Homilías 2017

Homilía Vigilia Pascual

Homilía de la Vigilia pascual - 2017  de Mons. Alberto Sanguinetti Montero, obispo de Canelones. Santa Iglesia Catedral Nuestra Señora…

Homilía de la Vigilia pascual - 2017  de Mons. Alberto Sanguinetti Montero, obispo de Canelones.

Santa Iglesia Catedral Nuestra Señora de Guadalupe

Hermanos, saludémonos con el saludo pascual.

Cristo resucitó r./. en verdad resucitó (bis)

            En la Pascua culmina el viaje – el camino de la vida – de Jesús, porque es su paso de este mundo al Padre.

La Pascua de Jesucristo es la plenitud de su viaje: el Hijo y Verbo eterno se abajó tomando carne y naciendo de una Virgen. Hecho en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado y recorrió el camino de la vida, llevándonos en su carne, asumiendo nuestra pequeñez, teniendo como meta el Padre, como camino hacer su voluntad, paso a paso.

Jesús, cordero inmaculado, por amor a nosotros, lleva sobre sí el pecado del mundo, baja al abismo de la violencia injusta, de la oscuridad de la muerte, asume el rechazo de Dios, que la humanidad quiere expulsar de su propio centro, del amor al  prójimo. La Pascua es su cruz, su abajamiento, su entrega.

Jesús resucitado de entre los muertos y glorificado junto al Padre es el término de su pasión, es el verdadero fin de su viaje, de nuestro viaje, que tiene sentido pleno sólo en la comunión eterna con el Padre. 

Contemplémoslo a Jesús sacerdote y rey, cordero y ofrenda eterna, sentado glorioso en la santa imagen que preside nuestra Iglesia Catedral.  Los ángeles nos muestran los instrumentos de su pasión: la corona de espinas, la cruz, el látigo, los clavos, el hisopo para la hiel, la lanza. Resucitado, vivo, glorioso, tiene sus llagas preciosas, su costado abierto, para continuamente darnos el Espíritu Santo, lavarnos en el bautismo y saciarnos con su sangre en la Eucaristía.

En el cirio pascual, que también lo representa a Él muerto y resucitado, señor del tiempo y la historia, tenemos los mismos símbolos de la misma realidad.

Jesús vivió la Pascua para nosotros. Por eso su Pascua es un don que nos es ofrecido, una gracia dada a cada hombre, si quiere aceptarla, regalada a la humanidad entera, a fin de que podamos llevar a buen término nuestro propio viaje, en el pasaje de la muerte a la vida, del pecado a la reconciliación con Dios y a la hermandad entre los hombres, de las tinieblas a la luz, de este mundo al Padre.

Este viaje nuestro con Cristo empieza antes que nosotros mismos, porque fuimos creados a su imagen y semejanza de Dios, como escuchamos en  la primera lectura de esta Noche santa. Creados por Dios, creados para alcanzar a Dios y creados para adelantar en este viaje, por Cristo, camino, verdad y vida.

Esta comunión con la ofrenda de Cristo estaba prefigurada en el sacrificio de Abrahán.

Nuestra pascua, nuestro pasaje fue anunciado en el pasaje del mar Rojo, aquel fue como el bautismo de Israel, figura del verdadero bautismo, en el que por el agua, con la fuerza del Espíritu Santo, pasamos de ser parte de la humanidad sumergida en el pecado, para pasar a ser miembros del Pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu en la Santa Iglesia.

Dios por los profetas iba anunciando un gran regalo, un gran don, el perdón y la vida santa, la vida de hijos de Dios. Nos prometió lavarnos en un agua pura, nos prometió darnos un corazón nuevo, nos prometió el don del Espíritu Santo. Dios se comprometió a hacer una alianza, un  pacto, un trato que no se rompiera jamás: yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo.

Esa alianza indestructible la realizó Jesús en su Pascua: en su muerte por nosotros y en su gloriosa resurrección y ascensión a los cielos.

Queridos catecúmenos, que emprendieron este viaje cuando fueron  marcados en la frente con la señal de la cruz, que han recorrido el camino de la catequesis y de las bendiciones en estos domingos.

Ustedes llegan al momento culminante de esta iniciación de este viaje, en esa noche de Pascua.

En el lavado del bautismo se nace a vida nueva, en unión con Cristo muerto y resucitado. En la confirmación somos sellados y marcados con el Espíritu santo para ser pueblo de Dios, pueblo de su propiedad, para que no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Jesús que por nosotros murió y resucitó. El Espíritu Santo nos perfuma y nos embellece con la santidad de Cristo.

La Santa Misa es la actualización del sacrificio de la cruz, que nos salva, y la presencia de Cristo resucitado que nos da su Espíritu Santo, para purificarnos del pecado y para santificarnos, a fin de que entreguemos nuestra vida para alabanza del Padre, a quien sea todo honor, toda gloria, toda acción de gracias. Su carne es comida que nos da vida, su sangre en bebida llena del Espíritu para amar con el mismo amor de Cristo.

Mis queridos hermanos, en esta noche de Pascua de Resurrección, los invito a guardar un poco de silencio, a detenernos todos en el andar de aquí para allá y a sentarnos en el camino, para escuchar el anuncio: Jesús murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación, a nosotros que andábamos sin rumbo, nos ofrece el camino hacia el Padre. A nosotros pecados y mortales nos abre las puertas del cielo. Nos hace ciudadanos de la Jerusalén celestial. Catecúmenos abran los ojos de la fe para ver la verdad de la obra de Dios.

Participa de nuestra asamblea una comunidad del camino neocatecumenal de Las Piedras, que en esta noche de Pascua celebra la conclusión de su proceso. Han estado más de veinte años ahondando en la gracia de su bautismo, en la Palabra de Dios, en el misterio de la Eucaristía y en la conversión de una vida en seguimiento de Cristo el Señor. Nos dan testimonio de la fuerza transfiguradora de la Pascua.

Cristianos ya bautizados, que han sido iniciados en el misterio y la vida de la Iglesia, ¿cómo estamos viviendo nuestro viaje de miembros de Cristo y de la Iglesia?

Los invito a mirar el viaje de la propia vida y a escuchar la invitación de que nuestra vida sea pascua.  Al renovar las promesas de nuestro bautismo, ante el Padre, miremos la verdad de nuestro viaje y atendamos a la invitación a vivir en toda profundidad, en toda verdad, queramos dejar reordenar nuestro viaje hacia la vida eterna, nuestro viaje de creyentes en Cristo, de hijos de Dios.

            El mundo nos ofrece viajes de placer, de distracción. Nos dejamos engañar con promesas falsas y engañosas. Con frecuencia ocultamos nuestra infidelidad, diciendo que no tenemos tiempo para rezar, para celebrar la Misa, para confesarnos, para escuchar a Cristo.  Muchas veces luchamos por lo efímero, lo que pasa, lo banal, lo fugaz, y no tenemos la fortaleza, la valentía de transitar el viaje, por el camino de Cristo.

            El Maestro nos llama a la verdad, a salir del engaño y de la superficialidad, para gozar de la vida nueva de su pascua.

            Cristo en la Pascua nos proclama la meta, el término del viaje de la vida: el Padre y la vida inmortal con Él y en él.

Tenemos una brújula: es la cruz de Cristo, en la que él nos indica la dirección y la meta.

Cristo nos presenta el camino: que es Él mismo en la Santa Iglesia. Por la obediencia a su palabra y a sus mandamientos. Por la acción de sus sacramentos. Por la obra del Espíritu santo y la compañía con los santos que nos dan testimonio de Cristo. El viaje de Cristo se realiza en y con la Iglesia.

Que en la familia, en cada corazón, en toda la sociedad se eduque a escuchar el Evangelio de Cristo: levántate y anda, porque yo por ti descendí al abismo y subí a los cielos. Ven conmigo y caminemos porque nos ilumina la gracia de Dios.

Nuestra dignidad, hermanos, es el vestido de gloria y santidad con que somos revestidos en el bautismo: vivamos en santidad de vida.  Nuestra luz es Cristo que nos ilumina en el bautismo, para que no vivamos en la oscuridad del pecado, sino en la luz de la verdad de Dios. Nuestra belleza – no es la apariencia de la cosmética – sino que es el buen olor de Cristo, que el Espíritu Santo infunde en nuestros cuerpos y en nuestra alma en la confirmación. Nuestro alimento es el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El sentido de la vida es la humildad para reconocer el don de Dios, para responder al llamado del Padre y obedecer su voluntad. Nuestro fin alabar y bendecir al Padre, por Cristo en la unidad del Espíritu Santo y participar de su alegría y bienaventuranza, ahora, en este caminar por el viaje de la fe, hasta alcanzar la visión eterna de la gloria de la Trinidad Santa, y adorarla con los ángeles y los santos, por los siglos de los siglos. Amén.

Misa Crismal

Santa Iglesia Catedral Nuestra Señora de Guadalupe. 12 de abril de 2017. Alabado sea Jesucristo, r./. sea… el que nos…

Santa Iglesia Catedral Nuestra Señora de Guadalupe. 12 de abril de 2017.

Alabado sea Jesucristo, r./. sea… el que nos amó y nos ha salvado por su sangre. El Ungido con el Espíritu para actuar el Evangelio en medio de los pobres. Alfa y omega, principio y fin. A Él la gloria y la acción de gracias.

Hermanos, esta escritura que acabamos de oír se cumple hoy, aquí.

Estamos viviendo el misterio de la Palabra de Dios proclamada en la Iglesia, en la divina liturgia. Como enseña el Concilio: Cuando se proclama la Palabra de Dios en la Iglesia es Cristo mismo que habla (cf SC 7).

Movido por el Espíritu, inaugurar el año de gracia, que él realiza con su pasión, muerte y resurrección. Y hoy lo anuncia a nosotros, con el mismo poder del Espíritu que sana, perdona, vivifica, transforma, reparte sus dones.

El Hijo, Palabra plena y total, Verbo del Padre, se ha vuelto verbo abreviado, palabra abreviada en su carne que tomó de María la Virgen, para que así la única Palabra eterna se reproduzca en palabras humanas., que a su vez no son sino un único Evangelio, un solo Señor Jesucristo, la total revelación de Dios.

Llevado por el Espíritu Santo Jesús anunció con palabras y signos, e hizo presente con el dedo de Dios, la fuerza salvadora del reinado del Padre.

Con esa unción del Espíritu, fue consagrado sumo sacerdote y víctima santa que se ofreció en el altar de la Cruz, para destruir nuestra condena y para consagrarnos como reyes y sacerdotes para Dios su Padre. Él es el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra.

                Así, pues, en la Santa Iglesia, la Palabra de Dios, desde la cátedra del Espíritu Santo, nos proclama la santidad, la fuerza transformadora de esa misma palabra, para que renovemos nuestra fe en la acción de Cristo y del Espíritu en la Santa Iglesia. En la Liturgia Cristo por el Espíritu nos alimenta con su Palabra, ora en nosotros, nos santifica, nos consagra para el Padre, nos hace partícipes de su resurrección.

                Todos nosotros somos fruto de la acción vivificante de Jesús, Verbo y Palabra del Padre. Todos nosotros somos fruto de la unción del Espíritu, que nos ha comunicado la fe en la Santísima Trinidad. Todos nosotros somos un pueblo santificado por la Palabra para dar frutos abundantes de santidad de vida y de testimonio de Jesucristo. Por eso, vivamos lo hemos cantado: cantaré eternamente las misericordias del Señor.

                A él le suplicaremos con la Palabra de la Iglesia, contemplando su obra por los sacramentos: o Redemptor sume Carmen temet concinentium. Oh Redentor, acoge el poema de quienes para ti cantan a coro.

Para hacernos partícipes de su unción, recibimos el óleo de los catecúmenos, para que tengamos la fuerza de nuestro Rey, vencedor en el combate contra el maligno. Aún no hemos llegado a la sangre en nuestro combate con el príncipe de este mundo, padre de la mentira.

El Señor tomó sobre sí nuestras enfermedades y dolencias. Por eso, con el óleo de los enfermos, nos acerca amoroso a curar, sanar y fortalecer al ser humano, cuando experimente la debilidad, es tentado en su confianza, y así el Espíritu Santo nos une con la debilidad sanante de la cruz de Cristo el Señor. Solo el Maestro interior, Jesús, con su palabra y con su Espíritu puede dar la luz y el consuelo que transforman el sufrimiento y la angustia en fuente de vida para sí y para los demás.

Brilla sobre todo la novedad del nuevo Testamento, en el misterio del Santo Crisma, la unción vivificante del Espíritu Santo, que reposa sobre Cristo y que él infunde en su cuerpo, que es la Iglesia, llenándola de vida, de suave fragancia, de caridad siempre nueva.

A los que el bautismo lava del pecado y recrea como hijos de Dios por el Espíritu de adopción filial, el Señor, confirma marca, sella con la abundancia del santo Crisma, para consagrarlos como pueblo de sacerdotes y reyes para Dios su Padre.

A  los ya bautizados el Espíritu derramado por el santo crisma les confiere la multiplicidad de vocaciones y carismas que enriquecen al Pueblo de Dios, con variedad de dones y servicios, para la edificación de la Iglesia, el servicio a los hermanos, la caridad siempre renovada.

Es el Espíritu el que nos une a la ofrenda de Cristo, nos hace partícipes de su misma unción como pueblo sacerdotal, entregado al culto del Dios vivo, al culto al Padre en Espíritu y verdad.

                La participación en la unción del Espíritu que ungió a Jesús, nos hace a todos un pueblo profético, que debe proclamar por todas partes el Evangelio de Cristo muerto y resucitado, del amor y la misericordia del Padre, del llamado a la vida de hijos de Dios. Este anuncio, esta profecía en el nombre del Señor, ha de ser testimonio de vida y servicio.

                Hermanos, recordemos también que la unción del santo Crisma nos lleva a entregarnos a Dios hasta dar la vida por él. A los profetas, reyes y sacerdotes, también los consagra como mártires, testigos de sangre. Y hoy en día, en distintos lugares, hermanos nuestros, sostenidos por el vigor del Espíritu Santo han testificado a Cristo Salvador con su sangre, con sus vidas. En ellos se ha consumado el sacrificio de la Misa, en la comunión en la muerte de Cristo. ¡Qué ejemplo para nosotros! ¡Qué gloria para Cristo! ¡Qué signo para el mundo!

                Hoy vamos  a orar para que Dios nuestro Señor, por Jesucristo su Hijo, nuestro sumo y eterno sacerdote, envíe el Espíritu Santo para que bendiga el óleo de los catecúmenos y de enfermos y consagre el Santo Crisma.

                Hemos proclamado: “cantaré eternamente las misericordias del Señor, proclamaré su fidelidad por todas las edades”. Quiero invitarlos a que en esta Eucaristía agradezcamos las misericordias del Señor en medio de nosotros, los dones y carismas que con fidelidad enriquecen nuestra Iglesia.

                Es bueno que nos detengamos un momento, para reconocer en nosotros, cada uno en sí mismo y en los hermanos la acción vivificante del Espíritu Santo, la multiplicidad de carismas con que enrique a la Iglesia. Con toda humildad, sin comparaciones, cantando a coro para aclamar a nuestro Redentor, contemplamos la obra de la Santísima Trinidad en la santa Iglesia: en la vida de cada día, con sus penas y alegrías, en el trabajo, en el matrimonio y la familia, en las parroquias y comunidades, en los servicios a los más pobres, a los enfermos, a los ancianos y los niños, en la enseñanza y la catequesis, en la palabra de consuelo y en el silencio para perdonar, para orar, para oír, para bendecir.

                Cabe una mirada particular a la fecundidad de la Palabra y el Espíritu en los movimientos laicales que nutren nuestra Iglesia local y que hacen presente de diversas formas el testimonio del Evangelio.

                Una palabra especial quiero dirigir a los miembros de las comunidades religiosas, cuya vocación es fruto de la acción del Espíritu. Y permítaseme un particular agradecimiento al Esposo por la vida religiosa femenina, que es presencia de la infusión del Espíritu en el cuerpo de su Esposa la Iglesia. La Diócesis se ve bendecida por ustedes, hermanas, y  con ustedes se une a la acción de gracias y la alabanza al Señor.

                Queridos Diáconos, su servicio al Pueblo de Dios, en comunión con el Obispo y  el  presbiterio es parte preciosa de cómo el único Señor y siervo ha querido que el ministerio en su Iglesia fuera una sinfonía de personas, energías y servicios. Que el Espíritu renueve  siempre en ustedes la configuración con Jesús, que no vino a ser servido, sino a servir.

                Quiero invitar a todos a mirar con corazón agradecido el don del sacerdocio en la Iglesia, como particular instrumento de la Palabra de Dios, del Verbo Jesucristo, por medio de la predicación del Evangelio, y la oración y los sacramentos. También pedimos al Señor que por la fuerza de su Palabra y la acción del Espíritu, llame, cuide, santifique a muchos que consagra a la gloria de su nombre,  para salvación de la humanidad.

                La Iglesia necesita estos hombres, que tomados para sí por su Esposo y Cabeza, sean hechos suyos en cuerpo y alma,  para que tomen parte en los duros trabajos del Evangelio.

                El obispo es consagrado por Cristo, Palabra y Evangelio del Padre que desciende sobre su cabeza, y por la unción del Espíritu en la misma cabeza.

                Los presbíteros participan de esa consagración y unción, como pródigos colaboradores del orden episcopal, en el ministerio sacerdotal, y sus manos son ungidas con el santo crisma.

                Queridos hermanos sacerdotes. Se nos encomienda el cuidado del Pueblo de Dios, para que éste, por la obediencia de la fe, se vuelva una ofrenda agradable a Dios. Para ello, en primer lugar ¡qué sumisos y obedientes hemos de ser nosotros a la Palabra y al Espíritu, no buscándonos a nosotros mismos, sino el designio del Padre!

                Somos consagrados para presentar el sacrificio de Cristo y de toda la Iglesia. Para ello, ¡de qué forma, en alma y cuerpo nosotros hemos de vivir consagrados a Dios,  como heredad suya!  Imitemos lo que tenemos entre manos, al Señor entregado y su sangre derramada.

                Es bueno, hermanos sacerdotes, que vivamos siempre mejor la unidad del sacerdocio por la unción del mismo Espíritu y la soberanía de la Palabra de Dios. Es justo y necesario que reconozcamos agradecidos los diferentes carismas que el Señor da a cada uno y a todo el presbiterio según el Espíritu quiere concederlo.

                La Iglesia ha pedido y nosotros hemos reconocido como un particular don del Espíritu Santo, como un carisma, la vocación al celibato, para configurarnos con Cristo esposo de la Iglesia. En cada Misa somos llamados a ser uno con Jesús y a pedirle con espíritu de humildad y corazón contrito que el Señor nos acepte y así nuestro sacrificio sea agradable al Señor, nuestro Dios. Que el Espíritu nos renueve con su gracia.

                Hermanos todos. En silencio recibamos la Palabra Divina y dejemos que dé fruto por la acción del Espíritu. Unidos en el mismo Espíritu amémonos y unámonos como Cristo lo pidió para nosotros.  Oremos juntos y ofrezcámonos gozosos y agradecidos a la gloria del Padre, por Jesús, “que nos ama y nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados  y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

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