Carta de despedida

de Mons. Alberto Sanguinetti Montero como III Obispo de Canelones

Canelones, 11 de abril de 2021.

 

Mis queridos hermanos de camino hacia la Jerusalén celestial, junto al Padre, que peregrinan en esta Iglesia de Canelones, bajo el amparo de Santa María la Virgen de Guadalupe.

Hace 11 años, cuando recién consagrado obispo me senté en esta cátedra, les dije: “no quiero hablar de otra cosa que de Jesucristo, de su verdad, de su amor, de su belleza, que se refleja y se nos comunica en la Santa Iglesia”. Esta iglesia se llama catedral, porque tiene la cátedra del obispo, desde donde él enseña.

Poniendo la confianza en la gracia de Dios, sabiendo que su fuerza triunfa en la debilidad, procuré cumplir la enseñanza de San Pablo a su cercano colaborador Timoteo: “predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, rebatiendo, reprendiendo o aconsejando, siempre con paciencia y doctrina” (2 Tim 4,2).

Doy gracias a todos los que como un solo cuerpo en la Iglesia han colaborado en el anuncio del Evangelio de Cristo crucificado, tanto de palabra, como de obra.

En primer lugar agradezco a los sacerdotes, próvidos colaboradores del orden episcopal, que forman una corona con el obispo, en el servicio al Pueblo de Dios, en el cuidado de las comunidades.

Junto a ellos me gozo con los diáconos, servidores de Cristo, anunciadores del Evangelio.

Proclamo mi comunión con las monjas de clausura, que significan el corazón de la Iglesia, la oración de súplica ininterrumpida y la alabanza divina, con el canto que Cristo introdujo en la tierra, el himno que se canta en las moradas celestiales (SC 83).

Enseguida me dirijo a todas las religiosas. Como amicus Sponsi, amigo del novio que viene a las bodas, las procuré atender como verdaderas esposas de Cristo el Señor, representación del misterio de la Iglesia  Esposa. Les agradezco su presencia y servicio.

Asimismo aprecio y valoro a los religiosos con sus diversos dones.

En estos años he recorrido incansablemente la Diócesis y sus muchas comunidades. Admiro y agradezco el trabajo continuo de tantos fieles. Nuestra Iglesia es pobre en muchos sentidos y está enriquecida por dones de Dios y vive por la dedicación de sus miembros. ¡Qué admirable la entrega de tantos fieles de Cristo!

De lo que recibí de la Iglesia, he procurado alimentarlos, sirviendo una mesa abundante, porque la riqueza del misterio de la Santísima Trinidad en el que hemos entrado es maravilloso.

Las tareas son muchas y variadas, pero no puedo dejar de recordar el servicio de la catequesis. A él me entregué con toda el alma y son multitud los catequistas, laicos, religiosas, diáconos y sacerdotes. Sin duda, reconozco, como en otros ámbitos, la prevalencia numérica y generosa de las mujeres.

También miro el enorme esfuerzo llevado adelante en la educación católica. La cuidé con amor. Es un bien para los alumnos, las familias y la sociedad toda, que da un aporte particular.

¡No dejemos de proclamar por todas partes las maravillas de Dios! ¡Alimentemos a los niños y adolescentes con la riqueza de la Palabra divina, con la sabiduría de la Liturgia de la Iglesia, con el ejemplo de los santos! Ellos son capaces, los niños y adolescentes, de entrar en el amor de Dios: no les pongamos límites.

A los jóvenes – y a quienes especialmente los atienden – mi exhortación a buscar con ahínco  a Cristo. No se dejen ganar por la desesperanza, nunca bajen el nivel del llamado del Señor. Descubran en toda su vida ese llamado, que es la razón de la existencia. Por eso toda pastoral juvenil ha de ser vocacional, a la escucha del Señor y en su seguimiento, según el llamado común a la santidad y el llamado específico al estado y la forma de vida, en la vida de trabajo, el matrimonio y la familia, en la vida religiosa. Como no puede ser de otra forma, una exigente dedicación hemos tenido con las vocaciones sacerdotales, que están en el corazón de la Iglesia.

La Sagrada Liturgia, como lo saben, es el centro de la realidad de la Iglesia: es Cristo crucificado y glorioso obrando por el Espíritu y asociando consigo a la Iglesia. Conozco muy bien la variedad de opiniones y el valor relativo de muchas de ellas.

Con el corazón en la mano afirmo haber sido fiel a lo que la Iglesia me entregó y me encargó en la ordenación episcopal, que no es otro que el don de la Tradición Apostólica, en la que se incluye el Concilio Vaticano II.

En nada me ha interesado un triunfo personal, ni una idea mía, sino que el Pueblo de Dios reciba lo que le pertenece según el designio de Dios, sea iniciado en lo que la Iglesia vive en la fe recibida de los Santos Padres, y pueda gozar de los bienes para los que fue elegido por Dios, nuestro Padre.

Me alegro muchísimo de las riquezas compartidas. Agradezco a quienes aún con dificultades, fueron más allá de sus ideas y gustos y permitieron crecer a los fieles. Es verdad que habría querido aún más, porque lo testifico no hubo ningún intento de dominio sobre otros, sino la obediencia de la fe y la participación del amor con que la Iglesia, en su ser más íntimo, recibe los dones de Cristo en el Espíritu.

Esta Iglesia Catedral, la imagen de Cristo glorioso que la preside, sentado a la derecha del Padre, con la presencia del Espíritu y del Padre, con los ángeles y los santos, es signo visible de lo que es la Liturgia de la Iglesia: acción de Cristo Sacerdote que une consigo a la Iglesia, presencia del Resucitado, movimiento del Espíritu.

No voy a seguir enumerando, como querría, personas y grupos, las familias, los movimientos, como Cursillos de Cristiandad, la Acción Católica y muchos otros: sería interminable

Por otro lado, de alguna forma quiero evocar a la multitud de personas de Canelones, que hacen posible la vida en esta sociedad: los diferentes servicios, públicos y privados, de la salud, de la casa y la alimentación, de la educación, el arte y la técnica, los gobernantes y la policía, a los  comunicadores y toda la prensa. Todo ello ha sido parte de este caminar y con ellos hemos tenido contacto y trato fructuoso.

Agradezco a Dios que me trajo al servicio de esta tierra y de su gente. Canelones, rico en el campo, en sus pueblos y ciudades. En la gente de diferentes tradiciones y trabajos, con formas culturales tan variadas, que son su riqueza.

Pido perdón por mis múltiples deficiencias, errores y pecados. Llevamos tesoros en vasos de barro. Perdono de corazón, faltas de atención y agravios. Invito a perdonar y a dejarse perdonar unos a otros, para marchar hacia adelante.

Brilla la santidad única de Dios: su bondad y su gracia, su misericordia y su favor lo envuelvan todo. A Él nos acogemos, de Él aprendemos a amar.

Me acerco a todos los que sufren, a los enfermos, a los que están solos, los presos a quienes muchas veces visité, a las familias con sus angustias. A todos llevo en mi corazón de padre.

Pueblo de Canelones, Dios te cuide y te guarde. Tú sé agradecido y edifica tu vida según la sabiduría de los mandamientos divinos y la confianza en la misericordia del Padre.

Iglesia de Dios en Canelones, seas bendita en tus miembros. El Espíritu Santo te dé la perseverancia y la fidelidad. Mantente unida en la fe, la esperanza y la caridad, en la palabra y los sacramentos, en torno al nuevo obispo Heriberto, que es principio visible de la unidad de la Iglesia local.

Los obispos, como todos, pasamos. Yo seguiré siendo miembro de la Iglesia Católica en Canelones y obispo emérito de ella. Seguimos miembros de un único cuerpo de Cristo. Los llevo en el corazón, rezo diariamente por Canelones, estoy al servicio de todos hasta que el Señor me llame.

Termino con las palabras de mi alocución el día que entré en Canelones: “Que Santa María, la Virgen Madre de Dios, la que es nuestra capitana en los combates de la fe y guía en la esperanza y la caridad, la que es madre y patrona de esta Iglesia de Canelones con el dulce nombre de Nuestra Señora de Guadalupe, a todos nos proteja, nos sostenga y nos guíe hacia Cristo Jesús”.

A Dios, “a Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones  de los siglos de los siglos. Amén (Ef.3,20-21).

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