Mensajes 2021

MENSAJE DE PASCUA Mons. Alberto Sanguinetti Montero Abril de 2021

¡Cristo resucitó! ¡En verdad resucitó! Dejémonos amar por Dios y amemos a Dios sin medida Queridos hermanos de la Iglesia…

¡Cristo resucitó! ¡En verdad resucitó!

Dejémonos amar por Dios y amemos a Dios sin medida

Queridos hermanos de la Iglesia de Dios que peregrina en Canelones, queridos conciudadanos de este hermoso departamento.

La certeza de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es el fundamento de toda la fe de la Iglesia. Como la inmensa mayoría de nuestros conocimientos, incluso los científicos, nuestra fe se funda en un testimonio. [Hoy, por ejemplo, se nos pide creer el testimonio de los científicos, de los politólogos, de los

que opinan y seguirlos]. En el caso de la fe en Cristo, ésta se funda sobre el testimonio fidedigno de los apóstoles, trabado con todos los datos de la historia y, sobre todo, con la realidad única de Jesús, con su coherencia de sabiduría y amor, humildad y majestad. Él es el testigo fiel y con su testimonio humano-divino fundamenta nuestro acceso al Padre. De él da testimonio el Padre que lo resucitó de entre los muertos y el Espíritu Santo en la Santa Iglesia.

¡Cristo resucitó! ¡En verdad resucitó!

Al resucitar y ser glorificado, Jesús ilumina lo que él ya había anunciado, es decir, que fue voluntariamente a su pasión, según el designio de Dios: por nuestra causa fue crucificado, padeció y fue sepultado. Su cruz es ofrenda salvadora, gloria del amor de Dios, pasaje de este mundo a la gloria del Padre.

Yo quiero invitarlos a mirar al que traspasamos (Za 12,10; Jn 19,17; Ap 1,7) a mirar al amor de Dios, que es el origen, el sentido y el fin de toda la existencia: el amor que Dios nos tiene. Y, a su vez, el amor que estamos llamados a tenerle a Dios. La caridad de Dios hasta el fin, el dejarnos amar y el amarlo hasta el fin.

Mirando la cruz de Cristo, contemplando la gloria del resucitado, quiero anunciarles nuevamente la plenitud del amor de Dios. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Unigénito. Cómo escuchamos en el pregón de la Vigilia Pascual: Dios nuestro, ¡que inestimable la ternura de tu caridad: para rescatar al esclavo entregaste al Hijo!

Por eso los invito a creer, dejándose amar por Dios sin límites. El acto de fe del cristiano, movido por la gracia del Espíritu Santo, es el reconocimiento del amor de Dios, como fuente de toda la existencia, y el abandono en él.

Déjense amar por Dios, para dejarse perdonar por Él.

Déjense reconciliar con Dios, para vivir en comunión con Él.

Dejen que Dios los haga sus hijos por la fe y el bautismo y reconozcan la dignidad de bautizados y confirmados, llamados al banquete del sacrificio de Cristo en la Misa.

Dejen que el Padre les dé la plena vida de hijos de Dios.

El amor de Dios no es un mero sentimiento vacío. No es que Dios nos quiera para colmar nuestros apetitos y deseos del momento. No. El amor de Dios es verdadero, porque lo realiza en la entrega de sí mismo. El amor de Dios es en la verdad porque su amor produce todo bien. El amor de Dios es verdadero, porque nos lleva a nosotros a la verdad y al bien.

Por eso, dejarse querer con Jesús es reconocer a Dios, su Padre, como origen de toda verdad y toda bondad. Creer en el amor de Dios entregado en Cristo, es dejarse amar, cambiando el centro del corazón y la vida: vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí (Gal 2,20).

Toda la existencia es don generoso del Padre, por su Hijo, que es su sabiduría y su Verbo, en la acción del Espíritu Santo. La Santísima Trinidad que existe desde siempre es el origen de todo lo existe, creado libremente.

Reconozcamos a Dios Padre todopoderoso creador del cielo y de la tierra, y a Jesucristo por quien todo fue hecho, y al Espíritu Santo Señor y dador de vida.

De aquí la gratitud por el don de la creación entera, que nos debe llevar a la alabanza y acción de gracias. También a la obediencia a la verdad bondadosa de Dios, en el uso de la creación y en el respeto por la ley natural, inscrita por Dios.

La gratitud ha de brotar particularmente porque a los seres humanos nos ha creado a su imagen y semejanza, nos da la dignidad de ser semejantes a Él, como seres inteligentes, libres, llamados a la amistad con Dios.

Reconoce, hombre, tu dignidad y ordena tu mente, tu corazón y tus acciones según los mandamientos divinos, según la sabiduría del creador, en todas las dimensiones de tu existir.

Aún las exigencias de la ley moral, de la conducta, incluso cuando cuestan o son difíciles, son muestra del amor de Dios, de la dignidad del hombre a imagen de Dios. Nuestra mayor dignidad, la grandeza de la libertad humana es seguir a Dios con todo el ser. “Antes morir que pecar”. Amar a Dios con todo el corazón, más allá de la propia vida, entregar la vida.

La cultura del mundo, que relativiza todo, incluso el amor de Dios, después absolutiza cualquier cosa: el placer, la voluntad de poder, la propia libertad, poniendo en lugar de la razón y de la verdad, el propio deseo, la propia opinión, lo que quieren las masas, las mayorías.

El amor de Dios en Cristo nos libera de nuestro engaño, de querer justificar nuestro pecado. Dios nos ama cuando nos indica el bien a hacer. Dios nos ama cuando nos ilumina con la verdad, Dios nos ama sin límites cuando nos perdona por la sangre de Cristo. Dios nos ama cuando nos da la gracia del Espíritu Santo para que podamos vencer al Maligno y amar a Dios con todas las fuerzas y al prójimo como a nosotros mismos, abrazando la cruz de Cristo.

En la resurrección de Cristo el amor de Dios junto con el perdón de los pecados, nos hace hijos, herederos de la vida eterna. Dios nos ha creado para que por su gracia y aceptándolo en nuestra libertad podamos participar de su propia vida, de la vida en comunión con el Padre y el Hijo en la gloria del Espíritu Santo. La vida eterna con Dios es la verdad de la vocación humana, el sentido de la vida presente, la fuente de la verdadera esperanza, el sostén de la libertad.

Sin la verdad del hombre en Dios, la muerte, más aún en situaciones de epidemia, se vuelve la única realidad. La salud se convierte en el bien superior. Entonces se espera del hombre la salvación total. Esto es falso y aumenta el dolor y la angustia.

Sin el amor de Dios, sin la verdad de Cristo, sin perdón de los pecados, sin vida eterna, todo carece de sentido absoluto. La desesperanza cunde, la falsa esperanza surge en cualquier lado.

Entonces se propone la inmoralidad como libertad. La muerte de los inocentes, como un derecho. El suicidio de los que sufren como una supuesta solución.

La finalidad de la vida no es la llamada vida digna, una vida agradable, sino la rectitud del amor a Dios y al prójimo y la vida divina, eterna, junto a la Santísima Trinidad.

Los apóstoles y todos los santos a través de los siglos nos dan testimonio de la fe en el amor de Dios, como fundamento de la existencia. Al mismo tiempo nos enseñan a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Es el amor a Dios lo que libera al ser humano de sus mezquindades, de sus ataduras, y lo hace plenamente libre para entregarse a Dios, para amar al prójimo en toda circunstancia y de diversas maneras, hasta el amor mayor de dar la vida.

¡Cristo resucitó! ¡En verdad resucitó!

El pecado ha sido vencido. La muerte ha sido vencida. El temor ha sido vencido. La mentira ha sido vencida.

Les deseo – y por eso rezo– para que el Padre les envíe el Espíritu de la verdad, para que crean en la luz y el amor de Cristo crucificado. Que el Espíritu mueva nuestros corazones hacia Dios para que su verdad nos inunde, para que dejemos que su amor nos atraiga y libere. Para que amando a Dios con todo el corazón y al prójimo por amor suyo, vivamos la libertad verdadera y obtengamos la herencia eterna.

Especialmente me acerco a los enfermos para consolarlos y darles fuerza. A los angustiados para acompañarlos. A los que se sienten débiles en la entrega a los demás, para que sean fortalecidos.

Pido por los que andan sin rumbo, para que sean encaminados. También pido por los que están en el error, los que niegan y persiguen a Jesucristo: a todos llegue la gracia y la luz.

A todo bendigo en el nombre de Jesús y para todos pido su perdón, su gracia, su vida. Él nos da la fe, la esperanza y la caridad.

Santa Pascua para todos, para cada familia

+ Alberto, administrador apostólico de Canelones

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