Queridos hermanos y hermanas:

Con esta Misa Crismal, se inicia en nuestra diócesis el Año Vocacional nacional. A lo largo de este año, el Pueblo de Dios que peregrina en el Uruguay, en cada una de las nueve iglesias diocesanas, se une en la oración y en el trabajo pastoral por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Para animar a toda nuestra comunidad diocesana a vivir este año he escrito una carta pastoral que pronto llegará a ustedes. También hemos organizado la visita de una reliquia del Beato Jacinto Vera que recorrerá todo Canelones y nuestra diócesis será sede de la Jornada Nacional de la Juventud.

La vocación no es una inclinación personal o un conjunto de buenas aptitudes que nos hacen pensar que alguien está llamado a una determinada profesión u oficio. La vocación es, ante todo, lo que significa esa palabra: llamado. Creemos que Dios llama y sigue llamando. Es Él quien nos ha llamado a la vida: a esta vida que conocemos y a la vida eterna, como hijos e hijas suyos. Queremos orar y trabajar para ayudar a que ese llamado pueda ser percibido y correspondido.

El llamado de Dios es el que constituye la Iglesia. Iglesia significa “convocatoria”. Somos un pueblo formado por quienes hemos sido convocados y hemos respondido al llamado del Señor para caminar bajo su guía de Buen Pastor. No somos nosotros quienes lo hemos elegido, sino Él quien nos ha elegido y llamado. A su llamado respondemos desde nuestra libertad.

Nuestra vocación cristiana fundamental es la vocación bautismal. El bautismo, para cuya celebración y la de otros sacramentos se consagra el santo crisma, nos hace miembros del Cuerpo de Cristo, miembros de la Iglesia.

A partir de la vocación bautismal, hay quienes son llamados a los ministerios que se reciben por el sacramento del orden: obispos, presbíteros y diáconos, para el servicio de todo el Pueblo de Dios. Otras personas reciben el llamado a una total consagración a Dios, siguiendo los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad, dentro de un carisma, don del Espíritu Santo a la Iglesia. Ésa es la vida consagrada. El Espíritu entrega a los fieles de las comunidades cristianas una gran riqueza de dones, que se despliegan en múltiples servicios.

Visitando las comunidades parroquiales, a lo largo de estos ya casi tres años en Canelones, he encontrado en muchos fieles la preocupación por la falta de vocaciones y la escasa presencia de jóvenes. Por eso saludamos y agradecemos la presencia de los jóvenes que han participado desde el domingo en el retiro vocacional diocesano.

¿Qué hacer frente a estas situaciones? No es una cuestión de técnicas, tácticas y estrategias, que eventualmente pueden ayudar; es, ante todo, una cuestión de conversión, de recomienzo, de renovación: volver al Señor, volver a Jesucristo y su Evangelio, bajo la guía del Espíritu y en la alegría de la Pascua que nos aprestamos a celebrar.

Renovarnos en la oración, como comunidad orante. Son muchas las exhortaciones de Jesús a sus discípulos a que oren. Que oren siempre, pero, especialmente, para no desfallecer, como lo indica en el Huerto de los Olivos. Él mismo nos urge a pedir al dueño de la Mies que envíe trabajadores para la cosecha y ésa es la primera tarea en un año vocacional. Pero no se trata de “hacer los deberes”, en el sentido de cumplir formalmente una tarea encomendada. Se trata, de verdad, de levantar nuestro corazón a Dios. En mi carta los invito a contemplar a una mujer orante, Ana, la madre de quien sería el profeta Samuel, que rogó con todo su corazón tener un hijo y fue escuchada. Hay muchas formas de oración que se pueden hacer en forma personal o comunitaria: la participación en la Eucaristía, la lectura orante de la Palabra de Dios, la adoración del Santísimo Sacramento, la liturgia de las horas, el rosario. Puede ayudarnos una oración escrita, o podemos decirla con nuestras propias palabras. Pero hagámoslo de corazón y en comunidad, recordando que Jesús nos ha asegurado: “si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá” (Mateo 18,19).

Renovarnos en la vida fraterna, en el amor recíproco. Un cristiano de los primeros tiempos, Tertuliano, recuerda la frase, llena de admiración, de quienes se acercaban a una comunidad cristiana: “miren cómo se aman”. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla de aquella comunidad donde los creyentes “tenían un solo corazón y una sola alma” (4,32). Una comunidad fraterna es aquella en la que se ama a partir del amor de Jesús en sus miembros: “ámense unos a otros como yo los he amado” (Juan 15,12), una comunidad donde cada uno de sus integrantes desea seguir el camino de Jesús “que nos amó primero” (1 Juan 4,19). Una comunidad así está abierta. Sabe recibir. Se alegra con cada persona que se acerca y le hace un lugar, sin sentir que los nuevos le están quitando espacio, sino que, al contrario, están enriqueciendo la comunidad con nuevos dones.

Renovarnos en el servicio. Renovarnos en el servicio a quienes, pertenezcan o no a la comunidad, ante todo se encuentran en necesidad. Son los “heridos del camino” como el que encontró el buen samaritano. En el servicio, el amor va más allá de los sentimientos y se hace tangible. Pone en obra la compasión y la misericordia. En muchas de nuestras comunidades hay hermosas iniciativas en las que hermanos y hermanas donan generosamente tiempo y trabajo para auxiliar a otros. El servicio es un lugar donde muchos jóvenes pueden sentirse a gusto y descubrir a Cristo “que se hizo servidor de todos”.

Renovarnos en la misión. La Iglesia existe para evangelizar. “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda”, enseñaba el papa san Pablo VI. (Evangelii Nuntiandi, 14). Desde el comienzo de su pontificado, el papa Francisco nos ha exhortado a ser una “Iglesia en salida”, que comparte “la alegría del Evangelio” a partir de nuestro encuentro con Jesucristo. Las actividades misioneras constituyen otro campo donde los jóvenes participan con entusiasmo.

La celebración, este año, de la Jornada Nacional de la Juventud en nuestra diócesis, es una oportunidad para todos de descubrir al Señor que pasa y llama, a partir de este encuentro juvenil y de las actividades de servicio y misión que se desarrollarán durante el mismo.

Le pedimos al Señor que nos conceda ser una Iglesia diocesana de comunidades vivas, fervorosas y alegres, que sean fuentes de vida fraterna y que despierten en los jóvenes el deseo de consagrarse a él. (cf. Papa Francisco, oración jornada vocaciones, 2017).

Al beato Jacinto Vera, padre de la Iglesia en el Uruguay, que trabajó intensamente para formar sacerdotes “santos, sabios y apostólicos” y que llamó y recibió con alegría diferentes expresiones de vida consagrada, le encomendamos las vocaciones que han ido surgiendo y las que vendrán.

A nuestra Madre, la Virgen de Guadalupe, le pedimos que interceda por nosotros para que nuestras comunidades, hechas fecundas por el Espíritu Santo, sean fuente de auténticas vocaciones, al servicio del Pueblo de Dios (cf. papa Francisco, íbid.). Así sea.

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