten la caridad sincera.
Sean prudentes y velen para que el don de la virginidad no se corrompa por la soberbia.

Renueven sus corazones consagrados a Dios recibiendo el Cuerpo de Cristo; fortalézcanlos con la práctica de la Penitencia, reanímenlos con la meditación de la Palabra de Dios, la oración asidua y las obras de misericordia.

Oren especialmente por la misión de la Iglesia de anunciar el Evangelio; misión en la que ustedes toman parte. Rueguen solícitamente por los matrimonios. Acuérdense de todos los que se han apartado del amor del Padre. 

Amen a todos, especialmente a los más necesitados. Ayuden a los pobres, curen a los enfermos, enseñen a los ignorantes, protejan a los niños y a las personas vulnerables, orienten a los adolescentes y jóvenes; socorran a los ancianos, conforten a los afligidos y a las viudas, como tantas veces lo han hecho.

Ustedes que han renunciado al matrimonio por amor a Cristo, serán madres espirituales cumpliendo la voluntad del Padre y cooperando, por su amor, a que numerosos hijos de Dios nazcan y sean restituidos a la vida de la Gracia.

Cristo, el hijo de la Virgen y Esposo de las vírgenes, sea aquí en la tierra su consuelo, alegría y recompensa, hasta que los introduzca en su Reino. Allí, entonando el canto nuevo, seguirán al Cordero divino donde quiera que vaya. Así sea. 

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