“No hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio” (Juan 2,13-25)
El templo de Jerusalén era la sede de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Dios no estaba “encerrado” en el templo. Él está siempre presente en todas partes. Pero la presencia en el templo era un don especial para su pueblo elegido.
Sin embargo, la encarnación del Hijo de Dios trae una nueva forma de presencia. Dios se hace presente en su Hijo, en su cuerpo, su realidad humana de verdadero hombre.
Esto valía para Jesús en su vida terrena. ¡Cuánto más vale para su cuerpo resucitado! Y esa presencia de Dios se prolonga en su Cuerpo y Sangre presentes en el pan y el vino consagrados en la Misa, presencia real de Jesús resucitado. Y se prolonga también en la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que lo hace presente en el mundo.
Mi reflexión sobre el evangelio de este III Domingo de Cuaresma, ciclo B, 3 de marzo de 2024.
Bendiciones.
+ Heriberto, Obispo de Canelones.

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