Homilías 2014

Homilía en la Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE, PATRONA DE LA DIÓCESIS. S.I. CATEDRAL NTRA. SEÑORA DE GUADALUPE12 DE DICIEMBRE DE…

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE, PATRONA DE LA DIÓCESIS. S.I. CATEDRAL NTRA. SEÑORA DE GUADALUPE
12 DE DICIEMBRE DE 2014
ORDENACIÓN PRESBITERAL DE MARCELO DANIEL DE LEÓN LÓPEZ

Sea alabado y bendito Jesucristo r./. sea por siempre bendito y alabado.

Y con él sea bendita su Santísima Madre,

O dicho de otra forma, como lo hemos oído de las palabras de las Sagradas Escrituras y lo repetimos cotidianamente con piadosa devoción: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre Jesús.

Estamos celebrando la solemnidad de Nuestra Señora Santa María, la Virgen de Guadalupe, a quien nuestra Iglesia canaria se gloría en tener por patrona, en cuyo espejo quiere mirarse para ser iluminada, con cuya luz quiere vivir para servir a su Esposo y Cabeza, con cuyo corazón quiere unirse para proclamar la grandeza del Señor, alegrándose en Dios nuestro Salvador. ¡Qué gozo contemplar a María y a la Trinidad Santísima reflejada en ella!

Quisiera con ustedes mirar todo desde una realidad: la gracia de la elección por parte de Dios.

1.  Lo primero que invito a considerar, a mirar con los ojos de la fe, es la elección de María, como la celebramos en el día de su Purísima Concepción. Toda ella llena de gracia, no por el esfuerzo humano, no por un premio posterior a sus obras, sino por la gracia de la elección, del amor benevolente y eficaz de Dios, que antecede a todo.

                No fue que María primero existió, hizo lo correcto, y luego Dios la eligió.

                No. Antecede a todo el pensamiento de Dios y su elección gratuita: existe porque pensada y elegida y amada y santificada desde antes de la creación del mundo: la Agraciada.

                Esta bendita elección, desborde de la libertad y misericordia de Dios la crea para un don sin medida: para Madre de Dios en la carne, para ser santa e inmaculada en su presencia, para ser glorificada en el seno de la misma Trinidad.

                Por esta elección de gracia, de favor, de liberalidad, María es creada, María es destinada a la gracia y a la gloria.

  1. Elección de María y de la Iglesia

                En esta realidad de la gracia de la elección de María y de la ejecución de esa elección,  reconocemos el misterio de la Iglesia de Cristo. Iglesia significa asamblea llamada, elegida.  La gracia de Dios es la realidad profunda de la Iglesia, a pesar de todos los pesares, con todas las posibles pobrezas y contradicciones. En ella, cada uno de los hijos de la Iglesia, de la Señora elegida, vivimos la realidad y sentido de nuestra existencia: participando de la gracia de la elección, del amor del Padre que todo lo funda en su propio beneplácito. Como lo oímos del apóstol en la carta a los gálatas: envió a su Hijo, nacido de mujer, para que recibiéramos la filiación adoptiva, para que seamos hijos de Dios.

                Que él nos conceda su espíritu de sabiduría y entendimiento para creer en esta elección amorosa de Dios y dejando toda vanidad, entregarnos en las manos del Padre, a fin de que dejemos que haga su obra en nosotros como la hizo en María.

2. Esa elección antes de los siglos, se realiza en el espacio y en el tiempo, en la Iglesia y en cada hijo de Dios.

                La Virgen de Guadalupe en el momento y lugar de su aparición es signo de la presencia geográfica y temporal, de la realización del plan de la gracia del Padre.

                La presencia de la Virgen de Guadalupe en estas tierras orientales desde hace más de dos siglos y medio, con su imagen y en este lugar, es signo de ese amor de predilección de Dios realizado en María, presente en la Santa Iglesia, aquí y ahora. Esta Iglesia de Canelones, cada uno de sus hijos, en el misterio de la única Santa Iglesia Católica, se reconoce elegida, amada, santificada, conducida por la gracia y providencia de Dios, sacramento de salvación, signo e instrumento del designio amoroso del Padre, que quiere abrazar a cada uno según su propia elección y voluntad.

                Por eso, nosotros, hoy asombrados y agradecidos, clamamos con Isabel: ¿de dónde a mí que me visite la Madre de mi Señor? Y con María respondemos: Proclama mi alma la grandeza del Señor se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.

3. Toda la historia de la realización de la gracia de este amor de elección que nos antecede y del que vemos participar plenamente a María con ella a la Santa Iglesia y en ella a cada uno de los elegidos, es posible por el designio del Padre de que su Hijo Eterno, sin dejar de ser Dios, asumiera consigo y en sí a la creatura.

                El signo de la mujer virginal se realiza en el Emmanuel que de ella nace, Dios con nosotros, fuente de toda gracia (Is 7).

                Al querer la Trinidad comunicar su gloria fuera de sí, el Padre pensó y decidió la gracia de la elección de la humanidad asumida en la persona de su Hijo único, nacido del Padre antes de todos los siglos, que de María Virgen se hizo hombre en la plenitud de los tiempos.

                Él es el elegido y en él hemos sido elegidos, antes, ahora y por la eternidad.

                Él es el Cordero predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por nosotros (1 Pe 1,20). Él es el sumo sacerdote capaz de compadecerse de nosotros, porque conoció nuestras debilidades. Él padeció por los hermanos para liberarnos de la esclavitud y el miedo. Él es el sumo sacerdote santo, que ofreciéndose a sí mismo nos introdujo en el santuario celestial.  A Jesucristo el Padre quiere poner como cabeza de toda la creación (Ef.1,10); hemos sido creados por él y para él. En él fuimos elegidos antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor (Ef.1,4).

4.            Así podemos comprender la novedad del sacerdocio ministerial, en la Santa Iglesia. Sabemos muy bien que toda gracia es participación de la elección de Cristo. Que toda gracia y don del Espíritu Santificador nos viene por él. Y él lo realiza por su cuerpo, la Iglesia, plenitud del que lo lleno todo en todo (Ef.1,23)

                Para ello, según su designio salvífico, él ha tomado a varones dentro de su pueblo, que sean instrumentos suyos, signos de su gracia, medio de presencia y santificación.

                El sacerdote no es nada: porque lo suyo propio es significar y predicar el llamado y el favor de otro, del Padre, que obra todo según el beneplácito de su voluntad.

                El sacerdote no es nada: porque lo propio es ser instrumento de lo que él mismo no puede  hacer por sus fuerzas: comunicar el perdón de Dios, predicar el Evangelio que es poder salvador de Dios, entregar la gracia del Espíritu Santo, que sólo Cristo entrega desde el Padre.

                El sacerdote católico es un misterio grande, inconmensurable: este hombre es ‘sacramento’ personal, del actuar libre y generoso de Cristo. ¡Grandeza del sacerdocio de Cristo en su Iglesia! Obra lo que no puede obrar, produce lo que no puede producir. Es instrumento de la gracia del Espíritu.

                Que tengamos que recibir la gracia de Dios, por medio de un acto humano, nos  revela siempre, que no es cuestión de nuestro pensar y actuar, que no hay mérito ni derecho, sino un continuo don, dado en la humildad de la historia por el poder de Dios.

                Hoy vivimos todos en esta Catedral, la intervención de Jesús Sacerdote y Cordero, que para llamar a muchos en su Iglesia, a la gracia de la elección según el designio del Padre, toma a un varón, miembro de su cuerpo, y lo consagra en propiedad como sacramento personal de su actuar salvífico.

                La imposición de manos del obispo es inseparablemente signo e instrumento de la elección de Dios, del tomarlo el Señor para sí, de la consagración, y de la efusión del Espíritu Santo, que al imprimir el carácter sacerdotal, Marcelo, te toma entero, tu cuerpo, tu mente, tu libertad, para siempre, en la alianza nueva  y eterna que Cristo selló con su sangre.

                Por cierto este misterio de gracia debe realizarse en el tiempo y en el espacio, en la cotidianidad de la oración y de los sacramentos, en la predicación y la escucha, en el servicio aún tan terrenal de la economía, el gobierno, el cuidado de las cosas.

Apoyándose todo en la gracia de Dios, este servicio ha de ser vivido en la humildad de la oración perseverante, en la paciencia, en la perseverancia. Llevamos estos tesoros en vasos de barro, para que brille en ellos la única gloria de Dios.

El ser propiedad de Cristo, pone de manifiesto nuestra debilidad e indignidad, y, a su vez, la grandeza del don del Esposo a su Esposa, de la Cabeza a su cuerpo. De esta doble dimensión participa la vida del sacerdote católico.

Marcelo, haz de servir al Pueblo de Dios, a los hermanos, pero no para hacer su voluntad ni la tuya, sino para llevar a todos a la obediencia de la fe. Por ello, el sacerdocio católico en su ejercicio es participación del misterio de la obediencia de Cristo, que pasa en concreto históricamente, por la obediencia a la Providencia del Padre y por la obediencia a la Santa Madre Iglesia, en cuyo nombre ejerces todo ministerio.

El Santo Sacrificio Eucarístico contiene todo el bien de la Iglesia. Por la gracia del Sumo Sacerdote y Cordero serás instrumento suyo, en comunión con el obispo, para presidirlo y ofrecerlo por los pecados de vivos y difuntos, por la salvación del mundo entero.

Culmen y sentido de nuestra existencia fundada en la gracia del llamado gratuito del Padre, y por ello culmen y sentido de la Misa es la glorificación del Padre. Unido al Sumo Sacerdote que no buscó sino la gloria del Padre, con él y en él ofrécelo y ofrécete con él, para alabanza de la gloria de Dios.

Que María Santísima te acompañe en todo momento. Que su maternidad virginal engendre en ti al hijo de adopción, que por la unción del Espíritu, es consagrado como sacerdote de Jesucristo, a quien sea el poder, la gloria y la alabanza, por los siglos de los siglos. Amén. 

HOMILÍA VÍSPERAS DE BENDICÓN JESÚS SACERDOTE Y CORDERO ETERNO

BREVE HOMILÍA. SEA ALABADO JESUCRISTO R/. SEA POR SIEMPRE BENDITO Y ALABADO. Hace rato que estamos meditando lo que contemplamos…

BREVE HOMILÍA. SEA ALABADO JESUCRISTO R/. SEA POR SIEMPRE BENDITO Y ALABADO.

Hace rato que estamos meditando lo que contemplamos y lo quecelebramos. Por ello, sólo una breve introducción: A renovar nuestra fe como adhesión libre a la verdad, como encuentro con Jesús, y por él con el Padre. Mirarán al que atravesaron. Mirémoslo, contemplémoslo. Dejemos que de él venga la gracia, en virtud de su sangre. Dejemos que nos atraiga hacia sus llagas. Que el fruto de su sacrificio eterno, de cordero inmaculado, nos transforme a nosotros por él, con él y en él, en ofrenda permanente.

Toda nuestra vida se funde en su gracia y amor. Toda nuestra vida se vuelva entrega generosa y alabanza a Dios. El sentido de la vida nace del favor, la gracia, el don de Dios, que ha culminado en la muerte y glorificación de Jesús y de nosotros en él. El sentido de la vida culmina en la suprema obra del hombre que es alabar a Dios. Quiero recordar que esta imagen la anunciamos al cierre del Jubileo de Oro de la Diócesis, para que quedara como un testimonio de gratitud al Señor. Hoy podemos cumplir aquella promesa. Una breve palabra a las religiosas y los religiosos, al  comienzo del Año de la Vida consagrada proclamado por el Santo Padre Francisco. La gracia de la consagración en sus diversas formas, en particular

en la vida religiosa, es un florecimiento de la gracia del bautismo y de la confirmación, por las que Dios nos unió con Cristo muerto y resucitado y nos dio parte en la unción del Espíritu Santo. 

Que Jesús autor y consumador de nuestra fe les ayude en este año a hacer más perfecta su ofrenda en comunión con él, participando más de Cristo pobre, casto y obediente. Que sea un tiempo de gracia para la renovación de las comunidades y que elSeñor por el Espíritu Santo llame a muchos a su seguimiento en este camino. Como pueblo de Dios, pueblo elegido y consagrado, al dar gracias poresta santa imagen que acerca la presencia del Señor resucitado a nosotros y nos atrae hacia sí, también nos unimos a la ofrenda y oración de Jesúspor el mundo entero: Oremos por todos los que sufren de diferentes modos. Presentemos la acción de gracias del universo entero. Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza, la gloria y la acción de gracias por los siglos de los siglos. Amén.

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE LA PURÍSIMA VIRGEN DE LOS TREINTA Y TRES

Santuario de la Virgen de los Treinta y Tres – 8 de noviembre de 2014 Bendito y alabado sea Jesucristo…
Santuario de la Virgen de los Treinta y Tres – 8 de noviembre de 2014
Bendito y alabado sea Jesucristo r./. Sea por siempre bendito y alabado.
Y con Él, sea bendita su Santa Madre.
Escuchando la Palabra de Dios, como Isabel recibiendo su visita, y como lo repetimos continuamente en nuestra plegaria, le decimos "bendita tú entre las mujeres". Sí, de verdad, tú eres la bendita entre todas las mujeres
Guiados por el Espíritu Santo, los invito a contemplar a María en su santa imagen, la Purísima y Agraciada Virgen de los Treinta y Tres.
Mirémosla tan bella, recogida con sus manos juntas sobre su corazón, inclinada para dejarse llevar por el Espíritu, recibiendo la corona de lo alto.
Y comencemos por saludarla con las palabras del ángel: "Alégrate, llena-de-gracia". "Alégrate, Hija de Sión, Hija de Jerusalén".
Nosotros, Madre, nos alegramos contigo y nos alegramos en ti.
Somos los hijos de Eva, que gemimos con todo lo que nuestro valle de lágrimas encierra de pena, de pecado, de injusticia, de muerte. No pretendemos justificar nuestras miserias.
Pero vemos realizado en ti y escuchamos gozosos el anuncio del Evangelio, la victoria de nuestro Dios: el pecado destruido por la pasión del Señor, la enemistad transformada en reconciliación, la condenación en perdón, la muerte en vida.
Alégrate, Madre y hermana, y danos parte en tu alegría. Tú, la llena-de-gracia-, la Pura y limpia, la Purísima, la Agraciada. En ti gustamos y miramos la bondad del Señor, la culminación perfecta de la creación, la obra acabada de la gracia del Espíritu Santo. Toda bella, limpia como la luna de estas hermosas noches.
Alégrate, llena-de-gracia, el Señor está contigo. Hija de Sión alégrate, porque el Señor está en ti, Salvador y Rey.
Tú, María, Virgen de los Treinta y Tres, nos haces patente que el Señor está con nosotros, en medio de su Iglesia, del pueblo que adquirió con la sangre de su Hijo.
Mirándote a ti, Agraciada, reconocemos gozosos y agradecidos que se ha cumplido en nuestra historia y se cumple hoy la promesa de tu Hijo: Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo; yo les enviaré el Espíritu de la verdad que procede del Padre; el Padre los amará y vendremos a ustedes y haremos morada en ustedes.
Así, nosotros venimos a verte y a celebrar las obras de Dios, como "El sumo sacerdote Yoyaquim, con el Consejo de Ancianos de Israel y los habitantes de Jerusalén, vinieron a contemplar los bienes que el Señor había hecho a Israel, y a ver y saludar a Judit".
Aquí, en tu casa, abogada y patrona nuestra, la Iglesia de Dios que peregrina en el Uruguay, este pequeño rebaño a quien el Señor ha querido dar su Reino, nosotros con nuestras pequeñeces y temores, con nuestras dudas e incertidumbres, en ti renovamos la fe que nos ilumina para reconocer la presencia salvadora de la Trinidad santísima. En ti nos afianzamos en la esperanza de cumplir nuestra misión con fidelidad y alcanzar la Jerusalén del cielo, nuestra patria eterna.
Esta misma Iglesia peregrina, a tus plantas, Señora, con esa misma confianza es pueblo suplicante. Conscientes de nuestras debilidades y pecados, a ti acudimos para pedir, para renovar nuestro abandono en Aquel, que te hizo tan bella, tan hermosa, tan santa.
Ilumínanos, Mujer revestida de sol, con la luz de Cristo, para que seamos cada día más capaces de vivir y proclamar la belleza de la vida de discípulos y misioneros. La belleza de la santidad, la belleza de la caridad entregada, la hermosura y la gloria de la castidad de alma y de cuerpo. Que no nos deslumbremos con la fuerza del mundo, ni temamos sus ataques, sino que nos animemos a llevar una vida oculta con Cristo en Dios, en la que nuestra gloria sea la cruz de Cristo.
Virgen santa, también te contemplamos para tener fuerza en el combate del seguimiento de Cristo, en el que nuestra victoria es nuestra fe.
Te pedimos que vayas delante de nosotros como Capitana y guía. Tú, como Judit venciste por la gracia y la sabiduría, puesta la confianza sólo en Dios. Haz de nosotros un pueblo humilde, abajado cuando mira su pequeñez, pero valiente y arrojado cuando mira el poder de Dios.
A ti, nuestra Patrona, te pedimos porque el pueblo oriental quiera beber la vida, no en las promesas mundanas, sino en la verdad del Evangelio; que busque las fuentes de agua pura, para una vida digna de hijos de Dios. Sé su guía para que encuentre todas las riquezas de Cristo y quiera tener su parte en ellas.
A nosotros, Capitana nuestra, danos la valentía de anunciar el Evangelio sin miramientos humanos, con la humildad del discípulo, obedeciendo sólo a Dios, con la libertad, arrojo y fortaleza de los apóstoles.
María, el Señor está contigo. Esta invocación se nos dice repetidamente por parte del sacerdote a lo largo de la celebración de los divinos misterios. Porque este memorial que tu Hijo dejó a la Iglesia contiene toda gracia, toda la presencia y acción de la Santa Trinidad.
Tú que guardabas los misterios de Cristo meditándolos en tu corazón, Tú nuestra guía, enséñanos a meditar, comprender y celebrar la Santísima Eucaristía, como la Iglesia la ha comprendido en su corazón y quiere vivirlo fielmente en su Divina Liturgia, según su Santa Tradición.
Condúcenos, pues, al sacrificio de tu Hijo, Sumo y Eterno Sacerdote. Aquí en la Eucaristía en que se une el cielo y la tierra. Aquí donde él se ofrece y nos ofrece consigo. Aquí donde la carne que tomó de tus entrañas puras se entrega como Cordero inmaculado que quita el pecado del mundo.
 
Que nosotros, que tu Iglesia, que cada uno, conducido por ti, se vuelva víctima viva, santa, agradable a Dios. Que tú, causa de nuestra alegría, nos introduzcas en la alegría que Cristo nos ha dado y ella llegue en nosotros a su plenitud. Que, como Tú, nos volvamos ofrenda eterna de acción de gracias.
A él, Verbo Creador, que de ti tomó carne, que te santificó por su sangre, todo honor y gloria, con el Padre Eterno, en la unidad del Espíritu Santo, aquí y en los cielos, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Homilía de la Misa Crismal del martes 15 de abril de 2014.

El programa bautismal, guiado por el Espíritu lo conduce a las tentaciones para que venciera a nuestro enemigo. Por la…

El programa bautismal, guiado por el Espíritu lo conduce a las tentaciones para que venciera a nuestro enemigo. Por la unción del Espíritu anuncia el Evangelio a los pobres, la liberación a los cautivos, la liberación de los cautivos: así sana enfermos, perdona pecadores, resucita muertos, consuela tristes, con el Dedo de Dios expulsa demonios, lleva a los hombres al Padre y nos abre el camino de la verdadera bienaventuranza y alegría.
Ungido Sumo Sacerdote se ofrece en el Espíritu Eterno al Padre, de una vez para siempre en la cruz y, resucita, intercede siempre a nuestro favor, como víctima de propiciación por nuestros pecados y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero.
Ejerciendo su sacerdocio en los cielos, une consigo a su cuerpo, su amadísima Esposa la Iglesia, a la que santifica con la perenne efusión del Espíritu.

Los óleos sobre los que oraremos juntos, por Cristo, en un mismo Espíritu, nos revelan y son instrumentos de la acción del mismo Espíritu Santo en el cuerpo eclesial. Nos convierten y nos muestran como pueblo de reyes y sacerdotes.


1. el óleo de los enfermos nos hace mirar la debilidad y nuestra condición mortal:
Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás. La muerte acecha y está siempre presente. Tratamos de huir de ella, la cultura en que vivimos quiere hacernos soñar ocultándola o postergando su consideración, como si fuera un impensado accidente casual.


El óleo de los enfermos al tiempo que nos obliga a mirar la propia muerte, la necesidad de afrontarla, nos abre a pedir el auxilio divino, a poner la confianza en el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos, en la fortaleza del que venció la tristeza de muerte. Al mismo tiempo nos mueve el Espíritu a la mirada piadosa para con los enfermos, los ancianos, los sufrientes y, particularmente, con los moribundos que han de ser acompañados consciente, humana y religiosamente.


En estos días escuchaba en televisión de una cátedra en la facultad de medicina que se llamaba más o menos del humanismo de la medicina. El profesor que la presentaba decía que había que superar el mirar sólo enfermedades y que había que mirar al enfermo, a toda la persona. Por eso esa cátedra auxiliar quería ayudar a atender a la persona del enfermo, y para ello se recurría a la sociología, la psicología, la literatura y el arte, la filosofía. Pero nunca se refirió a la religión, siendo que es la mira y se acerca a todo el ser humano en su enfermedad, dolor, angustia y muerte.


Nosotros sí hemos de acompañar al enfermo con el consuelo de Jesús, que se conmovió ante la tumba de Lázaro, que rompió a llorar compartiendo el dolor de los amigos, que derrama el Espíritu Paráclito, consolador.


2) el óleo de los catecúmenos debe ser usado antes del bautismo. Es la unción para el combate, la lucha de la vida cristiana, que no es contra la carne y la sangre – los seres humanos – sino contra el mal, el pecado, el demonio.
El mundo quiere por un lado disminuir la mirada a este combate, presentando todo como normal, como corriente, aún las mayores blasfemias e iniquidades.
Por otro lado se presenta como vencedor, de forma que parezca imposible luchar.
El Espíritu Santo en cambio desenmascara la hipócrita aparente victoria del Príncipe de este mundo: porque convence de de dónde está el pecado, la justicia y la condenación.
La unción del Espíritu tiene carácter de exorcismo, que no es una cosa llamativa y rara para impresionar. No. Es el combate de la oración, que pone la confianza sólo en Dios, y por eso vence la tentación y el Maligno.


Es la humildad con la conciencia de la debilidad y flaqueza: no podemos vencer por nosotros mismos. Por ello, más necesario es el combate de la oración, con la fuerza del Espíritu: velad y orad.
La importancia del sacramento de la confesión, como acción del Espíritu que da no sólo el perdón, sino también la gracia para la penitencia, para el combate de la conversión de la mente, del corazón, del cuerpo, de las acciones.


A nosotros sacerdotes se nos pide siempre mayor dedicación a este sacramento.
Este combate espiritual contra el pecado, sostenido por la oración y la penitencia, no es sólo individual: somos un ejército de humildes combatientes, tras el Crucificado Rey vencedor, asistidos con la fuerza del Espíritu.


A él le pedimos, lo que tantos santos han dicho: antes morir que pecar, anteponer a todo el amor a Cristo y el rechazo de la ofensa a Dios.


3) el santo Crisma: la sobreabundancia del don del Espíritu, el perfume espiritual, la belleza de la vida cristiana, la expansión del buen olor de Cristo.
La Iglesia ha recibido la unción del Espíritu para creer según la revelación de Dios y, por ello, el pueblo todo, la Santa Iglesia es indefectible en la fe revelada. Y también por ello es incansable en la propagación de la fe, en el testimonio de la vida, en la proclamación del Evangelio a los pobres y a toda creatura. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. El mundo quiere relativizar toda afirmación que provenga de Cristo y del Dios de la vida y absolutizar las propias ideologías y caprichos. En esto hemos de vencer al mundo, no con nuestras fuerzas, sino con el testimonio del Espíritu Santo en nuestros corazones y nuestras vidas.


La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.
La unción del crisma es la unción de la caridad. En estos días con frecuencia pide la Iglesia que vivamos de aquel mismo amor que llevó a Cristo a entregarse por la salvación del mundo.
La unción de la caridad pone en nuestros corazones el amor filial, para que amemos al Padre, con humildad y obediencia, entregándole el corazón, el alma, todo lo que somos.
La unción de la caridad nos impulsa a dar la vida por los hermanos, a servir y entregarnos, no con la pretensión de mirar lo que hacemos, sino como verdaderos siervos, como quien le pertenece al otro.
La unción del Espíritu nos da el gusto del amor divino. Pidamos que el Espíritu nos libre de toda acedia, que es el disgusto del amor divino. La acedia que se queda de Dios, que no se satisface con su amor, que va detrás de otros dioses. Al contrario, que nos dé el Espíritu el gozo de la comunión con el Padre, de la amistad de Cristo, del ardor del dulce huésped del alma.


La caridad debe llevarnos a la comunión con el Corazón de Jesús, entregándonos con él por la salvación de los hombres, como ofrenda al Padre de suave olor, como caridad ardiente y eficaz para con el prójimo. Toda la vida litúrgica es en esta unción. Por ello se habla de orar con unción: llevados por el Espíritu en consonancia con Cristo.

La unción del Santo Crisma nos comunica la esperanza que no defrauda, la esperanza que confía totalmente en el abandono en manos del Padre. La esperanza que espera sólo a Dios de Dios. La esperanza humilde y callada, pero perseverante, victoriosa ante los ataques del desánimo, la envidia, la pereza. La esperanza es la humilde ofrenda que le hacemos a Dios de reconocer que él es bueno, sabio y fiel, digno de confianza, como para esperarlo todo de él.


Quiero ahora dirigir una palabra a los diáconos exhortándolos a la docilidad al Espíritu Santo en la comunión con Cristo servidor.
El ministerio diaconal debe distinguirse precisamente por el servicio, con particular atención a la sangre de Cristo, al cáliz, que siempre se ha visto ligado con la efusión de la caridad del Espíritu Santo.
La ordenación diaconal tiene en común con la episcopal la entrega del Evangelio: el diácono ha de ser portador del anuncio del Evangelio a los pobres y alejados.
Además el ministerio diaconal ha sido ligado al servicio a los pobres, a la tarea de la caridad en la Iglesia.
Quieran ser cada vez más dóciles a la obra del Espíritu en ustedes.


Por último, pero no menor en importancia, queridos hermanos sacerdotes, quiero compartir con ustedes la alegría de la participación en la unción sacerdotal. Junto con la imposición de las manos, fueron ungidas nuestras manos, es decir nuestro cuerpo para orar, para bendecir, para santificar, para perdonar, para reunir.
El obispo fue ungido en la cabeza, para recibir la plenitud de la unción, que comparte con el colegio de los presbíteros.


¡Qué importante es que con suma humildad reconozcamos el don de Dios: la unción que nos consagra en comunión con Cristo único sumo y eterno sacerdote!
De aquí ha de manar la conciencia del don y la responsabilidad de secundar la acción del Espíritu.
No digo nada nuevo, si bien quiero recordarlo con libertad apostólica: el ser y el ejercicio del sacerdocio presbiteral, en sintonía con Cristo y el Espíritu Santo, sólo se puede vivir verdaderamente en comunión real con el presbiterio y en comunión y obediencia con el obispo. Por otra parte es lo que prometimos en la ordenación y que ahora refrendaremos.
Este recuerdo – que es deber de mi responsabilidad – es para que más y mejor de cómo lo vivimos nos renovemos en la comunión, en la fraternidad, en la verdadera libertad evangélica, que es la de estar sujetos unos a los otros en el temor de Cristo.


También me parece oportuno, queridos hermanos, que retomemos con mayor ahínco el combate de la oración. Si éste es de todo el pueblo cristiano, nosotros fuimos puestos al frente.
La Liturgia, como enseña el concilio, es el ejercicio del sacerdocio del mismo Jesucristo, que asocia consigo a su cuerpo, su Esposa la Iglesia por la acción del Espíritu, para que ejerza el culto público íntegro, glorificando al Padre y santificando a los hombres.


A nosotros se nos ha confiado una participación peculiar en estos misterios. ¡Qué gratitud y qué responsabilidad! Consideremos la fidelidad de nuestra participación personal en la oración litúrgica. Se nos han encomendado las acciones y las palabras que la Iglesia aprendió del Espíritu sea para el Sacrificio Santo y Glorioso de Cristo, sea para impetrar la acción del Espíritu en los sacramentos, sea en el Oficio Divino, la Liturgia de las Horas que la Iglesia quiere poner en nuestros labios y en nuestro corazón para la recemos en nombre y a favor de todo el pueblo santo.
¡Qué gracia! ¡Qué distancia entre los que se nos da y lo que somos! ¡Qué humilde súplica para pedir el don de la fidelidad y la conversión a lo que se nos entregó!
Por eso, también al renovar nuestras promesas sacerdotales asumamos nuevamente que hemos prometido realizar las celebraciones litúrgicas según la Tradición de la Iglesia. Los fieles tienen derecho de recibirla, nosotros deber de dársela inalterada.


Al orar hoy juntos invocamos el Espíritu para la celebración de los sacramentos en nuestra diócesis por todo el año. Que este mismo Espíritu, que es óleo de la alegría nos dé a todos la alegría del Evangelio, para vivirlo en la fe, para compartirlo en la caridad, para anunciarlo con esperanza viva, hasta que llegue el Señor. La con versión pastoral, como Iglesia de discípulos misioneros, que debemos salir a buscar a los que están lejos, en donde sea, no es sólo una consigna de acción, es sobre todo docilidad y fruto de la unción del Santo Espíritu. Él que es testigo fiel de los cristianos nos dé la fuerza de ser testigos del Resucitado hasta los confines de la tierra, hasta que venga el que ha de reinar por los siglos de los siglos. Amén.

Miércoles de Cenizas – 5 de marzo de 2014. Iglesia Catedral de Canelones.

La Cuaresma es un regalo de Dios a su Iglesia. Es también un regalo de la Iglesia a sus hijos,…

La Cuaresma es un regalo de Dios a su Iglesia. Es también un regalo de la Iglesia a sus hijos, a sus miembros.

Nuestros mayores dedicaron este tiempo a una escucha particular de la Palabra de Dios, para acompañar a los catecúmenos a la iniciación cristiana por el bautismo,

la confirmación y la Eucaristía. Al mismo tiempo a los ya iniciados se les regala la oportunidad de la conversión, el ahondamiento del cambio que el Señor ha producido por su muerte y resurrección, el participar más plenamente en la vida nueva, la vida eterna, que el Padre nos regala en Cristo por su Espíritu Santo.


El primer llamado es a valorar este regalo. La fe es un acto de conocimiento y de apreciación: ¿cómo valoro el don, el regalo de Dios, al entregarnos su propio Hijo y el Espíritu Santo? ¿Cuánto aprecio el perdón de los pecados, el ser hijo de Dios en Cristo, la vida eterna?
Al imponérsenos las cenizas se nos recuerda: Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás. El aprecio del regalo de la vida nueva, implica el reconocimiento de nuestra pequeñez, de nuestra miseria, de la muerte y del pecado. No para angustiarnos en ello, pero tampoco para ocultarlo. Sino para abrirnos al don de Dios que supera el pecado y la muerte. La conversión pide humildad, que permite ver todo la vida, sin escabullirse de los aspectos feos, sin buscar falsas compensaciones, sin desesperar.
Porque también puede decirse cuando se impone la ceniza una frase evangélica: Conviértete y cree en el Evangelio.


La conversión es volvernos hacia el Señor. Y nos volvemos hacia Él fiándonos del pregón del Evangelio: Dios viene a reinar, su reinado es la vida, la salvación, la victoria, la gracia. Nuevamente, creer es apreciar el don y abandonarnos en el Señor, dejarnos salvar, amar, elevar. De allí surge la oración: venga tu Reino, hágase tu voluntad.


Creer en el Evangelio, en el don de Dios, en su reinado, hace surgir – con la gracia del Espíritu Santo, lo mejor de nosotros mismos. Por eso, también el llamado a la conversión es un llamado al ejercicio de la santidad, al camino de cambio, por los actos, por los Ejercicios repetidos, renovados de los tres grandes instrumentos: la oración, la acción penitencial y la caridad - la participación en el amor de Dios por el prójimo.
Al recibir la ceniza con humildad, también reconocemos con humildad el camino de la cruz de Cristo, el discipulado, en la participación de su cruz, para ir participando de su victoria, de su nueva vida.
• Pregúntese cada uno, al comenzar la Cuaresma, cuáles serán sus ejercicios de oración (de súplica, de escucha de la Palabra de Dios, de silencio para ahondar en la mirada de fe de nuestra vida, de participación en los sacramentos).
• Pregúntese sobre qué penitencias, qué muertes, que despojamientos me van a unir con la muerte de Cristo: qué obediencia para entregar mi voluntad, que entrega, que renuncia a mí mismo para abrazar la cruz, para liberarme de mi pecado, para entregarme al Señor.
• Pregúntese cada, que entrega de amor al prójimo, de participación en la caridad de Dios, como lo canta el Pregón de la Noche Pascual: que admirable ternura y caridad, para salvar al esclavo, entregaste al Hijo. Esa caridad del Padre, esa caridad del Hijo ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo y debe renovarse en la vida. Preguntémonos: qué atención al pobre, que entrega de mi tiempo, que servicio, que reconciliación, hasta el amor al enemigo.


Tres finalidades, que son una, tiene este ejercicio cuaresmal:


• Nuestra santificación, nuestro crecimiento en la vida divina, hasta que Cristo tome toda nuestra existencia, para participar en sus padecimientos a fin de participar del poder de su resurrección.
• La salvación del mundo, nuestra comunión con la obra redentora de Jesús, por la oración, la entrega, por el testimonio, por la evangelización: para que el mundo crea.
• La gloria de Dios: que el Padre sea conocido y amado, que Jesús nos una consigo en el Espíritu Santo, para que nos volvamos una ofrenda cada vez más agradable a Dios. Jesús no quería sino la gloria del Padre: que Él nos dé mayor parte en su entrega a Él.


Que por la ofrenda de Cristo en la Cruz que se renovará aquí en el altar, el Padre envíe abundantemente su Espíritu, que nos purifique del pecado, que nos dé la humildad de reconocer nuestra necesidad de ser salvados del pecado y de la muerte, que nos abra a la conversión, creyendo confiada y gozosamente en el Evangelio.


Que Santa María, San José y San Juan Bautista, los apóstoles y los mártires, nos acompañen en el peregrinar de esta Cuaresma.


Que movidos por el Espíritu, unidos al cuerpo entregado y la sangre derramada también nosotros nos volvamos ofrenda de suave olor, oblación agradable al Padre, por Cristo, que por nosotros murió y resucitó, que es digno de recibir el honor y la gloria por los siglos de los siglos.

Amén.

Domingo I de Cuaresma

Parroquia S. Francisco de Empalme Nicolich. Sea alabado y bendito Jesucristo. R./. sea por siempre bendito y alabado.Mis queridos hermanos:…

Parroquia S. Francisco de Empalme Nicolich.


Sea alabado y bendito Jesucristo. R./. sea por siempre bendito y alabado.
Mis queridos hermanos: la Iglesia, es un pueblo peregrino, es decir caminante, con una meta: el cielo, la casa de Dios, la vida eterna, la Jerusalén celestial.

Por eso nos gusta hacer procesiones, como hicimos al comienzo. Y llamábamos, invocábamos a los ángeles y santos, nuestros compatriotas del cielo, para que nos acompañen en este caminar, a fin de que lleguemos a la meta: ser santos en esta vida y ser santos en la otra con el Padre, Jesucristo su Hijo, en la unidad del Espíritu Santo.

Y Jesús nos conduce al Padre, en su Iglesia. ¿Dónde está Jesús? ¿Sentado a la derecha del Padre? Y por eso se hace presente, obra ahora aquí en su Iglesia reunida.
Nos guía, nos ilumina, nos hace entender y nos acompaña en primer lugar con su Palabra. Que no es solo unas ideas. El obra con la fuerza de su Evangelio.
¿Qué nos dice esta Palabra de Dios?
Primero: que somos creados por Dios, que él nos da la existencia, para que lo conozcamos, lo amemos y lo sirvamos. Para que siguiendo su palabra, y obrando como hermanos, nos vayamos pareciendo, asemejando a él.


Segundo: que hay otra realidad en la creación: el pecado y la muerte. No somos buenas imágenes de Dios. Preferimos seguir nuestro propio camino. Y además entramos en una existencia en el que la humanidad está sujeta al pecado y nos hacemos mucho daño, nos ofendemos, nos oponemos.
Tercero: que necesitamos, entonces, ser salvados. Necesitamos el perdón de Dios, necesitamos la ayuda de la gracia de Dios, que él nos auxilie para poder cambiar el corazón y nuestras obras.
Cuarto: El Padre nos ama aún siendo pecadores y envía a su Hijo Eterno, hecho hombre, para salvarnos, para rescatarnos a fin de que no nos ahoguemos, no nos hundamos, no nos condenemos.


Como oímos que decía San Pablo. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, el favor de Dios, su perdón, su ayuda, en Jesucristo.
Jesucristo murió por nuestros pecados: hay perdón si lo queremos recibir. Jesucristo resucitó y nos abrió el cielo. Jesucristo obra ahora aquí la salvación por medio de su Iglesia, nos da el perdón, nos hace hijos de Dios, derrama el Espíritu Santo, nos alimenta con su Palabra y su Cuerpo y su Sangre.
Quinto: Por medio de la Iglesia, Jesús nos va iniciando, introduciendo en su propia vida, en su victoria, en la vida nueva. Nos va llevando a cambiar para pasar del pecado a la gracia, de la muerte a la vida, de alejados de Dios, a ser plenamente sus hijos.

Esta salvación, esta vida nueva, esta liberación, este ser hijos de Dios, lo obtuvo Cristo. Atendamos cómo nos lo muestra en su victoria sobre el padre de la mentira, nuestro enemigo, el Diablo.

Oímos que Jesús aceptó ser tentado, probado por Satanás, para vencerlo y así darnos parte en su victoria. Esas tentaciones y pruebas que oímos van a culminar en la cruz: Jesús con su obediencia al Padre y sus sufrimientos.
Porque él venció, nosotros podemos con él, ser vencedores. En las tres tentaciones de Jesús están todas las tentaciones:


La que proviene de nuestras necesidades. Tuvo hambre. No estaba mal que comiera. El pecado es poner el hambre antes de la voluntad del Padre. "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Busquemos primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás como añadidura. En la cruz, asume Jesús la muerte, entregándose en la voluntad del Padre.


Que hiciera un gran milagro, un aspaviento, que se tira de lo alto del templo, vinieran los ángeles, los demás vieran qué fantástico era. Que de alguna forma le exigiera a Dios para creer. Dios tiene que hacer tal cosa; lo acepto si hace lo que yo creo que necesito. Yo no creo, dice alguno, porque Dios no me hizo esto, o porque permitió esto otro. "No tentarás al Señor, tu Dios". Tentar a Dios es querer ponerlo a prueba: para que yo te crea y te obedezca, tienes que hacer lo que yo espero. No tentemos a Dios, sino seamos humildes y obedientes ante él.


Entregar el alma, por la plata, el poder, el orgullo, la soberbia, el placer. Aquí caemos todos, pero el Señor vence. "Adorarás al Señor tu Dios, y a él sólo darás culto, a él sólo servirás".


Adorar a Dios – no es sólo quererlo -, sino que es entregarse a él. Vivir para Dios, servirlo. No porque Dios necesite un servidor y lo esté sirviendo, sino porque nuestra dignidad y libertad de seres humanos es servir a Dios. ¿si no, ¿a quién vamos a servir: al placer, al poder, a la plata, a nosotros mismos, a las ideas? Todas éstas son formas de esclavitud. Los santos fueron libres porque adoraron sólo a Dios y se entregaron a su servicio.

Cristo nos ha liberado por su obediencia y sumisión al Padre. Y él nos libera de la esclavitud del pecado y de la muerte, para que seamos libres hijos de Dios, obedientes y servidores por amor de Dios, nuestro Padre.

Para participar de esta libertad, de esta vida nueva, Cristo nos une consigo por la fe en su Palabra, y por sus acciones, por sus sacramentos.
Por eso la Cuaresma es la última etapa de preparación para recibir el bautismo y la confirmación, de los catecúmenos que se han ido disponiendo a ellos, por la catequesis, la oración, la conversión de la vida.


Y al mismo tiempo, la Cuaresma es el tiempo en el que los fieles, los ya bautizados tenemos que abrirnos a la gracia del bautismo, convertirnos a lo que Dios ha hecho en nosotros, buscar lo que Dios quiere de nosotros.
En este sentido hay que hablar de iniciación cristiana, iniciación en el misterio de Cristo y de su Iglesia.
Ser iniciado en algo, es ser introducido, entrar en mundo nuevo, ir aprendiendo, e irse reconociendo en él. Algo así pasa cuando empezamos un curso de algo, o cuando comenzamos un empleo nuevo: no estamos bien ubicados, no sabemos usar las cosas, vamos aprendiendo el lugar, las costumbres, las personas, los hábitos, el proceso. También somos iniciados, cuando nos hacemos amigos de alguien, o más aún en un noviazgo serio: se nos introduce en la nueva familia...
La vida cristiana es una iniciación, porque nosotros no sabemos qué es ser hijos de Dios, nosotros no podemos por nosotros mismos ser semejantes a Cristo, nosotros ni siquiera tenemos el lenguaje para hablarle a Dios, menos aún para realizar sus obras.
Para eso, Cristo deja su Iglesia: en ella somos iniciados en la Palabra de Dios, en la oración, en el seguimiento de Cristo, en el ejemplo de los santos.
Más aún, no sólo con palabras y ejemplos, sino con la acción de Cristo y del Espíritu Santo. Especialmente la Palabra predicada, el Bautismo en Cristo muerto y resucitado, la Confirmación con el sello del Espíritu. En los sacramentos Cristo que está a la derecha del Padre, en el nombre del Padre y por la acción del Espíritu Santo obra el perdón, la santificación, nos consagra para Dios, nos introduce en su propia vida, para adoremos al Señor, nuestro Dios, y a él le demos el culto perfecto. Para que como Cristo, con El y en El nos entreguemos al PADRE.


La participación en la Misa es posible, cuando Cristo nos une consigo por el Bautismo – y luego por la Confirmación – y nos hace un pueblo de reyes – libres para Dios -, de sacerdotes – para entregarnos con Cristo al Padre – y profetas – para ser misioneros para llevar su nombre y la luz del Evangelio a todos nuestros hermanos.


Un grupo de hermanos nuestros va a ser introducido plenamente en Cristo, en su Iglesia, en la Noche de la Santa Pascua, por el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Otros, ya bautizados, van a participar plenamente de la Misa cuando empiecen a comulgar.


Toda la comunidad los acompaña en esta Cuaresma con su oración, su cariño, su ejemplo.


Que a todos nuestro Rey vencedor, nos haga también vencederos de la esclavitud del pecado y de la muerte, y nos llene de la luz de su gracia, de la verdad y el amor. Que nos haga libre para adorar al Padre, haciendo su voluntad, para llevar por todas partes el buen olor de Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo. A la Santa Trinidad la adoración y la gloria por los siglos de los siglos.

Amén.

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