Alabado sea Jesucristo r/. sea por siempre bendito y alabado.
Él nuestro redentor, el enviado del Padre, el Cordero preparado antes de la creación del mundo, a precio de cuya sangre somos redimidos, el dador del Espíritu Santo, el que nos introduce en el santuario celestial.
La celebración de la Misa es Crismal es extraña en la secuencia del año litúrgico, de la Semana Santa y, por ello mismo, muy significativa.
¿Por qué digo extraña? Porque si la Liturgia fuera meramente una recreación histórica, la Misa Crismal, con los frutos de la muerte y resurrección de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo, tendría que estar pospuesta a la memoria anual de estos acontecimientos.
Al celebrar hoy el fruto de la Pascua, en la Liturgia, vivimos que ésta es ejercicio del sacerdocio eterno, es decir, siempre actual, de Jesucristo, en el Espíritu. No es una rememoración al modo de las efemérides patrias o de las instituciones. La pasión de Cristo, su resurrección y glorificación junto al Padre, el Espíritu Santo enviado, son siempre presentes, se actúan en su totalidad en la Iglesia.
Por ello estamos reunidos por Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, para pedir el don del Espíritu multiforme, por mediación del Sumo Sacerdote, Jesús, que intercede por nosotros ante el trono de la Majestad en los cielos y derrama la misericordia desde el seno del Padre.
En esa interacción, circulación entre las Personas Divinas, por la mediación de la humanidad crucificada y glorificada del Verbo, participamos de la misma vida de la Trinidad.
Quiero con ustedes recordar el centro de esta acción divina: el amor, la caridad de Dios, proclamada y actuada en la pasión de Cristo y eternizada viva en su glorificación.
De múltiples maneras las Sagradas Escrituras nos anuncian el amor de Dios: es el gozne de toda la revelación. La naturaleza es vista por Dios como buena – sin ningún principio del mal –. Apreciemos la creación, cada creatura.
Pero, a su vez, no divinizamos la creación, a la que adoraban todos los pueblos, excepto Israel, y a la que hoy se le da culto y reverencia, como si fuera un ser consciente y espiritual: se agradece a la Naturaleza, se enoja la Naturaleza, se agradece a la Vida. Todo con mayúscula como si fueran alguien. Reaparece el politeísmo, el panteísmo, en el que el hombre quiere perderse en las energías de lo creado.
O, por otro lado, un humanismo ateo, niega el fundamento del Creador, y termina fundando todo en la mera libertad individual que afirma todo lo que quiere como un derecho.
La verdad es que todo fue y es creado libremente por Dios, que da el ser y el existir. Precisamente el credo lo proclama: Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Del Hijo decimos: por quien todo fue hecho. Y del Espíritu Santo: Señor y dador de vida.
La bondad de Dios se desparrama en toda la creación y por ello cielo y tierra proclaman la gloria de Dios. Así también la ley eterna fundamenta la ley natural.
En la creación del hombre, sucede un cambio radical. Todos los demás seres de la creación son queridos en vistas al conjunto. En cambio “El hombre ocupa un lugar único en la creación: ‘está hecho a imagen de Dios’; en su propia naturaleza une el mundo espiritual y el mundo material; es creado ‘hombre y mujer’. Dios lo estableció en la amistad con él” (Cat. Ig Cath. 355). Sólo al concluir su obra con el hombre, vio Dios que era muy bueno, que estaba muy bien.
Junto con los ángeles, el hombre “es la única creatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (GS 24,3).
Maravilloso es el amor de Dios al crearnos en nuestra pequeñez, a su imagen, capaces de conocerlo y amarlo, llamados a la comunión plena y total con la Trinidad.
Sin embargo, ora la Santa Liturgia: Oh Dios que creaste maravillosamente a la humana naturaleza y más maravillosamente la redimiste.
Impensable aparece la caridad divina en la redención. En primer lugar por lo que comporta de parte de Dios. Lo canta la Iglesia en la noche de Pascua: O mira circa nos tuae pietatis dignatio! O inaestimabilis dilectio caritatis: ut servum redimeres, Filium tradidisti! ¡qué admirable es para con nosotros la condescendencia de tu piedad! ¡que inestimable la ternura de tu caridad: para rescatar al esclavo entregaste al Hijo!
Tal el amor del Padre – sin antecedente de parte nuestra, sino la ofensa y el pecado – tal el amor del Hijo que obra lo que ve hacer al Padre, tal la unción de la caridad del Santo Espíritu.
Por el otro extremo, es inconmensurable la caridad divina: por lo que hace en nosotros. Dicho brevemente perdona nuestro pecado, recibiendo las ofensas en la humanidad de Jesucristo, el Hijo, borra nuestra condenación en la condenación de Cristo hecho sacrificio por nuestros pecados, libera de nuestra esclavitud por las llagas de Cristo.
Por la efusión del Espíritu Santo derramado, pasamos de enemigos a amigos, es esclavos a libres, de condenados a hijos de Dios en Cristo, y si hijos coherederos de la vida eterna, de la vida filial acabada con Jesús en el seno del Padre.
Somos hechos capaces de creer en la caridad del Padre y dejarnos perdonar, adoptar, elevar con Cristo en el Espíritu. ¡Dejémonos reconciliar con Dios! Dejémonos amar por la caridad de Dios. Con San Pablo, dejémonos alcanzar por Cristo.
A su vez, es tan grande el misterio de la piedad, que nos ha restaurado, recreado, que ha derramado Dios ha derramado su caridad en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rom 5,5). ¡Podemos amar a Dios con su dilección, con su amor! ¡Amemos al Padre en el Corazón de su Hijo unigénito, para que lleguemos a ser plenamente hijos en el Hijo!
En la redención y divinización del hombre, en la gloria de la filiación adoptiva, participa toda la creación. En primer lugar por el cuerpo bendito del Verbo encarnado, en segundo término por todos los miembros de su cuerpo, que es la Iglesia. De un modo singular la creación llega a una plenitud de significado, de santidad, en los sacramentos.
Es lo que celebramos en la bendición de los óleos y la consagración del Crisma: la creatura elevada por el Verbo crucificado y glorificado y por la efusión del Santo Espíritu. Ungidos por esta creatura, el óleo, somos liberados del demonio y el pecado, vencemos en la enfermedad, somos consagrados como pueblo profético, sacerdotal y real, ungidos partícipes de Jesús, el Cristo, el ungido.
Hermanos., vamos a orar pidiendo la gracia del Espíritu, unción celestial, para hacer de nuestros cuerpos una ofrenda pura, santa, agradable a Dios.
Fuimos rescatados por la ofrenda del Sumo Sacerdote Jesús, Hijo de Dios, por la entrega del Cordero que quita los pecados del mundo, por la ofrenda que hizo de sí mismo. Él nos ha consagrado como pueblo de reyes y sacerdotes, para que nuestra persona en Él y por Él se vuelva cordero, ofrenda agradable al Padre.
Pidámosle que nos conceda tener sus mismos sentimientos de humildad y de obediencia. Que como Él hagamos cuanto quiere el Padre. Porque como nos enseñó Jesús: el que me ama, guardará mi palabra (Jn 14,23). Amemos a Dios con todo el ser, porque Él nos amó primero (1 Jn 4,19).
Nuestro amor a Dios no es un sentimiento vano, sino verdadero, verificado, en la obediencia a su voluntad, en el cumplimiento de sus mandamientos.
Y, no olvidemos, la apretada síntesis de Jesús: “este es mi mandamiento, que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,12). La verificación real de nuestra vida nueva, de nuestro amor a Dios, pasa por el amor al prójimo en todo y, especialmente, por el amor mutuo en la Iglesia.
Mis queridos hijos y hermanos, fieles todos de Canelones, presbíteros y diáconos. En esta Misa Crismal he querido que recordemos la novedad del Evangelio, que es lo que creemos desde el principio y, en ello, el mandamiento nuevo de Jesús, por el que conocerán que somos sus discípulos. Es al mismo tiempo el que recibimos desde antiguo.
Lo celebraremos de un modo particular en la Misa de la cena del Señor, en el memorial de su amor, de su entrega, en el que la Iglesia canta: ubi caritas et amor, Deus ibi est. Donde hay caridad y amor, allí está el Señor.
Mis queridos sacerdotes. Nosotros fuimos consagrados para testificar la caridad de Dios, para ser instrumentos personales de esa caridad por la palabra y los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, sacramentum caritatis. También hemos de apoyar y guiar a los fieles para que ardan en el amor a Dios con todo su ser y participen del sacrificio eucarístico, ofreciéndose a sí mismos con Cristo al Padre.
Esto ha de hacerse verdad en nuestras vidas.
La verdad y la fecundidad del sacerdocio católico no provienen del éxito pastoral, ni de la ejecución de nuestras ideas y organizaciones – si bien necesarias –, sino de la configuración con el sacerdocio de Jesucristo. Recordemos lo que se nos dijo en la ordenación: considera lo que realizas (en el Sacrificio Eucarístico), imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor.
Quiera Dios que nosotros mismos lleguemos a la perfección del sacerdocio con Cristo, aprendiendo sufriendo a obedecer (He 5,8) y en el amor al prójimo hasta el fin (Jn 13,1), de un modo particular con el verdadero amor de los unos a los otros.
