LA TOTAL NOVEDAD: LA VIDA NUEVA QUE NOS DA CRISTO RESUCITADO POR EL BAUTISMO.
CRISTO RESUCITÓ r./. EN VERDAD RESUCITÓ
Hermanos carísimos, la Iglesia anuncia y grita a todos los vientos un hecho doble.
Cristo fue crucificado. Hecho histórico de quien dan testimonio muchísimas fuentes. Cristo resucitó de entre los muertos. De ello testifican los apóstoles y otros que lo vieron y dieron su vida como testigos. Es razonable creer ese testimonio, porque los testigos son fiables; por los signos que Jesús hizo, por la unidad con toda la figura de Jesús de Nazaret, que tiene su coherencia interna, figura imposible de crear por la imaginación o deseos humanos.
Cristo crucificado, Cristo resucitado. Sobre este testimonio miles y miles vivieron y viven su vida, entregaron su vida y la entregan, no por fanatismo, sino normales seres humanos. Sabios y sencillos, proclaman su fe en el testimonio de Cristo, que murió por nuestros pecados y resucitó para darnos vida nueva, sana, santa, eterna.
Volvemos, pues, a anunciarlo. Creer o no en este testimonio es un acto de libertad, de adhesión de la persona a Jesús. Si reconozco que murió por mí, me dejo amar, y me dejo poseer por su amor. Si reconozco que resucitó y vive y reina, me dejo salvar por su gracia y poder. Creer en Cristo resucitado, llama a vivir en una vida nueva, fundada en su amor y la verdad que él proclama, en la victoria y salvación que él nos regala.
En concreto, esta aceptación por la fe de Cristo muerto y resucitado para nuestra transformación en hijos de Dios, se identifica con que dejemos obrar a Cristo, a la Santísima Trinidad. Y esta aceptación de fe, movida por la misma gracia de Dios, es la aceptación del bautismo.
El bautismo no es una simple bendición divina.
El bautismo es el acto de Cristo resucitado y glorioso que vive a la derecha del Padre, por el cual recibimos el Espíritu Santo para el perdón de los pecados y para vivir según Dios, unidos a Cristo en su Iglesia. El bautismo es una nueva creación, para tener una existencia nueva, en Cristo, por la fe.
Hoy al proclamar que Cristo crucificado resucitó y vive junto al Padre y reina y actúa en este mundo, queremos salir por las plazas, usar todos los medios, para invitar a todos los que no han recibido la gracia del bautismo, a creer en Jesucristo y a dejarse introducir en la vida nueva y abundante que él nos concede. Que dejen la ignorancia de Cristo o un mal conocimiento de él, para pedirle a la Iglesia que los inicie en la sorprendente vida nueva que Jesús nos da, como hijos de su Padre.
Pero nos dirigimos especialmente a nuestros queridos catecúmenos. Pónganse en manos de Dios, que tanto amó al mundo que entregó a su Hijo Unigénito, el que desde toda la eternidad está en su seno, el que es consubstancial a él, Dios de Dios, Luz de Luz. Lo envió en la carne, nacido de María Virgen, para que fuera nuestro sacerdote y nuestro cordero, la puerta, la luz, el Verbo que a todos los que creen en su nombre les da la potestad de llegar a ser hijos de Dios.
Así nacerán del agua y del Espíritu Santo, como miembros de Cristo, en su cuerpo que es la Iglesia. Van a participar de la realidad para la que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, llevada a plenitud en Jesucristo, imagen del Dios vivo.
El agua creada para dar vida, el agua de la salvación en el arca de Noé, de la liberación en el mar rojo, llega a su máximo sentido en el agua que brota del costado abierto de Cristo en la Cruz, y que es ahora el agua del bautismo fecundada por el Espíritu Santo en el seno de la Madre Iglesia.
Luego de bautizados serán marcados y confirmados por el dedo de Dios. Jesucristo, a quien Dios ha enviado, habla las palabras de Dios y da el Espíritu sin medida. Por ello, a los bautizados, para que participen de la plenitud de la nueva alianza, para que reciban los dones sobreabundantes del Espíritu en la Iglesia, a ellos los sella con Espíritu de la promesa, los unge con el crisma de la alegría, de modo que tengan la perfección sacramental de los miembros de su cuerpo. Por ello, renacidos y hechos nuevos por la acción del Espíritu en el bautismo, partícipes de Cristo muerto y resucitado, reciben la unción real y sacerdotal en la confirmación, para que se despliegue la santidad en su Iglesia, para que anuncien proféticamente por la palabra y la vida a Jesús que ilumina a todo hombre, y para que sean también capaces del martirio, de ofrecer la vida por la verdad del amor de Dios, de la alianza sellada en la sangre del Cordero.
Nuestra comunión con Cristo crucificado, sería una vana sensiblería, si no incluyera nuestra muerte, nuestra ofrenda con el Señor.
También otros ya bautizados anteriormente llegarán a la madurez sacramental del ser cristiano y así participarán de la plenitud de la Iglesia Esposa de Cristo. Ábranse a la acción del Espíritu.
Me dirijo ahora de un modo particular a los ya bautizados y confirmados. Vuelvan a escuchar el anuncio de Cristo crucificado y resucitado, de modo que ya no vivan para sí mismos, sino para él, que por nosotros murió y resucitó. ¡Reconoce, cristiano tu dignidad! Si fuiste unido a Jesucristo por el bautismo, no desprecies el don de Dios. Conviértete a una vida digna de bautizado, de hijo de Dios, de miembro de la Iglesia. Recuerda la palabra de Cristo – toda la palabra de Cristo - y no vivas según el mundo, sino según Dios, en todos los órdenes de tu vida. Reza y pide la gracia de cambiar tu vida, alma y cuerpo, trabajo y descanso, tu familia y tu dinero, todo según Dios. El sentido de tu vida no es satisfacer tus deseos, fantasías y pasiones, sino entregarte a Dios en justicia y santidad verdadera., según sus mandamientos. Renueva el perdón de los pecados que recibiste en el bautismo, reconociendo con humildad tus pecados ante la Esposa de Cristo, la Iglesia, y recibe el perdón y la paz en el sacramento de la confesión.
Miremos nuestra meta. La vida de la Iglesia peregrina culmina en la Jerusalén del cielo, en la resurrección de la carne y la vida del mundo futuro, en el seno del Padre y del Hijo en la unidad del Espíritu Santo.
Pero no es esa una realidad meramente futura. De un modo real, aunque sacramental, ya participamos de la meta en la Eucaristía. Aquí, en la Eucaristía, Cristo glorioso, sentado a la derecha del Padre, hace presente por el ministerio apostólico y la acción del Espíritu Santo su propia ofrenda pascual. Es él el que se ofrece como víctima de propiciación por nuestros pecados y los del mundo entero, en el altar del cielo y aquí en la tierra. Es él por quien baja el Espíritu Santo para santificar nuestros dones y volverse la propia ofrenda de su cuerpo entregado y su sangre derramada. Por el mismo Espíritu une consigo a la Iglesia, a todos sus miembros, para que en el memorial de su muerte y resurrección, sea unida con Cristo, en la oración y ofrenda, y se vuelva, nos volvamos ofrenda, pura, santa, agradable a Dios. En la santa Misa baja el cielo a la tierra y nosotros somos introducidos con los ángeles y los santos a la presencia de Dios.
Porque hermanos, nosotros nos hemos acercado al monte Sión, a la ciudad de Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación, y a Jesús, mediador de una nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel (cf. He 12, 22-24).
Hermanos, la humanidad creada por Dios y sujeta al poder del pecado y la muerte, necesita ser salvada. La sociedad necesita un cambio. Y lo más importante de este cambio no vendrá desde afuera: de la ley, de las estructuras políticas y sociales. Tampoco vendrá de supuestas energías y autoayudas humanas.
El único salvador del mundo es Cristo Jesús. Y el cambio fundamental sólo puede venir de su acción salvadora, recibida en la obediencia de la fe, en la esperanza de su gracia, en la caridad del Espíritu Santo.
Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe, porque permite que Dios venza en nosotros (cf. 1 Jn 5,4).
En una sociedad desesperanzada, que lleva a la muerte, somos invitados a esperar la vida eterna, que Jesús ha inaugurado con su muerte y resurrección y vivir desde ya la vida eterna, la vida verdadera, renunciando al pecado y viviendo según Dios. Sólo así se renueva la persona, la familia, la sociedad.
Que la Virgen María, nos acompañe para que cada uno tenga de verdad la experiencia del bautismo, la experiencia de la Pascua, en una vida nueva, santa, con el gozo de Cristo, que murió y resucitó, y está sentado en los cielos y vive, salva y reina por los siglos de los siglos. Amén.
